martes, 17 de marzo de 2015

LA EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO: IMPLICACIONES CELEBRATIVAS, TEOLÓGICAS Y PASTORALES (III)

4. Algunas  consideraciones sobre el Rito de la exposición, la Adoración y la bendición eucarística  

Los números 91 y 92 se detienen con detalle sobre el ministro de la exposición; según las posibilidades, y por este orden: el presbítero, el diácono, el acólito, un ministro extraordinario de la Comunión u otra persona delegada por el Ordinario del lugar. El Ritual determina también la vestidura que han de llevar los ministros: desde el alba y la estola para el presbítero o diácono, hasta «un vestido que no desdiga de este ministerio» en los otros casos.

Para el rito de la exposición, merece atención particular el número 93, en el que se indica que el verdadero lugar de la exposición es el altar, cubierto con un mantel: «Póngase el copón o la custodia sobre la mesa del altar». Sigue la concesión – «se puede utilizar» – el trono o expositorio, con la condición de que no sea «en un lugar demasiado alto y distante».
Esta rúbrica ciertamente recuerda de forma por lo menos implícita, aunque también evidente, la relación entre la exposición eucarística y la celebración. Y para subrayarla de forma más explícita, pide que en la Misa que precede inmediatamente a la exposición, si se trata de la exposición solemne y prolongada, se consagre la hostia que se ha de exponer. (RSCCE 94).
Todo el desarrollo ritual de la exposición tiene el fin de explicitar que la adoración eucarística, el culto fuera de la Misa es prolongación de la Celebración, que es siempre el punto de referencia central. 

Al hablar de la exposición prolongada o breve de la sagrada Eucaristía, hemos recordado la importancia singular que tienen los dos números que tratan explícitamente de la adoración eucarística en el Ritual, los números 89 y 95. Ratifican ante todo un principio fundamental que ha de presidir el culto al Señor Jesús presente en las sagradas Especies: «que los fieles atentos a la oración se dediquen a Cristo el Señor» (RSCCE 95); que la oración esté realmente centrada en la persona de Cristo Jesús.
Es muy importante esta recomendación, para que el tiempo de la adoración no decaiga en una piedad, sin incidencia en la vida cristiana, descentrada, en la que se intente quizás llenar el tiempo con otras prácticas de piedad o con moniciones o predicaciones que no lleven de manera directa a una mayor estima del misterio eucarístico.
Es importante, para favorecer esto, tener siempre presente la finalidad de la exposición solemne de la Eucaristía, como explicita el número 82 del Ritual, ya recordado más arriba. Ciertamente  puede ayudar para vivir el espíritu de la adoración eucarística, según la mens Ecclesia, tener presente lo que sugiere el mismo número 95 del Ritual, como ya lo hacía el número 89: lectura de la sagrada Escritura, cantos, preces, y que no falte «el silencio sagrado».
Una concesión positiva para la exposición durante un tiempo prolongado es la posibilidad de celebrar alguna hora de la Liturgia de las Horas ante el Santísimo (RSCCE 96). Considerando la adoración como una «prolongación de la gracia del sacrificio», y medio para fomentar las «disposiciones debidas que permitan celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre» (RSCCE 80), este número del Ritual coincide con los contenidos del párrafo de la Ordenación General de la Liturgia de las Horas número 12: «por su medio las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la Eucaristía se amplían a las diferentes horas del día, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y, por él, al Padre en nombre de todo el mundo».
En este número 96 se habla de «exposición durante un tiempo prolongado». Entonces es cuando tiene pleno sentido la unión de la adoración con una Hora del Oficio divino. Con ello, las prerrogativas del misterio eucarístico se extienden a las diversas horas del día o de la noche.
Resulta claro, pensamos, que, así como no se expone el Santísimo únicamente para dar la bendición, tampoco se expone únicamente para celebrar las Vísperas u otra Hora del Oficio.  

Los números 97-99 del Ritual son de carácter ritual y ofrecen las rúbricas relativas a la Bendición  eucarística «hacia el final de la adoración», cuando preside el «ministro ordinario», sacerdote o diácono. El número 98 contiene también la oración antes de la bendición. Ya el número 91 había determinado que, en caso de que no haya ministro ordinario, los otros ‘ministros’ omitida la bendición, «al final de la adoración, guardan el Sacramento en el sagrario», sin ningún otro rito particular. 

De forma muy breve, el Ritual cierra todo esta parte dedicada a la exposición de la sagrada Eucaristía con la normativa relativa a la reserva del Sacramento en el sagrario. No ofrece ningún comentario a este rito, que es muy simple; sólo se indica que el pueblo puede hacer alguna aclamación.
Hablando de la reserva eucarística, puede ser oportuno recordar el número 5 de este Ritual, por su importancia; de forma clara y concisa expone «la finalidad de la reserva de la Eucaristía». Creo que ha sido la comprensión de esta «finalidad» la que ha estado como leitmotiv, motivación teológica de todo el tema sobre la exposición y adoración del Señor Jesús en el Misterio eucarístico. «El fin primero y primordial de la reserva de la Eucaristía fuera de la Misa es la administración del Viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de Nuestro Señor Jesucristo presente en el Sacramento. Pues la reserva de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las iglesias…».

