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miércoles, 30 de noviembre de 2011

ADVIENTO… dentro de la historia del mundo

ALENTAR LA ESPERANZA DE LOS HOMBRES

“Cuando la primera vela de la corona de Adviento se enciende en la capilla del monasterio – en la parroquia -, y las suaves y claras voces que han entonado los cantos y las inolvidables melodías toda su vida inauguran la primera de las vigilias de este mismo Adviento, nos encontramos sin duda en un momento fuera del tiempo. Es el inicio del año litúrgico. Quedan cuatro semanas para la Navidad. Es el momento en que un nuevo ciclo de viejas ideas se agitará dentro de nosotros. Estamos iniciando una travesía espiritual por aguas oscuras, guiados únicamente por una antigua carta de navegación marcada por una estrella. Aquí, en la oscuridad, daremos comienzo a la búsqueda de luz en el alma” (Joan Chittister).
Cada nuevo año litúrgico iniciamos la celebración eucarística con una petición sencilla y profunda: pedimos a Dios Padre que avive, reavive “en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene”.
Leo unas palabras de Benedicto XVI que me parecen de una profunda actualidad y que le dan un nuevo color a este “deseo” de la Venida del Señor, al Adviento: «Hemos dicho que esta venida del Señor, por la Encarnación en María, es singular. (…). En cierto sentido, el Señor desea venir siempre a través de nosotros, y llama a la puerta de nuestro corazón: ¿estás dispuesto a darme tu carne, tu tiempo, tu vida? Esta es la voz del Señor, que quiere entrar también en nuestro tiempo, quiere entrar en la historia humana a través de nosotros. Busca también una morada viva, nuestra vida personal. Esta es la venida del Señor. Esto es lo que queremos aprender en el tiempo de Adviento, que el Señor puede venir a través de nosotros».
Algo de semejante hondura encuentro en las palabras que el Santo Padre dijo este primer domingo de Adviento al rezo del Angelus: «Hoy iniciamos en toda la Iglesia el nuevo Año litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir juntos en las comunidades cristianas, pero también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del mundo, para abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor».
Adviento, pues, no es sólo deseo de que Jesús vuelva a nacer en la ‘nova Nativitas’ de la Liturgia, ni es sólo espera de la venida del Esposo al final de nuestra vida o al final de la historia. El Adviento es también invitación a abrirnos al mundo, a la historia y hacer posible que en ella pueda hacerse “vivo y presente” nuestro Dios, el Evangelio, Jesucristo.
Hemos entrado en el Adviento que prepara también el Sínodo sobre la nueva evangelización. La dimensión que nos ofrecen las palabras de Benedicto XVI ensancha el alma, ayuda a vivir la Liturgia, a escuchar la Palabra, las profecías de Isaías con un respiro actualizador de amplios horizontes y con esperanza viva expresada de manera fuerte con la oración de la Iglesia.

Que los cristianos en este Adviento aprendamos a «alentar la esperanza de los hombres» nuestros hermanos. ¡”Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente”!
“De las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas. No alzará la espada pueblo contra puedo, no se adiestrarán para la guerra”.
¡¡Ojalá!!








domingo, 28 de noviembre de 2010

Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”

En el final del Año litúrgico, la Iglesia nos invita, con palabras del mismo Jesús,
a “levantarnos, a levantar la cabeza”, porque nuestra redención, nuestra liberación está cerca .
La misma invitación la encontraremos con frecuencia a lo largo del Adviento,
especialmente en el Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas.

La liturgia de la Palabra en las últimas semanas del Año litúrgico
nos hablaba del fin de Jerusalén y del fin de los tiempos y de la historia.
El Maestro nos ha ido repitiendo una y otra vez: “No sabéis el día ni la hora”.
Pero concluía también con una palabra de clara esperanza:
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Junto con el discurso ‘escatológico’ de los últimos días en la celebración eucarística
discurso que reaparecerá también, como cada año, en este primer domingo de Adviento,
hemos encontrado en la eucología la llamada a una esperanza que se convierte en alegría,
casi haciendo resonar la recomendación del apóstol Pablo a los Romanos:
Vivid “alegres en la esperanza” (Rm 12,12).

Decía la oración colecta del domingo XXXIII del Tiempo Ordinario:

“Señor Dios, concédenos vivir siempre
alegres en tu servicio,
porque en servirte a ti, creador de todo bien,
consiste el gozo pleno y verdadero”.

