lunes, 8 de diciembre de 2014

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (I)

Introducción

No sabría decir si la liturgia y su reforma posconciliar han gozado de una acogida y puesta al día excelentes en la vida consagrada durante los últimos cincuenta años.
Las recomendaciones de los Papas, en su magisterio dirigido a toda la Iglesia y a la vida religiosa en particular, han sido realmente abundantes y claras, y estamos seguros de que han caído en terreno bien dispuesto.
Lo que recuerdo, como experiencia personal, ciertamente limitada dentro de su extensión,  ha sido en este sentido muy positivo. He podido constatar cómo, especialmente las religiosas, se movieron, participando en cursillos, clases, charlas, preocupadas por recibir una formación cuidada y, dentro de lo posible completa, pidiendo información y consultando, con una especial atención a la Liturgia de las Horas y también a la Celebración eucarística.
Hemos visto religiosas con verdadera hambre y sed de conocer, gustar, vivir la oración de la Iglesia, empaparse de su espíritu, para poderla vivir y comunicar también a los demás, a través de la catequesis, el ejemplo y la transmisión de lo conocido y vivido; deseosas de  conocer las rúbricas también, pero sobre todo el espíritu, para traducir en ‘vivencia’ lo escuchado y aprendido, y pasar así del ‘saber’ a la verdadera ‘sabiduría’ litúrgica.
Muchas congregaciones y provincias religiosas no han escatimado esfuerzos de todo tipo, con el fin de  ofrecer, en sus planes pastorales y formativos, respuestas adecuadas a las inquietudes de las Religiosas.
Estos esfuerzos, tanto de las personas individualmente como de las instituciones, han dado y van dando ciertamente sus frutos. Y creemos que es justo reconocer que se han producido, concretamente en estos 50 años que nos separan del concilio Vaticano II, y en particular de la Constitución Sacrosanctum Concilium, esfuerzos y realizaciones notables entre los religiosos y las religiosas, en lo referente a su vida de oración, para mejorar no sólo sus celebraciones litúrgicas, sino también la participación en las mismas, siguiendo las directrices de la Iglesia.
Una prueba de ello es el nuevo lenguaje de los mismos textos constitucionales, que rigen los diversos institutos y congregaciones, textos que hasta hace pocos años aparecían entretejidos prioritariamente de normas y leyes canónicas, siempre necesarias, pero no suficientes para alimentar y sostener la vida de las personas y el ejercicio de la misión, al servicio de la Iglesia y de la sociedad.
Sería necesario cotejar las Constituciones de varios Institutos religiosos para confirmar lo dicho. No tengo tiempo para hacerlo, más que con las de la congregación a la que pertenezco. Intentaré ofrecer un cuadro en el que creo puede resultar evidente el paso de los años y de las etapas que ha vivido el instituto, en la penetración y asimilación de la renovación litúrgica.
Destaco ante todo cómo, aun insistiendo conforme también a la voluntad de la Iglesia, sobre las características propias del estilo de vida y de oración según el carisma del instituto, los textos constitucionales presentan hoy la oración litúrgica como fuente primordial de la espiritualidad cristiana y religiosa de la congregación.
Ciertamente, las normas, los estatutos y constituciones no lo son todo en la vida religiosa, sino que es necesario que la vida de las comunidades y de las personas esté en profunda y fiel sintonía  con ellas. Pero es de justicia constatar el camino realizado, como queda reflejado en general en los textos que regulan la vida de los religiosos y religiosas.






[1] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita Consecrata, 1996, n. 15
[2], Ib. nn. 15-16. 44.
[3] Ib. , n. 22.

sábado, 10 de mayo de 2014

Domingo IV de Pascua


Omnipotens sempiterne Deus,
deduc nos ad societattem caelestium gaudiorum,
ut eo perveniat humilitas gregis,
quo processit fortitudo pastoris.

El texto original de esta oración colecta es de una sobriedad armoniosa.
Dice todo en pocas palabras, incluyendo las dos peticiones que le expone a Dios Padre.
Comenta el p. Urtasun: “Algo tan bello, tan admirablemente bien hecho, que no había palabras para comentarlo. ¡Allí estaba la belleza, la armonía, el genio!”
El mismo autor sugiere que esta eucología esté inspirada en el texto de san Agustín:
“Que ninguna adversidad pueda alejarnos del júbilo de la solemnidad interior, puesto que, cuando alguien desea, de verdad, ir a un lugar, las asperezas del camino, cualesquiera que sean, no pueden impedirlo. Que tampoco ninguna prosperidad, por sugestiva que sea, nos seduzca, pues no deja de ser estúpido el caminante que, ante el espectáculo de una campiña atractiva en medio del viaje, se olvida de la meta a la que se dirigía” (2ª lect. IV domingo de Pascua)

Dice Jesús en el Evangelio, un Evangelio que con unos u otros versículos del mismo cap. 10 de san Juan nos acompañarán a lo largo de toda la semana.
«Os aseguro que yo soy la Puerta de las ovejas. … Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrara y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Jesús es la Puerta, el Camino directo hacia el Padre. No hay otro. Porque Él es el único y verdadero Camino de la Verdad y la Vida.
Por eso, éste es el día grande para nuestras hermanas paulinas las Religiosas de Jesús Buen Pastor, cuya festividad específica propia es la que celebramos este domingo IV de Pascua: Jesucristo Maestro-Pastor, el Maestro con corazón de Pastor: que da la vida por sus ovejas. Nadie podrá arrebatarnos de sus manos, ni de las del Padre.