5.     Las Procesiones  eucarísticas

La segunda forma de culto a la Eucaristía, que recuerda el Ritual, es la de las Procesiones eucarísticas, que podemos considerar una forma particular de «exposición del Santísimo». En efecto, Jesucristo, presente en la custodia, recorre y «se expone» para su pueblo, que hace testimonio público de su fe y piedad hacia él, presente real y sustancialmente en la Eucaristía.

Corpus Christi en la parroquia de Sta. Teresa de Toledo
Entre estas procesiones, «reviste especial importancia y significación en la vida pastoral de la parroquia o de la ciudad la que suele celebrarse todos los años en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo» (RSCCE n. 102).
Creemos que sigue siendo actual su significación también hoy, como signo colectivo de fe y de adoración. Naturalmente el Ritual recuerda que es responsabilidad de los pastores el tener en cuenta estas mismas «circunstancias», a la hora de organizar las procesiones por las calles de los pueblos y ciudades.
En el apartado relativo a las procesiones eucarísticas, se encuentra la referencia que éstas también siempre han de tener con la celebración de la Eucaristía: «Conviene que la procesión con el santísimo Sacramento se celebre a continuación de la Misa, en la que se consagre la hostia que se ha de llevar en procesión». (n. 103).
El número siguiente (104), habla sobre el ornato de las calles y plazas, por donde pasará la sagrada Eucaristía, y permite también que se hagan algunas paradas incluso con la bendición eucarística.
Se recuerda el principio que ya hemos subrayado comentando el n. 95 de este Ritual:«que los cantos y oraciones que se tengan se ordenarán a que todos manifiesten su fe en Cristo y se dediquen solamente al Señor».
También se determinan las vestiduras del sacerdote que lleva el Sacramento: pueden ser las mismas que en la Misa o la capa pluvial. (n.  105).
Se pueden utilizar cirios, incienso y palio, «según los usos de la región» (n. 106).
En el número 107 se expresa casi el deseo de que la procesión eucarística «vaya de una iglesia a otra, aunque, si las circunstancias lo aconsejan, puede volver a la misma iglesia  de la que salió».
Se concluye la procesión, lo mismo que la adoración, con la bendición eucarística «con la que acaba la procesión y se reserva el santísimo Sacramento».  

6.     Los Congresos eucarísticos

Son una «peculiar manifestación del culto eucarístico, como una “Statio”.  Su característica, especialmente si son internacionales, pero también los nacionales o diocesanos, es que la iniciativa parte de «una Iglesia local que invita a otras Iglesias de la región o de la nación o del mundo entero», para realizar el fin principal de los Congresos eucarísticos: «profundizar juntamente el misterio de la Eucaristía bajo algún aspecto particular, y venerarlo públicamente con el vinculo de la caridad y de la unidad».
El Ritual recuerda los elementos que deben estar presentes en un Congreso eucarístico:
a)      «Una catequesis más profunda y acomodada a la cultura de los diversos grupos humanos acerca de la Eucaristía,… misterio de Cristo viviente y operante en la Iglesia;
b)       participación más activa en la sagrada liturgia, que fomente la escucha religiosa de la palabra de Dios y el sentido fraterno de la comunidad;
c)      Una investigación de los recursos y la puesta en marcha de obras sociales para la promoción humana y para la debida comunicación de bienes…: para que el fermento evangélico se difunda desde la mesa eucarística por todo el orbe» (n. 111).
El tercer elemento pone en evidencia la inescindible unidad entre la Eucaristía y la caridad, la caridad interpersonal y la caridad social. Tema importantísimo que cada vez los congresos eucarísticos nos vuelven a recordar, y estas «obras sociales» permanecen como «monumentum», memoria de la fe y de la celebración pública del misterio eucarístico y «fuerza de edificación de la sociedad actual y prenda de la futura».
El último número del Ritual sobre la sagrada comunión y el culto a la Eucaristía fuera de la Misa vuelve sobre el que ha sido como la línea roja de todo el Ritual: la centralidad de la Celebración eucarística en  todo el desarrollo del Congreso.
El Ritual pide explícitamente: «La celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el centro y la culminación a la que se dirijan todos los proyectos y los diversos ejercicios de piedad».
Y no podía faltar, en este apartado la invitación al culto eucarístico fuera de la Misa: que haya «adoración prolongada ante el santísimo Sacramento expuesto, en determinadas iglesias…».
Cuando las condiciones sociales y religiosas del lugar lo permitan, se hará también una procesión eucarística.  (n. 112).
Con este número concluye el Ritual, toda la parte dedicada a los Prenotandos sobre la sagrada Comunión y el culto a la Eucaristía fuera de la Misa. Siguen, como en todos los Rituales de los Sacramentos, Textos de la Palabra de Dios y de la eucología para la celebración de la sagrada comunión y para el tiempo de adoración a la sagrada Eucaristía.