Si la oración colecta en la liturgia eucarística tiene la función de ‘recoger’ las intenciones,
y el espíritu de la asamblea y de toda la celebración,
podemos decir que es la “alegre esperanza” la que anima
toda la celebración eucarística del domingo 33 del TO,
un domingo en el que la Palabra de Dios,
el texto evangélico en particular (Lc 21, 5-19) nos llamaba precisamente
a la vigilancia, al
“¡cuidado que nadie os engañe!”.
La alegría, la verdadera y única felicidad del cristiano
es la que se puede descubrir y que se disfruta en el ‘servicio’ de Dios,
del Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

«ADVIENTO - La Vigilia de la Esposa»

Con esa invitación a la esperanza y a la alegría que descubría en la liturgia de las últimas semanas del Tiempo Ordinario, nos adentramos con la Iglesia en el tiempo del Adviento.

La guía segura sigue siendo una vez más la liturgia de la Iglesia,
tan rica en su eucología y en la Palabra.
Conducidos por ella, es más fácil vivir “en vigilante espera” del Señor que viene, manteniéndonos “velando en oración y cantando su alabanza”.

La celebración eucarística del primer domingo de Adviento se abre
con el canto del salmo 24, 1-3: “A ti, Señor, levanto mi alma:
Dios mío, en ti confío; no quede yo defraudado;
que no triunfen de mí mis enemigos,
pues los que esperan en ti no quedan defraudados”.

Odo Casel, a la luz de este salmo, contempla el Adviento como “la Vigilia de la Esposa”:
«“A Ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío” (Sal 24, 1).
Todos los años nos impresiona de nuevo esta primera mirada de la Iglesia de Dios.
Es como un niño recién nacido que abre sus ojos por vez primera y contempla el mundo,
y ve por primera vez a su padre y a su madre, aunque inconscientemente.

La Ekklesía, en cambio, busca con plena conciencia los ojos del Padre.
Eleva su mirada a Dios directamente, sin intermediarios.
Este poder mirar directamente a los ojos de Dios es
lo que más profundamente nos conmueve en el canto de la Iglesia.

"A Ti, mi Dios". Con estas palabras indica la Ekklesía para quién vive ella.
No para sí misma, ni para criatura alguna -aunque sea la más elevada-, ni para los ángeles y Potestades. No, su mirada pasa por alto a todos ellos
y por encima de ellos
se dirige a Aquel a quien ama y busca exclusivamente.

En espera».


Mientras, sintiéndome Iglesia, también yo quiero contemplar al Dios
que ha venido y que viene en Jesucristo, escucho
y oro con la oración colecta del primer domingo,
oración que resuena en el corazón con acentos de gozo y esperanza:

Dios todopoderoso,
aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento,
el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene,
acompañados por las buenas obras,
para que, colocados un día a su derecha,
merezcan poseer el reino eterno.

En la oración empiezo fijándome en la palabra,
el verbo con que se abre la oración en su versión castellana.
Aunque el original en latín sea más corriente, con “da” y otras versiones “concede”,
me pareció bonito el verbo usado en castellano, para pedir con la Iglesia al Padre hoy que vivifique, reavive, reanime, anime, encienda en nosotros
el ‘deseo’ de no quedarnos dormidos en este Adviento,
sino de animarnos con entusiasmo, con ganas a salir de nuestras perezas o pesimismos
para ir al encuentro de Cristo - "obviam Christo" - ‘el que vino, que viene y que vendrá’ de manera nueva
en el ‘hodie de la celebración de la “nova Nativitas”.

María, la Virgen-Madre
, tan presente en la liturgia del Adviento, “tiempo mariano por excelencia” (MC), acompaña a la Iglesia, nos acompañará a cada cristiano
en este camino que hoy emprendemos con el primer domingo de Adviento,
inicio de un nuevo Año litúrgico.


martes, 23 de diciembre de 2008

Día ‘normal’ dentro de la ‘peculiaridad del Adviento’