“Todos estamos llamados a ser pastores y pastoras. A dar respuesta a las necesidades del otro, aunque sólo sea una respuesta de comprensión y amor – de ternura, dirá el Papa Francisco.
No hay pastor auténtico que no haya pasado por la puerta de Cristo, por la Puerta que es Cristo.
Quiere decir que el pastor ha de asumir las cualidades de Cristo Pastor, todas sus actitudes, todo su Espíritu. La puerta es como la prueba de capacidad y autenticidad.
Serás pastor si pasas el examen de Cristo, el examen-Cristo, si aprendes a Cristo, si te doctoras en Cristo.
Serás pastor si Cristo te pone su sello, su marca, que no es otra que la de su Espíritu. «Fuisteis sellados con el Espíritu de la promesa»” (Ef 1,13).  [R. Prieto Ramiro].

La liturgia de la Iglesia nos acompaña cada día del Tiempo pascual con la Palabra de Dios y la eucología de una riqueza teologal impresionante, una profunda mina para la oración y la reflexión orante.
En cinco formularios se repite una oración sobre las ofrendas que  es compendio de la doctrina sobre Eucaristía- Misterio pascual:

“…que la  celebración de estos misterios pascuales
nos llene siempre de alegría
y que la actualización repetida de nuestra redención
sea para nosotros fuente de gozo incesante”
(sábado de la octava; martes 2ª semana; miércoles 3ª semana;
 martes 4ª; miércoles 5ª –alegría de sabernos salvados - ; martes 6ª;

Y hoy, viernes de la V semana de Pascua, mientras ya nos acercamos a la celebración de la Ascensión del Señor y a Pentecostés, culmen y final de la Cincuentena Pascual, la Iglesia en la oración colecta pide que todos  vivamos en plenitud el Misterio pascual y que en él encontremos nuestra feliz salvación:

Danos, Señor, una plena vivencia del misterio pascual,
para que la alegría que experimentamos en estas fiestas
sea siempre nuestra fuerza y nuestra salvación.



viernes, 25 de abril de 2014

«Ve a mis hermanos y diles…»

“En verdad es justo y necesario
glorificarte siempre, Señor; pero más que nunca
en este día
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
(…). Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero  se desborda de alegría…”


La “hora” de Jesús se ha cumplido.
A los discípulos que, “el primer día de los Ázimos, le preguntan: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?, el Señor responde: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: “El Maestro dice: «Mi momento está cerca; deseo celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos»”.
Las palabras de Jesús me interpelan desde hace años, como discípula de Jesús Maestro. También a mí me ha dicho y me dice hoy, con fuerza y decisión: “apud te facio Pascha cum discipulis meis”.

El Señor viene y no viene solo; viene siempre con los hermanos.
Es el mensaje, la buena noticia que siempre nos transmite el Papa Francisco: “El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo…”

El encuentro de María Magdalena con Jesús en el jardín de la Resurrección (Jn 20, 11-18) me transmite el  mismo mensaje: María reconoce a su Señor sólo cuando da la espalda al sepulcro vacío y acoge el mandato del Resucitado: «Ve a mis hermanos y diles…». Y ella, corriendo, va a comunicar la palabra de Jesús.



Estos días de Pascua contemplamos al Señor Resucitado que se aparece a sus discípulos. Y a sus discípulas. Ya en la Vigilia pascual aparecen también y casi como protagonistas las “mujeres del Evangelio”, con la misión de mensajeras de la Resurrección (Mt 28, 1-10).
El Maestro les sale al encuentro, cuando “impresionadas y llenas de alegría corren a anunciar a los discípulos” la gran noticia.
El saludo de Jesús es: “Alegraos”. Este saludo encabeza la primera carta que la Congregación romana para la Vida consagrada nos dirige “a los consagrados y consagradas”, en preparación al año 2015, “Año de la Vida consagrada”, por deseo del mismo Papa Francisco.

Recuerdo en estos días con particular intensidad como el p. Santiago Alberione, desde los comienzos de la Congregación sugirió a la hoy venerable Madre Escolástica Rivata la lectura, reflexión sobre las  “mujeres del Evangelio”, indicadas por él como modelo, iconos de nuestra misión en el seguimiento de Jesús Maestro.
Lo recuerda de manera eficaz la actual Regla de Vida: “Como María y como las mujeres, primeros testigos de la Resurrección, iconos de nuestra misión, seguimos y servimos a Jesús Maestro en la Iglesia”
Así será más fecundo y encarnado al servicio de las mujeres y hombres de nuestro tiempo nuestra misión apostólica de discípulas del divino Maestro.



lunes, 14 de abril de 2014

III Domingo de Cuaresma

Los domingos III, IV, V de Cuaresma, del ciclo A, constituyen una unidad llamada “Cuaresma catecumenal”.
Las páginas del evangelio de san Juan que nos acompañarán en estos tres domingos constituían y constituyen hoy también las últimas catequesis bautismales para quienes se preparaban y se preparan también en nuestros días a recibir los sacramentos de la Iniciación cristiana en la santa noche de Pascua.
Son guía en el camino cuaresmal hoy todos los cristianos, que en la Vigilia Pascual, la celebración más solemne e importante del año litúrgico, renovaremos nuestros compromisos bautismales, después de haber escuchado la abundante Palabra de Dios – resumen de la historia de la salvación – y antes de celebrar la “plenitud del misterio Pascual” con el sacrificio y  memorial eucarístico.