7. Conclusión

Dando una mirada de conjunto a todo el capítulo III del Ritual, se observa que las implicaciones celebrativas y rituales en todo momento han sido motivadas por implicaciones teológicas y pastorales, explicitadas casi siempre en sus ‘Observaciones previas o Prenotandos’.
Subrayaremos sólo algunas de las que nos parecen más evidentes e importantes para la piedad eucarística.
Algunos elementos celebrativos relativos al ornato en la exposición, a los cirios que hay que encender durante la exposición del Sacramento, la prohibición de celebrar la Misa en la misma nave donde está expuesto el Santísimo, están justificadas por principios teológicos, que el mismo Ritual se encarga de enumerar. El ornato y modo de la exposición tiene que recordar ante todo el fin de la exposición, y también tiene que tener en cuenta dos principios teológicos importantes, uno positivo y otro negativo: que manifieste su relación con la Misa y que no oscurezca el deseo del Señor en la institución de la Eucaristía: la Eucaristía ha sido instituida por Jesús ante todo “para ser ‘alimento’: «Tomad y comed…Tomad y bebed».  
Es principio dogmático  que la Iglesia ha mantenido siempre, explicito de manera directa en el Concilio de Trento. Un principio que, no entendido según la mens Ecclesia, ha llevado a no pocos a poner en duda la ortodoxia la adoración eucarística fuera de la Misa.
Se ha escrito y debatido abundantemente sobre este tema.
El Papa emérito Benedicto XVI en el n. 66 de la Sacramentum Caritatis, ya citado más arriba, escribe: «Una objeción se basaba en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: “nadie come de esta carne sin antes adorarla”».
    También aparece bien explícita en el Ritual la relación entre el Sacrificio eucarístico y el culto de adoración: como subtítulo que abre los Prenotandos del Ritual, y vuelve a ser subtítulo en la parte relativa a la exposición. Y l n. 80 resume con pocas palabras, pero con claridad este principio, que está en la base de toda la doctrina sobre la adoración eucarística: «Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual».
La prohibición de celebrar la Misa en la misma nave donde está la exposición de la Eucaristía, ofrece una razón importante para la teología eucarística de la adoración: «la exposición tiende a llevar a los fieles a la comunión interna». Tiende a que el adorador se prepare a la celebración eucarística «con las debidas disposiciones». Al mismo tiempo, la oración silenciosa ante la Eucaristía favorece la asimilación de la Palabra y de las actitudes de Jesús, hasta el punto de hacer propias sus intenciones, y sentimientos. La adoración eucarística  tiende a ser verdadera «comunión espiritual», comunión en el Espíritu, que lleve al adorador a la unidad de vida con Cristo Jesús (cf. Ga 2,20).
Ya hemos intentado subrayar alguna otra confluencia de implicaciones celebrativas con la doctrina sobre la Eucaristía, por ejemplo el n. 85 relativo al número de las velas que se encienden: «las mismas que en la Misa». Es importante el principio expuesto, porque los signos: velas, flores, cantos, etc. son expresión de los principios que se viven.
Recordando muchas adoraciones eucarísticas y horas santas en años anteriores a la reforma del Vaticano II,  vemos que la manifestación a través de los signos: luces, velas, música, oraciones hacían pensar y sentir la adoración  era como el momento culminante, la más grande expresión de la fe y adoración de la santísima Eucaristía.
No criticamos aquellas adoraciones. Ciertamente muchas personas se han santificado viviendo aquella espiritualidad y formas de expresión de la piedad eucarística. Yo recuerdo personalmente el impacto que recibí entrando en la Congregación de las Discípulas del Divino Maestro, con la solemne exposición del Santísimo desde la Misa de la mañana hasta la bendición eucarística por la tarde. Lo recuerdo con gratitud, mientras doy sinceras gracias a Dios por la reforma litúrgica.
Por obra del Espíritu Santo, presente y vivo en la Iglesia, los padres conciliares del Vaticano II y la reforma sucesiva nos han regalado la Constitución litúrgica, la instrucción EM y el Ritual que hemos intentado presentar. Podemos decir, agradecidos, que hoy se vive el principio que es como núcleo de toda la teología y piedad eucarísticas: «La celebración de la Eucaristía es el centro de toda la vida cristiana…, es realmente el origen y el fin del culto que se le tributa fuera de la Misa».


 - - - - - - - - - - -  - - - - - ---------------- - - - - -  - - - - - -  - - - -


Concepción González, pddm


miércoles, 7 de enero de 2015

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (V)

3.      Lenguaje de los textos constitucionales

Las Constituciones de las congregaciones u órdenes religiosas no son algo añadido al Evangelio, sino un intento de re-lectura del mismo, desde un determinado ángulo, desde la iluminación concreta del carisma concedido por el Espíritu a los Fundadores.

La relectura de algunos artículos de la Regla de vida de nuestro instituto de Discípulas del Divino Maestro me atrevo a decir que muestra cómo la liturgia ha llegado a ser una realidad destinada a penetrar y acompañar la vida de los miembros.

La confrontación con  textos de los años 1960, 1973 y 2008 creo que es reflejo del camino recorrido, en la progresiva asimilación de la teología y pastoral litúrgica a la espiritualidad y vivencia de cada día.