La eucología menor de este día en la liturgia eucarística me ha impactado de manera especial. Me ha parecido casi nueva, o por lo menos, singularmente bella. No me voy a extender en la reflexión; sólo subrayaré algo que me ‘tocó de manera especial.
Como todos los días de la ‘octava’ que precede la Navidad, del 17 al 24, todas las oraciones de la liturgia insisten sobre la venida ya cercana del Emmanuel, la Navidad que se aproxima. Así, el día 23 la oración colecta recuerda que nos estamos acercando a las fiestas de Navidad, y por eso, la Iglesia se atreve a pedir que el ‘Hijo que se encarnó en las entrañas de la Virgen María’ para ser nuestro Emmanuel, El que quiso vivir entre nosotros, nos haga partícipes de la abundancia de su misericordia.
Vemos el entrelazarse de los verbos, en todas sus formas y modos. La Navidad se acerca y es al mismo tiempo una realidad futura “en el sacramento”; el Hijo se encarnó en el tiempo y lugar que conocemos por el Evangelio y el móvil de la Encarnación fue el de vivir entre los hijos de los hombres, entre nosotros; luego, con el modo subjuntivo expresamos “la gracia que se quiere obtener”: ser partícipes de la abundancia de su misericordia.


La oración sobre las ofrendas expresa de una manera muy clara la doble dimensión de la Eucaristía, de toda acción litúrgica: con la oblación (aquí, como en muchas otras oraciones sobre las ofrendas, se anticipa lo que es el ‘ofertorio’ de la Misa: en la anámnesis después del Relato de la Institución, en el gran ‘offerimus’ del Memorial) se realiza la dimensión ascendente: alcanza su plenitud el culto que el hombre puede tributar al Padre, por Jesucristo, en el Espíritu.

Pedimos que esta ofrenda de la Iglesia y de todos nosotros nos obtenga el don del restablecimiento de nuestra amistad: ante todo, naturalmente, con Dios, y también con nosotros mismos y con los demás. Esta ‘amistad’ restablecida, nos permitirá celebrar renovados en gracia el nacimiento de Jesús, nuestro Redentor (dimensión descendente de la Eucaristía).

Me queda la oración después de la Comunión, que podría decir resume todo el espíritu del Adviento, con un enlace entre lo que pedíamos en el primer domingo: ‘avive nuestro deseo de salir al encuentro de Cristo que viene’ y la celebración de la Navidad. En la oración pedimos el don que los encierra todos: la paz del Señor. Ésta será la actitud más acertada para salir al encuentro de Cristo que llega, sin temor, y con las lámparas encendidas.

Con esta disposición, guiada por la eucología de la madre Iglesia, entramos ya en la Navidad, en la “pascua de navidad”

Al escribir este título, el pensamiento espontáneo y agradecido va al prof. Adrien Nocent, del que tod@s sus
alumn@s conservamos viva memoria y reconocimiento por cuánto nos enseñó, con profundidad de doctrina y testimonio de vida y de servicio a la reforma litúrgica del Vaticano II. Él se congratulaba con los alumnos españoles de San Anselmo, al recordar cómo sólo en la lengua española, nos felicitamos la Navidad, recordando la ‘Pascua’.

Y quizás en Toledo, más que en otros lugares en los que pasé los últimos años, la felicitación que recibo por las calles es la de “¡Felices Pascuas!”. Esta misma mañana – 28 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia – mientras yo, al salir de la Eucaristía de las 11, felicitaba a las familias conocidas que habían participado en buen número: abuelos, padres e hijos en la Eucaristía, ellas y también otras personas con las que me crucé en el camino de vuelta a casa, me felicitaban con esa expresión, y constato, por lo menos, eso creo descubrir, que no se trata de una rutina “¡¡Felices Pascuas, hermana!!”

Navidad y Misterio Pascual no pueden ir separados. Nos lo recuerda el mismo san León Magno’ en su Sermón I en la Natividad del Señor, 1-3. Lo leímos precisamente el Oficio de lectura de la Navidad:

Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador, alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nace la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.
(...)Demos, por tanto, gracias a Dios Padre por medio de su hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó (...) para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.
(...) Reconoce, cristiano, tu dignidad (...) porque tu precio es la sangre de Cristo.


Tengo en este momento ante mis ojos la felicitación de nuestra Superiora general con su consejo a todas las Hermanas de la Congregación. Dice entre otras cosas: ‘La meta de la gran peregrinación (siguiendo a Jesús a lo largo e su vida, desde Belén a Jerusalén) será Jerusalén: ciudad de la paz siempre deseada y siempre violada. (hoy se hace más vivo y penoso esto con lo que está sucediendo en Gaza). Aquí la pascua nos hará realmente discípulas. Belén y Jerusalén, Navidad y Pascua, discípulas y Maestro, realidades inseparables del único misterio del Dios hecho hombre que nos salva de la tristeza de una vida cerrada en la muerte’.