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma, resalta los dos elementos que el Vaticano II ha pedido que se restablezcan o se recuperen donde se hubieren perdido como característicos de la Cuaresma:
-          el carácter bautismal
-          y el carácter penitencial (cf. SC 109).

La oración colecta y la oración sobre las ofrendas subrayan el aspecto penitencial; toda la liturgia de la Palabra y el Prefacio se centran en la dimensión bautismal, con el constante recurso al símbolo del “agua”, elemento que tiene un papel importante en toda la tradición bíblica y en la tradición de la liturgia cristiana, especialmente como elemento proprio de la “catequesis bautismal”.

Jesús se muestra ante la mujer samaritana como “el surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (evangelio).
El que derrama en nuestros corazones el amor de Dios con el Espíritu Santo que se nos ha dado (segunda lectura).
El agua que Dios hace brotar abundantemente de la roca (primera lectura), es el símbolo y la preparación para toda la efusión del “agua, del Espíritu” que la Trinidad derrama en el corazón de quienes acogen a Jesús y le reconocen como el gran “don de Dios”.

El prefacio de este domingo resume de forma bella los motivos por los que en la Eucaristía = acción de gracias, queremos elevar con los ángeles, al Dios uno y trino nuestra alabanza y gratitud.
Transcribo sólo el cuerpo central del prefacio; el resto es igual o muy parecido al de todos los prefacios:
«... por Cristo, Señor nuestro.
Quien, al pedir agua a la Samaritana,
ya había infundido en ella la gracia de la fe,
y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer
fue para encender en ella el fuego del amor divino...»

La lectura patrística del Oficio de lectura es una hermosa Lectio divina que explica, lo que en el prefacio se confiesa: “Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad...».
Comenta el Papa Francisco: «Il Vangelo di oggi ci presenta l’incontro di Gesù con la donna samaritana, avvenuto a Sicar, presso un antico pozzo dove la donna si recava ogni giorno per attingere acqua. (...).
Quella di Gesù era sete non tanto di acqua, ma di incontrare un’anima inaridita. Gesù aveva bisogno di incontrare la Samaritana per aprirle il cuore: le chiede da bere per mettere in evidenza la sete che c’era in lei stessa. La donna rimane toccata da questo incontro: rivolge a Gesù quelle domande profonde che tutti abbiamo dentro, ma che spesso ignoriamo. Anche noi abbiamo tante domande da porre, ma non troviamo il coraggio di rivolgerle a Gesù! La Quaresima, cari fratelli e sorelle, è il tempo opportuno per guardarci dentro, per far emergere i nostri bisogni spirituali più veri, e chiedere l’aiuto del Signore nella preghiera. L’esempio della Samaritana ci invita ad esprimerci così: “Gesù, dammi quell’acqua che mi disseterà in eterno”».

En el encuentro con la mujer  de Samaría, Jesús le recuerda que el verdadero culto a Dios se realizará “en espíritu y verdad”.
Desde ahora, el culto querido por Dios es inseparable del nuevo templo, de donde brotan los ríos de agua viva del espíritu (cf Jn 7, 38-39).
“Jesús revela la plenitud del culto que Dios quiere: un culto filial, que es don del Padre, por medio de Cristo Jesús y bajo la acción del Espíritu Santo. Este culto tiene como núcleo la inserción de la propia vida en la obediencia del Hijo Jesucristo, mediante la fe en él y la práctica del amor fraterno, que desembocan en la plegaria filial y en la acción ritual; todo ello, en la presencia del Espíritu santificador” (López Martín).
A través de la fe y del bautismo, los cristianos, por el Espíritu, somos insertos en Cristo, en su ritmo pascual. Y precisamente porque somos insertos en él, somos “hijos en el Hijo” y, por consiguiente, no sólo aprendemos de Jesús cómo hay que adorar, sino que efectivamente adoramos en Cristo mismo y en el Espíritu Santo.

Nuestra adoración no puede ser sino la adoración, infinitamente grata al Padre. Efectivamente, la adoración y el culto al Padre serán verdaderos sólo si se hacen “en comunión de fe y de aceptación del Cristo Verdad y bajo la acción del Espíritu Santo, que autentifica esta verdad en el corazón de los creyentes y se convierte, por consiguiente, en principio de la adoración la Padre” (Braun).

lunes, 17 de marzo de 2014

CUARESMA: camino hacia la celebración de la PASCUA

Domingo 1º

Oración colecta
Al celebrar un año más la santa Cuaresma
(el sacramentum Quadragesimale),
concédenos, Dios todopoderoso,
avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo
y vivirlo en su plenitud.