Constituciones año 1960
La profesión es la consagración a Dios y la pública emisión de los tres votos de pobreza, de castidad y de obediencia, hecha a norma de los sagrados cánones y de las presentes constituciones  (n. 94).
Constituciones año 1973
Las Pías Discípulas, queriendo “seguir más de cerca a Cristo Maestro”, deben conformarse más plenamente con Él. “El estado religioso imita más fielmente y representa continuamente en la Iglesia la forma de vida que el Hijo de Dios abrazó, cuando vino al mundo…” [LG 42. 44]. (n. 24)
Constituciones año 2008
En la respuesta a la llamada, entramos en una relación vital con Jesús Maestro casto, pobre y obediente. (…).
Vivimos progresivamente el Misterio de Cristo en la escuela del año litúrgico… (n. 41).


Prácticas de piedad cotidianas:
Escuchar la santa Misa; meditación en común durante media hora; las oraciones vocales de la mañana y de la noche; la visita de dos horas… (n. 202).
Tengan gran amor a la S. Escritura, particularmente al Evangelio, y se sirvan con frecuencia para la lectura espiritual y la meditación (n. 203).
Las superioras promuevan entre las religiosas la frecuencia incluso cotidiana a la Santa Comunión
(n. 196).
La Pía Discípula alimenta su vida espiritual en la fuente de la Eucaristía mediante la íntima participación en la santa Misa… [citas de SC 47 y 48, y del Fundador B. Alberione]  (n. 11).

NB – Las oraciones  de la mañana y de la tarde pueden ser las indicadas en el libro de la Familia Paulina, o sustituidas por la mañana por la celebración de Laudes y por la tarde por las Vísperas (Dir. n. 8)



Participamos con renovado asombro en la celebración de la Eucaristía (…) Hechas “un solo Cuerpo y un solo Espíritu” (…), participamos en la escucha de la Palabra, la participación en el Misterio Pascual e intercedemos por la Iglesia y por la humanidad.
(n. 18).
Participamos del oficio sacerdotal de Cristo también en la liturgia de las horas (…). Asumimos las situaciones de la historia y, con la mente y la voz concordes, celebramos las Laudes y las Vísperas en unión con la oración incesante de Cristo y de la Iglesia (n.19).


Las superioras cuiden que todas, tanto las profesas como las novicias y las postulantes, se confiesen por lo menos una vez a la semana. (n. 182).

Toda pía discípula reciba el sacramento de la confesión en espíritu de verdadera penitencia evangélica… (n. 13) [citas de PO 18 y del Fundador]

La participación en los Sacramentos acompaña la vida en sus etapas más significativas…. En el camino de continua conversión, nos acercamos con frecuencia al Sacramento de la Reconciliación… En la enfermedad y en la ancianidad, recibimos la Unción de los enfermos que lleva a cumplimiento nuestra conformación con la muerte y resurrección de Cristo, fundada en los Sacramentos de la Iniciación Cristiana. (n. 20).


Convocadas en torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, sacamos fuerza de la presencia del Señor… Conscientes de que la Eucaristía es fuente de reconciliación, con  amor paciente, nos perdonamos las unas a las otras… (n. 65).
Formadas por la Palabra y la Eucaristía constituimos comunidades apostólicas atentas a los signos de los tiempos y abiertas al diálogo intercultural… (134).

Las hermanas practiquen sinceramente la caridad fraterna, sin la cual una comunidad no puede vivir en la paz, florecer por la observancia religiosa y promover eficazmente las obras de apostolado. Sea compromiso de cada superiora y de cada religiosa mantener firmes los vínculos de la unión y de la caridad en todas las casas y en toda la congregación, según la exhortación de san Pablo en Ef 4,1-5 (n. 176).


Repetidas veces el Fundador ha exhortado a las PD a aplicarse la frase del Evangelio de S. Juan: 13, 35. La caridad de Cristo las ha reunido, la misma caridad les enseña a reconocer en las hermanas la imagen de Dios; a “llevar las unas los pesos de las otras” en un cotidiano recíproco servicio de amor; las guía a perdonar y a entregarse. Caridad que se alimenta en el Evangelio, en la sagrada liturgia, y sobre todo en la Eucaristía [PC 15] (n. 54)
Convocadas en torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, sacamos fuerza de la presencia del Señor… Conscientes de que la Eucaristía es fuente de reconciliación, con  amor paciente, nos perdonamos las unas a las otras… (n. 65).
Formadas por la Palabra y la Eucaristía constituimos comunidades apostólicas atentas a los signos de los tiempos y abiertas al diálogo intercultural… (134).



En esta breve presentación de la trayectoria de nuestra Congregación a través del lenguaje de la Regla de vida, descubro tres etapas que considero importantes en la asimilación de la renovación litúrgica del Concilio, y en particular de la Sacrosanctum  Concilium.

Si las Constituciones de 1960 reflejaban sobre todo una línea bastante jurídica y las de 1973, en respuesta al “Capítulo especial”, establecido por el motu proprio ‘Ecclesia Sanctae’ de Pablo VI, que pedía sobre todo la ‘vuelta a las fuentes, a los orígenes’ de la Escritura, del Concilio y del Fundador – y así aparecen continuas citas de estos documentos -, la Regla de vida de 2008 parece mostrar que las ‘fuentes’ propias de la Vida Consagrada y específicas del carisma propio aparecen bien asimiladas.
No creemos haber llegado a la meta que nos propone la Iglesia, estamos en camino. En la conclusión de la Regla de vida pedimos a la Trinidad santa: “Danos la flexibilidad y la apertura para reexaminar regularmente estas normas y adaptarlas a las circunstancias cambiantes de la historia en fidelidad creativa al carisma del padre Santiago Alberione”.



