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domingo, 4 de mayo de 2008

Id y haced discípulos


«Id y haced discípulos de todos los pueblos...
Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»

(Mt 28, 18. 20)


Leyendo el comentario que hace Pagola al Evangelio de este domingo en que la Iglesia celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor Jesús, es decir, de su glorificación a la derecha del Padre en cuanto hombre, me impactaron de manera especial estas palabras: «Entre los discípulos hay “creyentes” y hay quienes “vacilan”.Se postran”, quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión... Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas... Jesús “se acerca” y entra en contacto con ellos. El Recitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con “pleno poder en el cielo y en la tierra”.Si se apoyan en él, no vacilarán. Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente “enseñar doctrina”. No es sólo “anunciar al Resucitado”. Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: “dar testimonio del Resucitado”, “proclamar el Evangelio”, “implantar comunidades”... pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: “hacer discípulos” de Jesús».
El mandato del Maestro Divino, antes de recibir del Padre la glorificación definitiva, en cuanto Hombre-Dios, me impresione e interpela: mi misión de “discípula” es la de “hacer discípulos de Jesús”.
No basta con que yo intente ser cada día más auténtica “discípula” del Divino Maestro, es necesario que ore, interceda, trabaje con todas las fuerzas que el Señor me da, para que “movida por el Espíritu” pueda dar vida, engendrar nuevos discípulos y discípulas de Jesús.


¿Cómo es posible para mí esto?
Casi me atrevo a decir que mi pregunta se parece a la de la Virgen María en la Anunciación, y la respuesta del Señor también va quizás y ciertamente en la misma línea: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Sólo siento que me toca, como a los Apóstoles, como a María la Madre de Jesús y a sus hermanos, aguardar que se cumpla la Promesa del Padre: «dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo» (segunda lectura).
«Pentecostés fue el primer bautismo del Espíritu. Así lo anunció Jesús: «seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5).
Él mismo había sido presentado por el Padre al mundo como “aquel que bautizará con Espíritu Santo” (Jn 1, 33). Toda su obra mesiánica consiste en derramar el Espíritu sobre la tierra... El bautismo del Espíritu, es una de las maneras con las que Jesús resucitado continúa su obra esencial, que consiste en bautizar a la humanidad en el Espíritu» (R. Cantalamessa).
Naturalmente, no se trata de recibir de nuevo los sacramentos de la Iniciación cristiana, sino de dejar que el Espíritu Santo renueve en nosotros, en mí, toda su gracia y eficacia, para que de veras, “movida por el Espíritu”, pueda ser verdadera “discípula” de Jesús y obtener, en nombre de Jesús y, movida por la fuerza del Espíritu, que sean muchos y muchas las discípulas y discípulos auténticos de Jesús, que le siguen, y hacen de Él el centro de la propia vida, para gloria del Padre y bien de los hermanos.
No me resisto a transcribir unas palabras de san Ambrosio, citadas por el mismo p. Raniero C.
«Buena cosa es embriagarse con el cáliz de la salvación. Pero hay otra embriaguez que procede de la sobreabundancia de las Escrituras y hay también una tercera embriaguez que se produce mediante la penetrante lluvia del Espíritu Santo. Ella fue la que hizo que, según los Hechos de los Apóstoles, quienes hablaban en lenguas extrañas fueran considerados como borrachos por los oyentes».


No se me pide que con mis solas fuerzas alcance el fin, el objetivo prefijado.
La eucología de la liturgia eucarística de hoy me anima a vivir este día, esta semana casi de novena – que comenzó le jueves, día en que, en algunas partes, se sigue celebrando la Ascensión del Señor Jesús al cielo – con alegría, confianza.

La oración colecta pide a Dios Padre nada menos que podamos “exultar de gozo y dar gracias en esta liturgia de alabanza”.
Es una oración que rezuma toda ella el pensamiento de los Padres, de los sermones de San León Magno; la doctrina del Cuerpo místico de Jesucristo: Cristo-Iglesia, tan inseparables que, “donde nos precedió Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo”.
Cito aquí un texto que viene muy a propósito, en el que C. Urtasun resume el pensamiento de los Santos Padres León M., Agustín, Gregorio de Nisa en particular: «Porque hemos subido con Cristo al cielo (cf. segunda lectura) , nos alegramos y nos llenamos de gozo. En él y desde él, respiramos aires de eternidad, que tonifican espléndida y providencialmente nuestro, espiritual y corporal, que continúa su peregrinación, a veces encrespada, sobre la tierra, con los pies muy bien asentados sobre el bajo suelo, conscientes de la misión que tienen de insuflar en el mundo contaminado y tantas veces desolado, bocanadas de aire fresco y puro, cargado de eternidad, que permitan y hagan deseable vivir una vida digna de los hijos de Dios y de los hijos de los hombres».