Según el texto original, la Cuaresma es sacramento, sacramento venerable, y es “Christi sacramentum” con toda la riqueza que encierra en la Liturgia el término “Sacramentum – Mysterium” todas las veces que lo encontramos.
En la oración colecta pedimos al Padre: “avanzar”, crecer, progresar “en el conocimiento del misterio de Cristo”, para participar, vivir de él. Una consciencia que nos lleve a realizar lo que significa “participar”, y participar plenamente /con todo mi ser/ y vivirlo en su plenitud (cf Col 2,9) La plenitud, el pleroma del misterio pascual de Xº que celebraremos de manera específica en la Pascua, hacia la cual caminamos decididos en esta Cuaresma.
¿Cómo vivir coherentemente este camino hacia la Pascua? Animada por la fe, la esperanza y la caridad, y alimentada en la mesa de la Eucaristía y del Pan de la Palabra (cf Oración después de la Comunión), que abundantemente nos brinda la Iglesia, sea en la Celebración eucarística como en la Liturgia de las horas. Es la Palabra que cada día sale de la boca de Dios Padre y que orienta el camino para que no ceda a la tentación de la idolatría de mis diosecillos y adore de veras, me postre con todo el ser ante el único Dios: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás”
Después de recibir el pan del cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece la caridad (el amor), te rogamos, Dios nuestro, que nos hagas sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero, y nos enseñes a vivir constantemente de toda palabra que sale de tu boca.

Oración después de la Comunión
Después de recibir el pan del cielo
que alimenta la fe,
consolida la esperanza y
 fortalece la caridad,
te rogamos, Dios nuestro,
que nos hagas sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero,
y nos enseñes a vivir constantemente de toda palabra que sale de tu boca.

Importantes las dos peticiones. En la 1ª nos mostramos deseosos de aprender a sentir hambre del mismo Jesucristo.  
Y en la 2ª: vivir de toda Palabra que sale de tu boca’. Plenamente inspirada en la respuesta de Jesús al diablo, en la 1ª tentación.  
Recuerdo casi como comentario personal a estas dos peticiones cómo nuestra Venerable M. Escolástica Rivata en el año 1932 escribía a una hermana misionera en los USA y le recomendaba, recordando las palabras de Dios en Amós, s 8,11: «... he aquí que vienen días..., en que enviaré el hambre al país, no hambre de pan, sino de oír la palabra de Yahvé»,“¿Quién parte el pan de la Palabra a esas gentes hambrientas? Nos toca a nosotras”.  

 Domingo 2º

“No hay que oponer el monte Tabor a la montaña del Calvario. El misterio de la Transfiguración no es sólo anticipación de la mañana de Pascua, es igualmente la anticipación de la Belleza crucificada del Viernes Santo, esa cruz de Jesús que es la hora de su glorificación” (Misal de la asamblea dominical).





            Oigo en mi corazón: «Buscad mi Rostro».
            Tu rostro buscaré. Señor, no me escondas tu rostro.

Oración colecta
Señor, Padre santo,
tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto,
alimenta nuestra espíritu con tu palabra;
así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro”

Domingo de  contemplación del Rostro de Jesús: 
Contemplar el Rostro transfigurado,para tener la fe, el coraje, el amor para contemplar el Rostro desfigurado en la Pasión, "Belleza crucificada", y para llegar al fin, "con la mirada limpia" a contemplar, junto con  María M., en la mañana de Pascua, el Rostro resucitado.

Porque la pasión es el camino a la resurrección (prefacio). 

viernes, 20 de diciembre de 2013

"EL ADVIENTO ES TIEMPO MARIANO POR EXCELENCIA"

20 de diciembre


                               Oración colecta: 
           "Señor y Dios nuestro, 
           a cuyo designio se sometió
           la Virgen Inmaculada
           aceptando, al anunciárselo el ángel,
encarnar en su seno a tu Hijo:
tú que la has trasformado,
por obra del Espíritu Santo,
en templo de tu divinidad,
concédenos,
siguiendo su ejemplo,
la gracia de aceptar tus designios 
con humildad de corazón".

"Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti, 
y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el Santo que va a nacer
se llamará Hijo de Dios".



Cada Eucaristía es una Anunciación.
Aquí desciende el ángel de la Palabra y ese mensajero único, que es el Espíritu.
Así nuestras entrañas son fecundadas.
Nosotros, la Iglesia, somos cubiertos con la sombra del Espíritu 
y somos transformados en portadores de una nueva criatura,
una nueva creación.

"María acoge confiadamente la Palabra de Dios; también supo esperar, ¿cómo vivió aquellos meses, y las últimas semanas en la espera de su Hijo? 
Sólo por medio de la oración y de la unión con Dios podemos hacernos una idea de lo que vivió en su interior.
María vivió con intensidad este acontecimiento que transformó su existencia de manera radical.
Con su Sí engendró al Hijo de Dios, al que había concebido desde la fe.
Como cristianos, ¿cómo no centrar nuestra vida al contemplar este Misterio inefable?
¿Cómo no anunciar la alegría de la Navidad a todos los que no han experimentado ese Dios-Amor?" (card. Oscar R. Madariaga)

miércoles, 3 de abril de 2013

¡RESUCITÓ DE VERAS MI AMOR Y MI ESPERANZA!