Concepción González, pddm
Publicado en la Revista de pastoral litúrgica PHASE
Septiembre/octubre de 2014


martes, 6 de enero de 2015

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (IV)

2.      Liturgia de las Horas y Vida Consagrada


La secular oración de la Iglesia ha sido reestructurada por la reforma litúrgica conciliar con gran acierto, de modo que puede ser utilizada por todos los miembros del pueblo de Dios.

Se han cumplido ya más de 40 años de la publicación de la Constitución Apostólica Laudis Canticum, con la que el siervo de Dios Pablo VI promulgaba el nuevo Oficio divino, reformado por mandato del Concilio Vaticano II.

El mismo nombre que se le asigna hoy es significativo de una declaración de intenciones. Se trata de una oración litúrgica, “de las Horas’: con este título ya se expresa lo que la caracteriza de manera especial: es oración que tiene la finalidad de santificar el día entero y la noche, y por eso se reza “en horas determinadas” (cf OGLH, 1).

En la liturgia de las horas se hace visible “…a la Iglesia que celebra el misterio de Cristo” (OGLH 22), y que  nos asocia a su oración de verdadero y único Sacerdote, “siempre vivo para interceder en favor nuestro” (Hb 7, 25).

En la exhortación apostólica VC el Papa afirma: “El medio fundamental para alimentar eficazmente la comunión con el Señor es sin duda la sagrada liturgia, especialmente la Celebración eucarística y la Liturgia de las Horas (=LH)” [1].

Efectivamente, la oración, especialmente la LH, junto con la Eucaristía, son los momentos fuertes en los que se fundamenta y se “rehace” también continuamente la vida de toda comunidad cristiana, desde la primitiva comunidad, a las comunidades cristianas y religiosas de hoy y de siempre. Se trata de comunidades que tienen su fundamento en la Palabra de Dios, en la comunión fraterna, en la oración y en la fracción del pan[2].


Realmente la Eucaristía y la liturgia de las horas se están convirtiendo, sobre todo para las comunidades religiosas que han hecho un esfuerzo de actualización y asimilación teológico- espiritual y pastoral, en fuente de espiritualidad y alimento de la fe y entrega de sus miembros.
En particular la Liturgia de las Horas, con la oración de los salmos y de las intercesiones, con la escucha de la Palabra, puede ser realmente una escuela de las actitudes cristianas de alabanza, acción de gracias, petición de perdón y súplica, que ensanchan los horizontes de la vida, situando en la perspectiva de la historia de la salvación nuestra propia historia de cada día, y la historia de la Iglesia y de la humanidad


[1]  VC 95.
[2] cf. Hch 1, 14; 2, 42; 2, 42. 46-47; Rm 15,5s; Ef 5, 19-21, etc…

lunes, 5 de enero de 2015

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (III)

1.3.            Sacramento de la Reconciliación y Unción de los enfermos

La vida sacramental de los religiosos se fundamente en el Bautismo, se alimenta principalmente en la Eucaristía, celebrada y adorada, y también en los demás sacramentos, como son el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos.

Quizás en años pasados no se haya subrayado suficientemente la presencia de los sacramentos en la vida consagrada, debido posiblemente también a  una insuficiente comprensión de la mediación de la Iglesia y de sus signos sacramentales, y a una visión más bien subjetiva y ascética de propia santificación. También en este aspecto la doctrina conciliar ha conducido a un reajuste que comporta un equilibrio de relaciones entre el elemento objetivo y subjetivo de la santidad en la vida cristiana y religiosa[1].


El magisterio de la Iglesia repetidas veces ha recordado a los religiosos la especial incidencia del sacramento de la reconciliación en sus vidas. El beato Juan Pablo II, en la exhortación Vita Consecrata, insiste: “La gozosa experiencia del perdón sacramental, en el camino compartido con los hermanos y hermanas, hace dócil el corazón y alienta el compromiso por una creciente fidelidad” [2].

La celebración de la reconciliación sacramental es momento de particular encuentro de misericordia con el Padre ‘rico en misericordia’ y con los hermanos en la comunión eclesial. Y, junto al sacramento de la reconciliación, recordamos la Unción de los enfermos. Ambos sacramentos aparecen unidos en el Catecismo de la Iglesia Católica como “Los Sacramentos de curación”.

También nuestra Regla de vida recuerda estos dos sacramentos unidos en la vida de las religiosas, como lo indicaremos en los recuadros finales.


1.4. Celebrar, vivir y hacer vivir el Domingo

En general, todos los Institutos religiosos tienen un propio calendario litúrgico en el que se subrayan fiestas especiales, aniversarios importantes, efemérides, que se han de tener en cuenta. Se trata de fiestas o memorias litúrgicas ‘propias’ del Instituto, o también de días señalados por la ‘tradición’, que constituye lo que a partir del Vaticano II se llama “el patrimonio del Instituto”. 