Y de la eucología, cito ya sólo la oración después de la comunión, que resume de manera admirable – como lo sabe hacer la Iglesia en su Liturgia, el sentido teologal de la solemnidad que hoy celebramos:
«Dios todopoderoso y eterno
que, mientras vivimos aún en la tierra
nos das parte en los bienes del cielo,
haz que deseemos vivamente
estar con Cristo
, en quien
nuestra naturaleza humana
ha sido tan admirablemente enaltecida
que participa de tu misma gloria.

C. Urtasum comenta: «Me vienen ganas de decir que esta oración conclusiva es la perla de las oraciones de la celebración de hoy».

Con el gozo y la alegría que durante el tiempo pascual la Liturgia, especialmente en los prefacios, proclama “desbordante”, celebramos este día solemne, esta etapa tan importante de la Pascua de Cristo Jesús, que “se sienta a la derecha del Padre”, “no para desentenderse de este mundo,
sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino
” (prefacio de la Ascensión).

domingo, 20 de abril de 2008

«¡Ha resucitado de veras mi Amor y mi Esperanza!»


Con las maletas ya casi preparadas, con el alma repleta de gratitud al Maestro Resucitado que, con la gracia y fuerza de su Espíritu, nos acompañó en todo momento, a lo largo de estos casi 20 días de Capítulo, a las 7 de la mañana nos reunimos en la capilla para elevar en comunión con toda la Iglesia nuestra alabanza matutina a la Santa Trinidad.
Casi como “salmo invitatorio”, una hermana proclama la invitación a todos los pueblos de la tierra para que se unan en esta alabanza y glorificación al Dios tres veces santo.
Transcribo en la forma posible esta “invitación”, que una vez más ha tenido en cuenta nuestra asamblea representante de los cinco Continentes:


¡Venid a alabar al Señor, pueblos todos!
Venid del
Norte y del Sur de la vieja Europa,
alabad al Señor con los vientos,
el sol, las montañas, la tierra, el color de todas las banderas,
con el corazón de los niños, de los jóvenes, de los adultos,
de los ancianos,
con
la Familia Paulina que tiene sus raíces en Europa
con cada una de sus diez voces,
¡venid todos y alabad al Resucitado!

Venid a alabar al Señor, pueblos de la bella África.
Alabadle con el mar, la danza, la tierra,
alabad al Señor con el dolor, la esperanza,
los colores y la liturgia;
alabad al Señor con el canto de los pájaros,
con la voz de cada tribu, nación y pueblo;
alabad al Señor con el trabajo, el arte,
alabad con fuerza al Señor,
¡
anunciad, como las discípulas, que el Señor ha resucitado!

¡Alabad al Señor, pueblos todos de Asia,
desde el surgir del sol hasta su ocaso!
Venid,
con los discípulos de cada nación.
Alabad y aclamad al Señor con la fiesta,
la adoración, el perfume del incienso, de la mirra, del áloe.
Con la belleza del mar y los atardeceres,
con el trabajo y la creatividad.
Alabad al Señor hombres y mujeres, niños y jóvenes
que custodiáis en el corazón las riquezas de grandes tradiciones,
y signos de los tiempos nuevos,
¡decid a todos que el Señor ha resucitado!

¡Venid, pueblos todos de Oceanía!
Alabad al Señor y cantad sus maravillas,
alabadlo con el canto, la cultura, la naturaleza,
alabadlo con las discípulas, con los jóvenes, los niños,
¡alabadlo y gritad al mundo, con todo ser que vive y alienta,
que Cristo ha resucitado y camina con nosotros!

¡Pueblos de las Américas,
alabad y bendecid al Señor!
Alabadlo con la belleza de las estaciones,
con
los grandes ríos y la verde Amazona,
alabad y bendecid al Señor con la música y el canto,
las flores y la nieve, la creatividad y el trabajo.
Alabadlo con la riqueza de vuestras diversas culturas, lenguas,
y tradiciones, los pueblos indígenas.
¡Alabadlo, naciones de América,
alabadlo y decid a todos los pueblos
que el Señor ha resucitado y camina con nosotros!

Pías Discípulas del mundo,
¡venid a anunciar
que el amor del Divino Maestro es grande!
Alabémoslo con la
Eucaristía,
el servicio Sacerdotal, y la Liturgia,
y con todos los medios que el nuevo mundo nos ofrece.

(inspirado en: Anna Maria Mazzurana, pddm)

Se clausura algo más tarde nuestra Asamblea Capitular con la Concelebración eucarística. La celebración del “memorial del Misterio Pascual” del Señor Jesús, acoge, juntamente con el pan y el vino, nuestra nueva Regla de Vida y Directorio, destinados a convertirnos, por la fuerza del Espíritu, en discípulas suyas cada día más auténticas, que quieren seguir su destino, vivir para gloria del Padre y bien de toda la iglesia y la humanidad.