Las Mujeres y el Señor Resucitado
  

En la semana de Pascua la liturgia de la Iglesia nos ofrece cada día algunas apariciones del Señor Resuciatdo a las mujeres, a los discípulos cerrados “en una casa”, a los dos que se iban a Emaús…
                Entre todos los elegidos por el Maestro resucitado de la muerte, son recordadas con una predilección especial las mujeres.

                Dice el p. Ska, sj: «Las mujeres, como todos saben, realizan un rol esencial en los relatos de la resurrección. Nuestra fe en la resurrección de Jesucristo depende y gira en torno al testimonio, y sólo al testimonio de las mujeres. Son ellas las que asistieron a la crucifixión, a la sepultura y que descubren la tumba vacía el primer día de la semana. Sólo las mujeres pueden certificar que el cuerpo que estaba en la cruz ha sido sepultado en el sepulcro que descubren vacío la mañana de Pascua».

El Santo Padre Francisco, en la homilía de la Vigilia pascual también destaca: «En el Evangelio de esta Noche luminosa encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro, con aromas para ungir su cuerpo. Van a hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser difunto (…). Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que las impulsa a ir al sepulcro…».

Los cuatro evangelistas refieren el camino de las mujeres para ir al sepulcro.

Juan se fija en una mujer: María Magdalena (Jn 20,11-18) y narra la aparición de Jesús resucitado, mejor, el encuentro del Maestro resucitado con su discípula María de Magdala con todo detalle. Por eso la Liturgia reservará un día, el martes de Pascua, para ofrecernos este texto precioso.

Quiero recordar el comentario que, en sus mínimos particulares, todos ellos significativos, refería el mismo p. Ska en una meditación del año 2011.

La cito por entero, porque me parece importante.

«El evangelio de Juan dice lo mismo, obviamente, pero pone en escena una sola mujer, María, la Magdalena. La narración que encontramos sólo en Juan describe el encuentro de la Magdalena con el resucitado, pero añade algunos particulares de relieve, a mi parecer, para quien quiere saber qué significa dar testimonio de la resurrección de Jesucristo.
El relato inicia con el llanto de María Magdalena ante la tumba vacía. Ve dos ángeles, pero esta visión no la consuela. La conversación con los dos ángeles tiene como finalidad única hacer comprender el motivo del dolor inconsolable de María Magdalena: no encuentra más a su Señor.
La narración, con gran precisión, nos dice que María Magdalena se vuelve, mira detrás de ella, y  ve a alguien, pero no lo conoce. El narrador – el evangelista – nos revela, a nosotros lectores, que se trata de Jesús resucitado.

Nos preguntamos inmediatamente si, cuándo y cómo María Magdalena reconocerá a Jesús.

Es esencial representarse bien la escena. Al principio, María Magdalena se encuentra ante la tumba vacía. El texto dice incluso que se asoma al sepulcro. Se podría también traducir: “Se inclinó con la cabeza dentro del sepulcro”. Lo importante es que se asoma al sepulcro. Jesús, cuando aparece, se encuentra detrás de María, no en la tumba. Para verlo, tiene, pues, que girar la cabeza y es lo que describe el v. 14.

Sigue la conversación entre Jesús y la Magdalena que piensa que está hablando con el jardinero. Jesús le hace la pregunta que le habían hecho ya los ángeles: “¿Por qué lloras”? Añade sólo: “¿A quién buscas?” María Magdalena responde a Jesús sustancialmente lo que había constestado a los ángeles, pero con alguna diferencia: “Señor, si lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo iré a cogerlo” (20, 15). Esta vez expresa su voluntad de ir a “coger” a su Señor. Hay una cierta progresión entre la conversación entre la Magdalena y los ángeles por una parte, y la de la Magdalena con el resucitado por la otra. María Magdalena está más decidida a reencontrar a su Señor.

Pero hay otra diferencia a destacar entre las primeras dos partes del relato. La posición de María Magdalena ha cambiado. Al principio, está frente al sepulcro, y hasta con la cabeza dentro. Cuando habla con Jesús, se vuelve y mira, no ya la tumba, sino hacia atrás donde se encuentra Jesús.

En el tercer momento de la narración, Jesús se da a conocer cuando dice: “María”. Basta llamarla por nombre y ella reconoce a Jesús. En este momento, si comprendo bien el texto, se vuelve completamente hacia Jesús y confiesa su fe: “Ella, se dio la vuelta y le dijo” en hebreo: “’¡Rabbuní!’ que significa ‘¡Maestro!’” (20,16). Es necesario de nuevo visualizar la escena. María, ahora, gira completamente las espaldas al sepulcro y se encuentra cara a cara con Jesús.

 Así, y solamente así, puede reconocerlo y confesar su fe en el Resucitado.

En otras palabras, para reconocer al Resucitado, es necesario dar la espalda al sepulcro vacío. Jesús no está en la tumba. Está en el camino delante del sepulcro. Jesús después le dice a María que vaya a anunciar la resurrección a los discípulos.