El mismo Concilio, en efecto, entre los principios generales dictados “para la adecuada renovación de la vida religiosa”, destaca: “Contribuye al bien de la Iglesia el que cada instituto tenga su carácter y su fin peculiar… según el espíritu de los fundadores y los fines propios, lo mismo que las sanas tradiciones…”[3].

Es posible que entre estas efemérides o días especiales no se haya tenido siempre explícitamente en cuenta “el día del Señor”, el domingo. Sin embargo, la pastoral litúrgica, el magisterio pontificio – recordamos la Carta apostólica “Dies Domini” del papa Juan Pablo II en vísperas del gran Jubileo del año 2000- , han subrayado su importancia en la vida de la Iglesia y de todos los cristianos.

Recuerdo con particular emoción el documento que podemos considerar testamento del Papa Wojtyla en el que escribía: “Si el fruto de este Año (el año eucarístico 2004-2005) se limitara a reavivar en todas las comunidades cristianas la celebración de la Misa dominical e incrementar la adoración fuera de la Misa, este Año de gracia conseguiría un resultado significativo”[4].

Cristo Jesús, el Señor Resucitado, que “al atardecer de aquel primer día de la semana” se apareció a los discípulos, está hoy entre nosotros, dando sentido a nuestra historia y comunicándonos su vida nueva. De aquí nace la importancia del domingo, día “en el que la Iglesia se reúne para renovar el recuerdo del misterio pascual del Señor con la escucha de la Palabra de Dios, la ofrenda del sacrificio del Señor, la santificación del día mediante la oración, las obras de caridad y la abstención del trabajo”[5].

Para los religiosos, como para todos los bautizados, el domingo es la fiesta primordial, la Pascua semanal. Y es importante que, como miembros de la comunidad eclesial, de una diócesis o parroquia, celebremos el domingo de forma “que se note”. Se tiene que notar que es el día del Señor y la fiesta principal de los cristianos. Y esto, en los horarios, en la Celebración eucarística, bien sea en la parroquia o en la comunidad, etc.

Algo que me impactó positivamente desde los primeros años de vida religiosa fue la insistencia de alguna superiora en que el domingo “se notase en la Misa y en la mesa”. Aquel principio está hoy plasmado de forma esencial en el art. 17 de la actual Regla de vida de la congregación: “El Misterio Pascual del Señor es el corazón de nuestra espiritualidad apostólica (…). Reunidas por el amor de Cristo celebramos con gozo el domingo, pascua semanal”.

Y el Directorio detalla algunas concreciones: “En comunión con el pueblo de Dios, santificamos el domingo, día del Señor, intensificando la oración, la animación litúrgica y la caridad. La participación en la Celebración eucarística prolongada en la adoración, nos compromete a dar también a los otros momentos de la jornada – vida comunitaria, descanso, recreo – un estilo que destaque la alegría y la paz del Resucitado” (n. 17.1).

La convicción de la importancia del domingo se demuestra en las cosas pequeñas de la vida cotidiana que, tanto en las relaciones interpersonales como en toda la vida, dentro de la comunidad y fuera de la misma, manifiestan que los cristianos y los religiosos celebramos algo especial el domingo.

Esto puede ser hoy una forma importante del testimonio que los religiosos pueden ofrecer, en una sociedad en la que el domingo está perdiendo su carácter religioso, trascendental, no sólo, sino que es “el día para todo”...



[1] cf. M. Augé, l. c., p. 324
[2]  VC 95.
[3] PC 2b.
[4] Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domini, n. 29.
[5] Ib. Carta apostolica Dies Domini, n. 48.

lunes, 29 de diciembre de 2014

LA LITURGIA, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL EN LA VIDA CONSAGRADA (II)

1. Vida consagrada y liturgia

Aunque no se pueda juzgar subjetivamente sobre  la calidad de la vivencia de la liturgia en la vida consagrada, sabemos que la relación objetiva y teologal entre ambas realidades es profunda e indiscutible. En efecto, la vida religiosa no quiere ser otra cosa en la Iglesia que una vivencia coherente de la vida cristiana, y la liturgia, como subrayan todos los documentos conciliares, es el centro de la vida de la Iglesia y de todos sus hijos.

En la liturgia, la Iglesia hace presente, a través de los signos y de las palabras, “per ritus et preces” (SC 48), el Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, misterio que es el núcleo y la culminación de toda la historia de la salvación.

Y la vida consagrada, vida de seguimiento radical de Jesús el Señor, virgen, pobre y obediente, tiene la misión específica de visibilizar al mismo Cristo, “el Incomparable”,[1]“para vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» de toda la existencia…, reproduciendo en sí misma «aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo»”[2].  

En la Exhortación Apostólica Vita Consecrata, el beato Juan Pablo II afirma: “Verdaderamente la vida consagrada es memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, como Verbo encarnado, ante el Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador»[3].

1.1.  La vida religiosa realidad eminentemente eclesial

El Vaticano II ha destacado la fuerte vinculación entre la Iglesia y la vida consagrada, introduciendo en la constitución dogmática Lumen Gentium, el capítulo sexto sobre la vida religiosa, que forma parte integral de la misma Iglesia, porque en efecto, la vida consagrada se puede comprender sólo en la Iglesia, y desde la Iglesia.