También, en el momento de la presentación de las ofrendas, no podía faltar un gesto que expresara nuestra comunión con toda la humanidad, con toda la iglesia presente en los cinco Continentes del mundo: cinco hermanas, representantes de cada uno de los Continentes, presentaban una lámpara encendida, con el deseo de realizar, bajando a nuestras “Galileas”, el mandato del Maestro Divino:
“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes... Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo(Mt 28,19.20).

Con el impulso apostólico que caracterizó al beato Santiago Alberione y a nuestra primera Madre, la Sierva de Dios Sor M. Escolástica Rivata, después del ágape fraterno, con saludos y despedidas, cada una nos fuimos orientando hacia trenes, autobuses, aviones..., seguras de que el Señor está con nosotras, con todos sus hijos, “todos los días” y en todos los lugares, también donde aún no es conocido.
Hemos vivido días intensos de trabajo, animadas por la celebración del Misterio Pascual que la Liturgia de la Iglesia nos ha ido ofreciendo con una “novedad” que podemos decir coincidía con el espíritu de la tarea de cada día.
Ahora, la llamada a seguir viviendo este Misterio Pascual, hasta su cumplimiento en Pentecostés, y hasta la celebración en la Liturgia del cielo.
Sabemos que no estamos solas ni solos. Jesús Maestro nos aseguraba: “No os dejaré huérfanos... Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 18. 16).

El Espíritu del Padre y del Hijo será nuestro “Paráclito”, abogado y consolador y Él, como nos recuerda con palabras consoladoras la Gaudium el Spes, está presente y actúa en todos, en todo tiempo y lugar: “El Espíritu Santo ofrece a todo ser humano la posibilidad de ser asociado al misterio pascual, de un modo que sólo Dios conoce” (GS 22).

¡Amén! ¡Aleluya! ¡Amén! ¡Aleluya! ¡Amén! ¡Aleluya!

miércoles, 19 de marzo de 2008

Hazme tu Discípula


Mi Señor me ha dado lengua de discípulo
para que sepa decir al abatido una palabra de aliento.
Mañana tras mañana
despierta mi oído
para
escuchar como los discípulos;
el Señor me ha abierto el oído...” (Is 50, 4-5).


Texto tomado del tercer cántico del Siervo de Yahvé, los cánticos que a lo largo de esta Semana Santa nos van introduciendo cada vez con mayor hondura en el misterio de la Cruz, en la pasión – muerte- resurrección de Jesús, el Verbo encarnado, el “Siervo-Hijo”, descrito en figura por el profeta Isaías (cf. Is 42, 1ss.; 49, 1ss; 50, 4-8; 552, 13-15, 53, 1ss.).
Lo que el profeta veía y anunciaba, adquiere en Cristo una realización viva y plena.
Él es el “Siervo-Hijo” que no grita por las calles, que nunca apagó el “pábilo vacilante” ni quebró “la caña cascada”.
Él, el “Siervo-Hijo”, que en todo momento promovió “el derecho”, el que realizó en filial obediencia “hasta la muerte y muerte de cruz” el proyecto misericordioso y salvífico del Padre.

Señor Jesús, “Maestro y Señor”,
abre mis oídos para que, como discípula,
escuche tu Palabra, escuche la Palabra del Padre
y la traduzca en actitudes conformes en todo momento a su voluntad.

Hazme “mujer de la escucha” a imitación de María,
tu Madre y nuestra Madre.
Dócil a las mociones de tu Espíritu,
que me convierta de discípula que escucha,
en apóstol que pueda decir “una palabra de aliento al abatido”,
a los tantos abatidos, que viven en las calles,
en las comunidades, en los hospitales, en tantas familias...
Mujer de escucha, mujer de palabra de aliento,
que reparte y comparte con los hermanos y las hermanas
el consuelo que tu Espíritu cada día nos infunde y regala.

Señor, la Semana Santa avanza;
ya estamos en el Triduo santo de Pascua.
Que no pasen en vano para mí, para ningún cristiano
estos días de gracia y de salvación.
Que tu Sangre derramada por nosotros
y por todos los hombres y mujeres de ayer, de hoy, de mañana,
nos purifique, nos libere de todo mal,
nos haga hijos e hijas en el Hijo, en ti, Jesús,
el Hijo amado del Padre Dios.
Que el agua y la sangre que brotan de tu costado abierto,
sean de veras el “océano de tu Misericordia
que inunda al mundo entero”.


Acompañando a la Virgen María,
quiero vivir el Misterio de tu Cruz,
y acompañar también el misterio de las tantas cruces
y tantos crucificados que viven hoy
desesperanzados por las guerras,
el hambre, la soledad, el sin sentido...


Señor Jesús, Maestro y Pastor,
Crucificado y Glorioso,
ten piedad de toda la humanidad,
de todos nosotros y nosotras;
sobre todos derrama tu infinita Misericordia,
para que lleguemos, purificados de todo pecado,
a celebrar con gozo y alegría desbordante
tu santa y feliz Resurrección.