María se convierte en la primera anunciadora de la resurrección, la primera misionera de la Pascua en el evangeliode Juan.

La tumba, en esta narración, no es un punto final. Se convierte en el punto de salida de un camino de evangelización, de anuncio de la buena noticia de la resurrección. La narración, en conclusión, muestra cuál es – concretamente – el camino de conversión.

Quien quiera encontrar al Resucitado, está llamado a dar la espalda al sepulcro, y a ver en cambio en el sepulcro vacío no un punto de llegada sino un punto de partida. Jesús obliga a María Magdalena a darse la vuelta y a ponerse en camino hacia los “hermanos”. Jesús está allí, no en el sepulcro vacío; está en el camino que conduce a los “hermanos”». 

De nuevo, el Papa Francisco en la audiencia general del miércoles 3 de abril subraya el papel de las mujeres en las narraciones de la Resurrección.  Los primeros testigos de este evento fueron las mujeres... Son impulsadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, y en seguida lo transmiten, no se lo reservan para sí, lo transmiten. (...)
En los Evangelios de la Resurrección las mujeres tienen un rol primario, fundamental.
Es ésta un poco la misión de las mujeres: ¡de las madres, de las mujeres! Dar testimonio de que Jesús esta vivo, es el viviente, ha resucitado. Madres y mujeres, ¡adelante con este testimonio!
 

jueves, 7 de marzo de 2013

"... estar con Él en el silencio de la adoración"

Benedicto XVI a la Vida Consagrada
 
Con mucho retraso vuelvo a las palabras de Benedicto XVI – el querido y recordado Papa ya emérito - en la homilía de la Celebración eucarística del 2 de febrero.  Me han impactado de manera muy especial; he sentido el corazón del Papa muy sensible a la belleza de la Vida consagrada, y al mismo tiempo a los desafíos con los que se encuentra y a los que tiene que responder...
Sólo después de los acontecimientos de estos días, de su renuncia al ejercicio del ministerio petrino, de su emotiva y tremendamente sencilla despedida de los fieles en la última audiencia general, de los cardenales y de los fieles en Castelgandolfo, he comprendido algo más la hondura y profunda vivencia personal que revelaban sus palabras. Algunas reflexiones y testimonios de hermanos en la Vida consagrada me han iluminado y confirmado en lo que había sido en un principio intuiciones…
Recuerdo las palabras del Deuteronomio en la liturgia del miércoles III de Cuaresma: “Presta atención, y no te olvides de lo que has visto con tus ojos; recuérdalo mientras vivas y cuéntaselo a tus hijos y a tus nietos” (Dt 4,9).
Y en este espíritu quiero escribir algunas palabras de Benedicto XVI en la recordada homilía:
«… desearía haceros tres invitaciones, a fin de que podáis entrar plenamente por la «puerta de la fe» que está siempre abierta para nosotros  (PF, 1)
Os invito en primer lugar a alimentar una fe capaz de iluminar vuestra vocación. Os exhorto por esto a hacer memoria, como en una peregrinación interior, del «primer amor» con el que el Señor Jesucristo caldeó vuestro corazón, no por nostalgia, sino para alimentar esa llama. Y para esto es necesario estar con Él, en el silencio de la adoración; y así volver a despertar la voluntad y la alegría de compartir la vida, las elecciones, la obediencia de fe, la bienaventuranza de los pobres, la radicalidad del amor. A partir siempre de nuevo de este encuentro de amor, dejáis cada cosa para estar con Él y poneros como Él al servicio de Dios y de los hermanos (cf VC, 1)
En segundo lugar os invito a una fe que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad. En las alegrías y en las aflicciones del tiempo presente, cuando la dureza y el peso de la cruz se hacen notar, no dudéis de que la kenosi de Cristo es ya victoria pascual. Precisamente en la limitación y en la debilidad humana estamos llamados a vivir la conformación a Cristo, en una tensión totalizadora que anticipa, en la medida posible en el tiempo, la perfección escatológica (ib., 16). En las sociedades de la eficiencia y del éxito, vuestra vida, caracterizada por la «minoridad» y la debilidad de los pequeños, por la empatía con quienes carecen de voz, se convierte en un evangélico signo de contradicción.
Finalmente os invito a renovar la fe que os hace ser peregrinos hacia el futuro. Por su naturaleza, la vida consagrada es peregrinación del espíritu, en busca de un Rostro, que a veces se manifiesta y a veces se vela: «Faciem tuam, Domine, requiram» (Sal 26, 8). Que éste sea el anhelo constante de vuestro corazón, el criterio fundamental que orienta vuestro camino, tanto en los pequeños pasos cotidianos como en las decisiones más importantes. No os unáis a los profetas de desventuras que proclaman el final o el sinsentido de la vida consagrada en la Iglesia de nuestros días; más bien revestíos de Jesucristo y portad las armas de la luz —como exhorta san Pablo (cf. Rm 13, 11-14) —, permaneciendo despiertos y vigilantes. (...)  
Queridos hermanos y hermanas: la alegría de la vida consagrada pasa necesariamente por la participación en la Cruz de Cristo. Así fue para María Santísima. (…).En esta fiesta os deseo de modo particular a vosotros, consagrados, que vuestra vida tenga siempre el sabor de la parresia evangélica, para que en vosotros la Buena Nueva se viva, testimonie, anuncie y resplandezca como Palabra de verdad (cf. PF, 6)».