En todos estos días la liturgia nos acompaña con textos de especial profundidad y ternura. Las oraciones, antífonas, lecturas que nos va ofreciendo la liturgia nos hablan de la ternura del Dios hecho Niño en Belén y de la perspectiva pascual. El relato evangélico de la celebración eucarística de este día nos pone bien evidente: la ternura del anciano que coge en brazos al Niño Dios, la profetisa Ana que anuncia a todos la liberación que Jesús trae a su pueblo; las palabras de Simeón a María con la perspectiva de la diversa acogida que recibirá su hijo por parte de su pueblo y la ‘espada’ que a ella le atravesará el alma. Navidad-Pascua. La kénosis del Hijo de Dios que nos recuerda que el camino seguido por él es la senda que marca a sus
discípul@s, a tod@s l@s que queremos seguir sus huellas.

Con María, la Virgen Madre, que recordaremos con particular cariño y devoción, de manera especial y total el día 1 de enero, entrando con ella en el año 2009,
acompañad@s y sostenid@s por la bendición del Señor:

‘El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor se fije en ti
Y te conceda la paz’.

martes, 2 de diciembre de 2008

De Adviento a Navidad

El Adviento es siempre un tiempo litúrgico con un particular color de esperanza y ternura, tiempo de soñar, desear, augurar...
Así he intentado vivirlo, cogida de la mano de la Virgen-Madre.

29 de noviembre

La Confer diocesana nos invitó a tod@s los y las religios@s de la Diócesis de Toledo a prepararnos junt@s al Adviento y a la Navidad con una mañana de retiro: de 10.30 a 14 horas. Esta vez lo animó un Padre Franciscano. Muy centrado el tema del Adviento, y la consigna final, que me llenó el corazón de discípula: Recordad: ¡Eucaristía – Eucaristía – Eucaristía!.
Concluimos el retiro, después de un tiempo prolongado de oración personal ante el Santísimo Sacramento expuesto solemnemente, con la Celebración comunitaria de la Penitencia, en la fórmula B.
Varios Sacerdotes se prestaron para la celebración individual. Y concluimos, como establece el Ritual, dando gracias al Señor comunitariamente.
Al final, saliendo ya, nos felicitamos mutuamente la Pascua de Navidad, aunque todavía teníamos en programa un encuentro el día 23, para escuchar y felicitar a nuestro Cardenal recién llegado de Roma, y otra cita para tod@s el día 26, para celebrar en fiesta intercongregacional la Navidad.

Estos encuentros animan, favorecen el conocimiento mutuo, la amistad, la intercomunicación y el intercambio de los bienes que cada un@ vive, posee y sobre todo de lo que cada un@ es.
¡Bendito Concilio Vaticano II que ha abierto las puertas de los conventos y comunidades religiosas, haciendo que vivamos así más de forma más sensible y visible la comunión profunda que siempre nos ha unido en un mismo ideal, vivido y manifestado con los diferentes carismas al servicio de la Iglesia-comunión, para el bien de todos los hermanos!
Y ¡bendita sea también la Confer, que, en una “Iglesia de comunión”, alienta y orienta a l@s religiosos y religiosas que vivimos y operamos en nuestra España de “hoy”, al servicio de los hermanos!

Por todas estas realidades y por muchas más, hoy y siempre: ¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo...!

lunes, 1 de diciembre de 2008

Velando en oración y cantando tu alabanza

Es hoy un día particular para mí. Recuerdo el 38º aniversario del fallecimiento de mi madre. Todo el día la tengo particularmente presente, con cariño y emoción de hija. Sé, por la fe en la misericordia del Padre y también por la bondad excepcional de su vida, que contemplando la augusta Trinidad, ella reza con y por todos nosotros, y canta también al Dios tres veces santo el Sanctus de la Jerusalén celestial (cf Ap 4, 8).
Me acompaña su pensamiento, su recuerdo, mientras oro con la oración colecta de este día, que resuena en mi interior con tonos de gozo y esperanza:

Concédenos, Señor Dios nuestro,
permanecer alerta a la venida de tu Hijo,
para que, cuando llegue y
llame a la puerta,
nos encuentre
velando en oración y cantando tu alabanza.