La vinculación del religioso, lo mismo que la de todo bautizado, con el misterio eclesial, tiene sus raíces en el sacramento el Bautismo. Lo recuerda el magisterio conciliar[4] y también el Ritual de la Profesión Religiosa (=RPR)[5], que podemos considerar, en parte por lo menos, como la aplicación litúrgica de lo que sobre este tema dicen los textos del Concilio.

En la Bendición solemne del Rito de la profesión perpetua de las religiosas, la liturgia pide al “Padre de los hombres, creador del mundo:… Derrama sobre estas hijas tuyas, que por ti han dejado todas las cosas, la abundancia del Espíritu Santo. Brille en ellas Padre, el rostro de Cristo para que todos, al verlas, reconozcan que él está presente en la Iglesia” (RPR 104).

Particularmente significativa a este respecto es también la petición epiclética de la Bendición solemne alternativa[6], en la que la Iglesia invoca al Espíritu Paráclito para que “resplandezca en ella todo el esplendor de su Bautismo”. En esta invocación, el Bautismo aparece no sólo como un ‘rito’ inicial en el que ‘se hace el cristiano’, sino que está llamado a tener un protagonismo constante, un proyecto de realización plena, no mortecina, en la misma existencia a lo largo de la vida. La Iglesia pide al Padre que en las mujeres consagradas el Espíritu Paráclito resplandezca en todo su esplendor, y que así se muestre ante el Pueblo de Dios con su rostro luminoso y atrayente.

La relación entre liturgia y vida consagrada subraya, pues, ante todo, cómo es precisamente el Bautismo, el origen y principio de toda consagración cristiana y, por consiguiente, también de “la vida de especial consagración”, la vida religiosa.

Porque la vida de todo bautizado y la vida consagrada tienen su origen en los sacramentos de la Iniciación cristiana: el Bautismo y la Confirmación, cuya corona y culminación es la Eucaristía. Y así se puede decir con razón que “el Bautismo y la Eucaristía constituyen el fundamento ontológico de la eclesialidad de la vida religiosa”[7].

El religioso, la religiosa “se hace” en una acción litúrgica, en la Celebración eucarística; en ella la Iglesia presenta a Dios la oblación del neoprofeso y lo asocia al sacrificio eucarístico (cf LG 45).

El ‘rito’ de la profesión del religioso o de la religiosa, según las disposiciones de la reforma conciliar, pone en evidencia también “per ritus et preces”, una teología profundamente litúrgica y eclesial, en la que podemos descubrir ulteriormente la relación entre liturgia y vida consagrada. Recordemos, entre otros elementos, propios de la liturgia renovada por la reforma del Vaticano II, la incorporación de la profesión dentro de la Celebración eucarística, especialmente para la profesión de votos perpetuos, el interrogatorio que relaciona explícitamente la profesión con el Bautismo, la Bendición solemne sobre los neoprofesos y profesas de votos perpetuos[8], etc. Todos estos elementos ofrecen pautas para una autorizada reflexión teológica sobre la vida consagrada en la Iglesia, aunque naturalmente el Rito es una acción litúrgica, no un tratado de teología. Sin embargo, una vez más se destaca cómo la ‘lex orandi’ y la ‘lex credendi’ se armonizan.

Reflexionando sobre la relación entre liturgia y vida consagrada, quedé gratamente sorprendida al leer en el canon 607 &1 del Código de Derecho Canónico, una casi definición esencial de la vida religiosa en términos “sacerdotales”, que expresan, de manera sintética pero inequívoca una profunda y vital relación entre vida consagrada y liturgia: “La vida religiosa, en cuanto consagración de toda la persona, manifiesta en la Iglesia aquel admirable desposorio, fundado por Dios, que es signo del mundo futuro. De este modo, el religioso consuma la plena donación de sí mismo, como un sacrificio ofrecido a Dios, por el cual toda su existencia se convierte en un culto a Dios en amor”.

La existencia de la persona consagrada considerada “culto a Dios en amor”. Bella definición de la vida religiosa.

El RPR nos recuerda también que toda consagración es obra del Espíritu Santo. Cómo obró en la Virgen-Madre, cómo actúa en el corazón de la plegaria eucarística, así, análogamente, el Espíritu desciende sobre el religioso o la religiosa que se consagran a Dios, que se dejan consagrar por Él: éstos profesan la propia voluntad de seguir a Jesucristo, en obediencia a la llamada del Padre, dentro de un carisma, que es obra del Espíritu Santo en la Iglesia. Y será este mismo Espíritu el que dará fecundidad a la misión que el religioso realizará al servicio del Reino de Dios.

En efecto, con la introducción de la oración solemne de bendición o consagración del religioso o de la religiosa, una oración de exquisito sentido epiclético, - al igual que en las celebraciones ‘sacramentales’ de la bendición del agua en la Vigilia pascual, de los sacramentos de la Confirmación y del Orden sagrado y de la consagración de vírgenes – “el RPR ha enderezado la atención hacia la dimensión mistérica de la vida religiosa, fundada sobre el don del Espíritu”[9].