 

 

sábado, 19 de enero de 2013

Contad las maravillas del Señor a todas las naciones

Domingo II del Tiempo Ordinario

Salgo de la adoración eucarística; me he detenido en la lectura-meditación-oración con los textos de la Liturgia de este Domingo II domingo del Tiempo Ordinario. Los textos de la Liturgia eucarística son particularmente elocuentes, expresión de una nueva ‘manifestación’ de Jesús Maestro en las bodas de Caná.
Nos prepara e introduce a la meditación de esta ‘epifanía’ la primera lectura del profeta Isaías con acentos líricos del amor esponsal de Dios hacia su pueblo: “Ya no te llamarán ‘abandonada’ ni a tu tierra ‘devastada’…La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”.

Medito los textos eucológicos y me detengo en particular en la oración sobre las ofrendas, que es particularmente densa y rica de contenido doctrinal. Me recuerda la de la Misa vespertina en la Cena del Señor. Una oración que desde antiguo ha formado parte de la liturgia eucarística, y que condensa la Fe de la Iglesia en el Sacrificio de Cristo, en su Misterio pascual, actualizado sacramentalmente en la Celebración de la Eucaristía, “quoties” – “cada vez que celebramos”.
Dice la oración:
“Concédenos, Señor, participar dignamente de estos santos misterios,
pues cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo
se realiza la obra de nuestra redención”.

Para intentar profundizar en el contenido del mensaje del evangelio de las bodas, he querido recordar una meditación escuchada en marzo de 2011 en Roma, del p. J. Ska, jesuita. A través de las dos meditaciones de un día de retiro, ha querido conducirnos a la comprensión de la imagen del “discípulo” en el evangelio de san Juan. Nos decía: «el que parta a la búsqueda del “discípulo” en todo el evangelio de Juan, comienza un recorrido interesante. Tiene que seguir a Jesús con una pregunta muy concreta: ¿quién es el “discípulo”? Tendrá que leer con mucha atención todo el evangelio, recoger indicios, y tentar trazar el retrato del “discípulo”.
Trascribo el comentario, en mi traducción.

Las bodas de Caná (Jn 2,1-12)

El relato de las bodas de Caná es muy conocido. También en esta narración, sin embargo, hay lagunas sorprendentes. Por ejemplo, el relato nos dice quién ha sido invitado a la boda, pero no dice quién se casó en Caná de Galilea. No es normal ir a asistir a unas bodas sin saber quién se casa, sino más bien teniendo la lista de los invitados. ¿Por qué? Podríamos decir que los invitados son más importantes que los mismos esposos. Es verdad. La pregunta, entonces es: ¿por qué los invitados son más importantes? Además, en la lista de los invitados, la madre de Jesús precede al mismo Jesús (Jn 2, 1-2). También este rasgo puede sorprender, especialmente en el evangelio y en una sociedad patriarcal como la del evangelio. Pero es así. La madre de Jesús es mencionada la primera, luego siguen Jesús y sus discípulos. ¿Cómo explicar esto? Releamos el relato.

Llega a faltar el vino, como se sabe, y es María la que se da cuenta. Tenía que estar de algún lado donde se pudiese ver el nivel del vino bajar en las jarras y percibir el nerviosismo de quien estaba encargado de la organización de la boda. De todas formas, María se da cuenta de la cosa. No sólo se da cuenta, sino que reacciona y va a ver a Jesús. Le dice pocas palabras: “No tienen vino” – sólo tres palabras en griego (2,3). La reacción de Jesús es singular y sorprende al lector: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? No ha llegado todavía mi hora” (2,4). La primera parte de la frase, traducida aquí con “¿qué tengo yo contigo?” se podría traducir literalmente, con “¿qué hay entre tú y yo?” La frase es conocida y la encontramos varias veces en el Antiguo Testamento (Jue 11,12; 2Sam 16,10; 19,23; 1Re 17,18; 2Re 3,13; 2Cr 25,31), así como en el Nuevo Testamento (Mt 8,29; Mc 1,24; 5,7; Lc 4,34; 8,28; Jn 2,4.). En general, la expresión significa: “¿En qué te entrometes?” En nuestro contexto, el tono es quizás menos agresivo y Jesús puede decir más sencillamente: ”Tu intervención no es del todo oportuna”. De todas formas, la reacción de Jesús no es muy positiva. La razón es sencilla y proviene del contexto. En el mundo bíblico – y no sólo – hombres y mujeres no comían nunca juntos en los grandes banquetes. También hoy en el mundo musulmán, durante la celebración de las bodas, las mujeres se encuentran en una sala y los hombres en otra. Incluso el esposo y la esposa no están juntos durante el banquete de bodas. María se encontraba obviamente con las mujeres y Jesús con los hombres. María, cuando va a ver a Jesús, rompe con una de las reglas férreas de la época: entra en la sala donde se encuentran los hombres. Tenía que tener razones muy importantes para infringir usos profundamente arraigados en la cultura del tiempo. Veremos que la cosa tiene un significado particular por cuanto se refiere a nuestro tema, es decir, la figura del discípulo en el evangelio de Juan.