La Iglesia de la tierra en su liturgia, pide permanecer “alerta”, despierta, porque el “que viene” es Alguien importante: es el Hijo del eterno Padre en la realidad de nuestra carne, asumida en el vientre de María por obra del Espíritu.
Él tiene que llegar, ha llegado ya, llega cada día, hoy mismo en la Eucaristía, en la gracia, con su presencia sanadora y salvadora en los sacramentos, en los hermanos y hermanas y llegará glorioso y triunfante al final de los tiempos.
Está llamando, siempre, a mi puerta, a la puerta de todo creyente, de la Iglesia entera (Ap 3,20).
La Iglesia, con ánimo de esposa y de madre, quiere disponerse, y eso me pide hoy a mí, recordando a quien tanto amo, a recibir, a salir al encuentro del Esposo que está a la puerta y llama, para que Él me/nos encuentre, velando en oración y cantando su alabanza.
Es ésta la actitud más propia del Adviento: actitud teologal del y de la que espera al Señor; sabe que ya vive en ella, pero le sigue esperando en la celebración litúrgica del misterio de la Navidad y en su venida gloriosa y definitiva al final de la historia.

Por eso, mientras aguardamos la gloriosa venida, no nos cansamos de cantar, unidos a los ángeles y a los santos, en comunión y sinfonía con todos los moradores de la santa Jerusalén celeste el


Santo, Santo, Santo...
Amén. Aleluya.



domingo, 30 de noviembre de 2008

Primer domingo de Adviento
30 de noviembre de 2008


Iniciamos hoy un nuevo Año litúrgico en nuestra liturgia romana. Otras, como la liturgia ambrosiana, ya iniciaron hace semanas.
De la mano de la madre Iglesia, con la eucología, la escucha de la Palabra de Dios ofrecida en particular por el evangelista Marcos, con la celebración de los Sacramentos, de la Eucaristía en particular, nos disponemos “animosos” a celebrar y vivir el Misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad, hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor (SC 102).

La eucología de hoy en la colecta nos hace pedir al Padre que “avive”, reanime, enardezca, encienda en nosotros, al comenzar el Adviento,
el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene...
“Salir”
de mí, de mi egocentrismo, o de mis decaimientos, hacia una meta que me dará plenitud de vida: obviam Christo, el que ha venido, viene y vendrá, y así podré, podremos estar siempre con el Señor (cf. 1 Ts 4,18).


Meditando esta oración colecta, he sentido interés, casi anhelo, por “escrutar” lo que san Agustín escribió con tanta profundidad sobre todo el contenido del “deseo” en la vida humana-cristiana, la vida en el Espíritu, para caminar más velozmente hacia Dios; no puedo en este momento. Pero me parece sugestivo y hermoso y subrayo con amor, aunque no pueda penetrar en su profundidad, lo que la Iglesia pone en labios de su Iglesia en esta oración: avivar el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene... En el tiempo de Adviento, el Espíritu me ayudará a ahondar en esta realidad. Es mi deseo, casi mi proyecto, para el que invoco la gracia del Señor y la compañía de María, la Madre y trono de la Sabiduría encarnada.

Ahora quiero limitarme simplemente a transcribir, para ir saboreándolo, un texto de Odo Casel, sobre el Adviento.
Dos palabras del recordado y apreciadísimo don Ignacio Oñatibia presentan así al monje de Maria Laach, que murió en la celebración de la Vigilia pascual del año 1948:

“Casel ha sido un hombre de celda y de estudio. Dotado de un genio investigador poco común y de un conocimiento amplísimo de las fuentes literarias tanto profanas como cristianas, ha dedicado su vida entera a estudiar y mostrar la riqueza y profundidad del Misterio del culto cristiano. No ha querido hacer obra de teología personal, sino solamente buscar en las fuentes de la Tradición la auténtica doctrina cristiana e interpretarla fielmente. Casel ha sabido mantenerse fiel a su misión. Su vida ha sido simple, profunda y rica. Vivió él mismo los conceptos que vertía en sus escritos y los hizo vivir intensamente a la comunidad de benedictinas de la abadía de Santa cruz de Herstelle an der Weser, que dirigía espiritualmente”. Por hoy, transcribo el texto que es elocuente por sí solo.