1.2. Palabra de Dios, Eucaristía y Vida consagrada

La profesión religiosa es la expresión y el inicio de una vida que, imbuida plenamente por la alianza bautismal, desea convertirse en eucaristía, no sólo celebrada, sino sobre todo vivida; parábola de una vida bautismal que se va convirtiendo poco a poco en vida eucarística, es decir, en cuerpo, sangre, existencia totalmente entregadas: por Dios y por los hermanos, en el cotidiano discurrir de la vida, en una ofrenda que se expresa y concreta en la vivencia de los consejos evangélicos, de la vida fraterna en la comunidad, al servicio del Reino, especialmente de los más pobres.

El fin de la verdadera participación en la Celebración eucarística es compartir la suprema entrega del Señor Jesús, comiendo su Cuerpo y su Sangre, para llegar a una progresiva identificación y configuración con él, en su Misterio Pascual, viviendo “como vivió él”, en actitud de entrega y amor a Dios y a los demás.


Por eso, la Eucaristía es para todo bautizado, y en particular para los religiosos, punto de referencia, centro y motor de toda su vida de consagración, comunión y misión, en la fraternidad.

Un aspecto que cabe destacar de manera especial en la vida de la Iglesia, como fruto de la renovación conciliar, es ciertamente el estudio y el amor a la Palabra de Dios. También entre los religiosos y religiosas ha crecido el interés por la Palabra de Dios, por la lectio divina, en particular. Y todo esto ha favorecido también la inteligente y fructuosa participación en la liturgia de la Palabra de la Celebración Eucarística y en la Liturgia de las Horas..

Porque la Palabra de Dios en la liturgia es un acontecimiento salvador, hoy y aquí para nosotros. No es sólo la ‘preparación’ al rito central de la Misa, sino que ella misma es ‘celebración’, kairós, y encuentro con Cristo Palabra.

A través de su Palabra, Dios Padre, Jesucristo, siguen hablando, comunicando la Buena noticia a su pueblo. A nosotros nos corresponde “escuchar” con la actitud del discípulo tan subrayada en las Escrituras: “Shemâ, Israel”[10].

Recordamos aquel texto tan significativo del profeta Jeremías: “Cuando yo saqué a vuestros padres de Egipto, no les hablé ni les mandé nada tocante a holocausto y sacrificio. Lo que les mandé fue esto: «Escuchad mi voz y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo…»[11].

La ‘escucha’ que sustituye los holocaustos y sacrificios, es adoración en espíritu y en verdad,[12] escucha-obediencia que introduce en ese proyecto de salvación que Dios ha ido manifestando a lo largo de las páginas del Antiguo y el Nuevo Testamento.

La ‘lectura continuada’ de la Escritura en la Celebración eucarística es factor que ayuda en gran manera a tomar en serio la Palabra y a hacer de ella como un valioso «vademécum» de nuestro camino de fe. En la Eucaristía esta lectura adquiere su mayor densidad: es la primera de las dos mesas a las que Cristo nos invita: comer su Palabra antes de acudir a comulgar con su Cuerpo y Sangre, es ya un misterio de comunión y de encuentro salvador, que a todos los cristianos y especialmente a los religiosos les resulta significativo y provechoso en su vida[13].

La Eucaristía celebrada y vivida alimenta la fraternidad, es fuente y alimento primordial de una comunidad que se va uniendo en el amor. El decreto conciliar Perfectae Caritatis establece: “Los que profesan los consejos evangélicos… vivan la sagrada liturgia, principalmente el sacrosanto misterio de la Eucaristía según la mente y el corazón de la Iglesia, y nutran su vida espiritual con esta riquísima fuente. Nutridos así en la mesa de la Ley divina y del altar sagrado, amen fraternalmente a los miembros de Cristo…, acrecienten de día en día su vivir y sentir con la Iglesia, y entréguense totalmente a su misión” [14].

 A través de la escucha fiel de la Palabra y comulgando el Cuerpo y Sangre del Señor, en efecto, se refuerza el sentido de pertenencia eclesial y comunitario, y se va corrigiendo también la tentación siempre al acecho del individualismo. Es lo que pide la segunda epíclesis de la Plegaria eucarística: “…el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y  la Sangre de Cristo” (PE II).



[1] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita Consecrata, 1996, n. 15
[2], Ib. nn. 15-16. 44.
[3] Ib. , n. 22.
[4] Documentos del Concilio Vaticano II, Lumen Gentium (LG), 44-46; Perfectae Caritatis (PC) 1-2. 5-6; Ad Gentes (AG), 18. 40.
[5] Cf. Ritual de la Profesión religiosa (=RPR), nn. 27, 95, 170, 200.
[6] RPR, n. 72.
[7] M. Augé, Reflexión teológica sobre la vida religiosa a la luz del Ritual de la profesión, Phase 154 (1986) 322.
[8] RPR, nn. 67,72, 97, 104.
[9] M. Augé, Ib. p. 319].
[10] Dt, 6,4.
[11] Jr 7, 23s.
[12] Cf. Sal 40, 7-9; Hb 10, 5-9; Jn 4, 23-24.
[13]  Cf. J. Aldazábal, Los religiosos, comunidad orante, Cuadernos Phase 6, p.  20.
[14]  PC 6.