Jesús, entonces, le dice simplemente: “¿Qué vienes a hacer aquí?” La segunda parte de la respuesta de Jesús es tan enigmática como la primera. En pocas palabras, dice que el momento de cumplir su obra de salvación no ha llegado todavía. Algo, sin embargo, le hace entender a María que su intervención no ha sido infructuosa. Por esto dice a los sirvientes que hagan todo lo que les diga Jesús. Conocemos lo que sigue de la historia: los servidores van a buscar agua y llenan las grandes tinajas preparadas para las abluciones antes de la comida. Las tinajas, nos dice el relato, contenían de dos a tres medidas, es decir, entre noventa y ciento treinta y cinco litros de agua.  En total, contenían entre quinientos cuarenta y ochocientos diez litros de agua. Los sirvientes van a buscar agua, hay que suponer, al pozo de la aldea o de la villa. Calculad, si queréis, cuántos viajes han tenido que hacer, sabiendo que se pueden transportar entre cinco o diez litros al máximo en un viaje. Además, no sabemos cuánto distase el pozo de la casa donde se celebraban las nupcias. Una cosa es cierta: fue una fatiga desmesurada. Hay que decir, además, que toda esta fatiga era, en sí, inútil, porque faltaba el vino, no el agua. A pesar de esto, los sirvientes llenaron la tinajas “hasta arriba” (2,7) y, por lo menos si nos fiamos de la narración, sin protestar. Todo se desarrolla con gran prisa porque las tinajas son llenadas en el mismo versículo en el que Jesús ordena a los sirvientes que las llenen (2,7). Luego asistimos al “signo” realizado por Jesús. Los sirvientes, después de una segunda orden de Jesús, hacen degustar al maestresala – el director de la mesa -, y no es ya agua, es vino. No sólo el agua se convirtió en vino, sino que se trata de un vino preciado, de óptimo gusto.

Podemos hacer, a este punto, dos observaciones que nos ayudarán a comprender mejor el mensaje del cuarto evangelio sobre el ser discípulo. Una primera observación se refiere al signo mismo. ¿Quién sabe de dónde proviene el vino? ¿El maestresala? - en realidad, es la persona encargada de la organización de la fiesta - No, no lo sabe en absoluto. Es raro, porque si alguien hubiese tenido que preocuparse de la falta de vino  y de procurarlo, era precisamente el maestresala. Los sirvientes, por el contrario, saben muy bien de dónde viene el vino. ¡Han sudado bastante para saberlo!

Pero tenemos que dar todavía un paso adelante en nuestra lectura. El maestresala, después de haber degustado el vino, llama al esposo y le dice: “Todo el mundo sirve al principio el vino de mejor calidad, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se saca el más corriente. Tú, en cambio, has reservado el de mejor calidad para última hora” (2, 10). ¿Qué significa esto? Significa que el esposo – el anónimo esposo de las nupcias de Caná – tiene, según los usos del tiempo, que proporcionar vino a todos los invitados. Si el vino llega a faltar, es pues culpa del esposo que no ha previsto o adquirido cantidad suficiente para todos. Pues bien, alguien ha visto que faltaba el vino. Alguien ha procurado el vino, y un vino excelente. Podemos preguntarnos: ¿Quién es el verdadero esposo en Caná de Galilea? ¿No sería aquel que procura vino en gran cantidad – entre quinientos cuarenta y ochocientos diez litros para ser más precisos – y además, un vino de óptima calidad?

Ciertamente podemos decir que el verdadero esposo de Caná es aquel que interviene, después de haber sido avisado del problema por María.

Queda otro problema: ¿cómo hacer para descubrir quién es el verdadero esposo de la boda de Caná? La respuesta ya está dada: los sirvientes son los que saben, porque han participado con gran generosidad, en la “producción” del vino, si podemos hablar así. Para conocer al esposo, es necesario ir a sacar agua y llenar las tinajas hasta arriba. Los sirvientes saben que falta el vino. No pueden servir agua. Ciertamente pueden sacar agua. Es lo que hacen, y es precisamente  lo que hay que hacer, y lo hacen bien. El resto le toca al “esposo”, que se encarga de transformar el agua en vino.

            Podemos pensar que la narración de Juan nos presenta en este relato, una imagen del discípulo. En efecto, no se habla más de los sirvientes. Se habla de los discípulos que creen en Jesús (2,11). Los otros huéspedes, en cambio, no se dieron cuenta de nada. Han seguido bebiendo, quizás sin percatarse de la diferencia de calidad en el vino servido durante la segunda parte del banquete – que podía durar siete días (Gn 29,27; Jue 14,12). No han descubierto siquiera quién fuese el verdadero esposo.

Me parece inútil insistir: el relato de la boda de Caná ilustra muy bien cuál es el modo justo de portarse, si uno quiere ser discípulo de Jesucristo y, ante todo, saber quién es el Mesías, el verdadero esposo de su pueblo. En este caso, la madre de Jesús muestra el camino, porque ella es la que, atenta a las necesidades de los huéspedes, descubre la primera cuál es el problema.