ADVIENTO


Vigilia de Esposa


"Ad te levavi animam meam, Deus meus, in te confido -A Ti alzo mi alma, Señor, mi Dios. En Ti confío" (Sl 24, 1) [1] Todos los años nos impresiona de nuevo esta primera mirada de la Iglesia de Dios. Es como un niño recién nacido que abre sus ojos por vez primera y contempla el mundo y ve por primera vez a su padre y a su madre, aunque inconscientemente. La Ekklesía, en cambio, busca con plena conciencia los ojos del Padre. Eleva su mirada a Dios directamente, sin intermediarios. Este poder mirar directamente a los ojos de Dios es lo que más profundamente nos conmueve en el canto de la Iglesia.
"A Ti, mi Dios". Con estas palabras indica la Ekklesía para quién vive ella. No para sí misma, ni para criatura alguna -aunque sea la más elevada-, ni para los ángeles y Potestades. No, su mirada pasa por alto a todos ellos y por encima de ellos se dirige a Aquel a quien ama y busca exclusivamente.



El ojo del amor


La venida del Logos en la humanidad de la carne de pecado sólo fue una preparación de la verdadera Epifanía gloriosa, que empezó la mañana de la Resurrección -pero sólo para los fieles- y que al fin de los tiempos se realizará para el mundo una sola vez -la primera y la última, al mismo tiempo-. Para la santa Iglesia, la Epifanía gloriosa, el Adviento que nosotros amamos
[2] , permanece eternamente. Por eso, su primera venida en carne de humildad ella la contempla ya a la luz de su exaltación y gloria, porque mira con los ojos del amor. Ella ama también el primer Adviento. El ojo del amor ve con mayor claridad; por eso, aun en medio de la humillación, contempla ya al que será ensalzado por la Pasión; a través del vestido oscuro de la carne y a través de la cruz contempla al Glorificado. El Señor no viene, pues, a ella como Juez, sino como Salvador. ¿Y qué venida puede ser tan cara a la Esposa elegida como la de su Esposo? ¿No vamos a querer también nosotros pertenecer al número de aquellos que aman el Adviento del Señor? Cada una de las almas es esposa del Señor, que debe esperar su venida, henchida de amor. El Señor viene ya ahora continuamente y observa por la ventana si su Esposa anhela verdaderamente su venida y si desea su llegada.


En espera

"Ierusalem, surge et sta in excelso et vide iucunditatem, quae veniet tibi a Deo tuo -Levántate, Jerusalén, y sube a lo alto y contempla la alegría que te viene de tu Dios", así reza la Ekklesía el domingo segundo de Adviento
[3] . Jerusalén, la santa Ekklesía, se alza sobre la montaña de Dios y contempla la alegría de Dios. El monte de Dios es el Misterio sagrado que nos eleva de las bajezas de la vida terrena. Allí, en el Misterio, contemplamos la alegría de Dios que está a punto de llegar -objeto de esperanza-. Veniet, llegará. La Ekklesía contempla. Es, realmente, la espera de uno que viene, pero es al mismo tiempo espera que está en posesión de la presencia y de esta presencia espera con toda seguridad algo más grande todavía.

Poseemos, pues, algo y esperamos otra cosa. Exclamamos con razón: Veni! -¡Ven!-, y al mismo tiempo nos consta que el Señor ha venido ya: está aquí. No podríamos rezar con esta seguridad propia del Misterio: ¡ven!, si no hubiera venido ya; pero tampoco podríamos decir con esa seguridad propia del Misterio: está aquí, si no estuviéramos convencidos por la fe de que vendrá a completar su Reino para siempre.


A la luz del Adviento, la Iglesia camina hacia el encuentro del Señor a quien le sabe junto a ella, está en ella. Ella es la Esposa a quien acompaña el Esposo, invisiblemente, sí, pero con toda certeza: "¡No temas, Hija de Sión! He aquí que viene tu Rey" (Jn, 12, 15).
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Notas
[1] Introito del domingo I de Adviento.
[2] Cfr. 2 Tim., 4, 6.
[3] Cfr. Bar, 5, 5; 4, 36. Communio del domingo II de Adviento.

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Termino con una parte del prefacio III de Adviento, otra parte de la eucología propia de este tiempo litúrgico enriquecido con la reforma litúrgica del Vaticano II de nuevos textos, especialmente prefacios:

En verdad es justo y necesario…
darte gracias…por Cristo, Señor nuestro.

A quien todos los profetas anunciaron,
la Virgen esperó con inefable amor de Madre,
Juan lo proclamó ya próximo
Y señaló después entre los hombres.
El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría
al misterio de su nacimiento,
para encontarnos así, cuando llegue,
velando en oración y cantando su alabanza.