jueves, 13 de septiembre de 2012

«Effetá», esto es: «Ábrete»


Domingo XXIII del TO

            Llega el tiempo en que, por fin, los oídos del sordo se abrirán, y la lengua del mudo será capaz de proclamar las hazañas de Dios.
La curación del sordomudo relatada por san Marcos debe entenderse en esta perspectiva litúrgica y sacramental. Tiene lugar en una región de preponderancia pagana. Esta circunstancia sugiere que Jesús ha venido a instaurar una humanidad nueva, de la que todos los hombres están llamados a ser miembros.

Jesús mete sus dedos en los oídos del enfermo, le toca al lengua con la saliva y, mirando al cielo, pronuncia una palabra, effetá, que pasó tal cual, en arameo, a la antigua liturgia del bautismo.

La Iglesia ha visto, pues, en esta curación una especie de parábola viviente de lo que ocurre en el primer sacramento de la iniciación cristiana. Curado de su sordera y de su mutismo espiritual, el bautizado puede escuchar la palabra de Dios, proclamar su fe y alabar a Dios sin cortapisas, a voz en grito.

De este modo, es introducido en la comunidad de los hermanos, donde no hay diferencias entre ricos y pobres, pues todos recibimos gratuitamente los inapreciables beneficios de Dios y son igualmente elevados a la dignidad de «herederos del Reino prometido a los que lo aman».
(Misal de la asamblea dominical. San Pablo).


 Señor, yo no sé hablar como haría falta a los hombres y a la naturaleza.
En las calles y en los campos, soy, si no sordo y mudo, al menos duro de oído y tartamudo.
No sé escuchar, no sé hablar.

Pon tu mano sobre mí, como hiciste con el enfermo de la Decápolis.
Mete tus dedos en mis oídos. Toca mi lengua con tu saliva.

Pronuncia tu «Effetá», es decir, «Ábrete».

Que no sólo mis oídos oigan, que no sólo mi lengua se suelte,
sino que mi corazón y todo mi ser se abran a tu Espíritu y a los hombres,
para que Jesús de Nazaret pase entre nosotros,
pase de uno a otro, transmitido de unos a otros.

Tu saliva tocó mi lengua humana.
Esta saliva que estaba en tu lengua soltó la otra lengua.
Contacto divino  transformador.
Contacto inaudito.

Pero a través de qué medio tan humilde: ¡un poco de saliva!

Cuando Jesús de Nazaret pasa, cundo libera mis oídos y mi lengua,
no lo veo como el Mesías glorioso, como el Resucitado triunfante.
Él sólo se sirve de los medios más pobres.

Al que pasa, la gente lo llama «Jesús de Nazaret»,
y esta denominación de origen evoca años de vida oculta y laboriosa.

 Un monje de la Iglesia de Oriente, Presénce du Christ, éd. De Chevetogne.

 

Siento la voz divina de tu boca,
acariciar mi oído tiernamente,
tu aliento embriagarme, y en mi frente
la mano que ilumina cuanto toca.

 Mi antiguo corazón de amarga roca
ha brotado divina, oculta fuente,
y una armonía dulce y sorprendente
a su celeste amor, fiel me convoca.

 La soledad, la noche en que vivía,
el hondo desamparo y desconsuelo,
la triste esclavitud que me perdía,

 son ahora presencia, luz sin velo,
son amor, son verdad, son alegría,
¡son libertad en ti, Señor, son cielo!
 
(B. LLorens, Dios en la poesía actual. BAC)

Señor, tú que te has dignado redimirnos
y has querido hacernos hijos tuyos,
míranos siempre con amor de padre
y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo,
alcancemos la libertad verdadera
y la herencia eterna.

            (Oración colecta)

sábado, 21 de julio de 2012

Mis ovejas escuchan mi voz, y Yo las conozco

Domingo XVI del Tiempo Ordinario

La Iglesia en estos meses calurosos del verano 2012  nos acompaña en su liturgia con una Palabra singularmente ungida y alentadora.
El jueves de la semana XV, en el pasaje evangélico, escuchábamos la Palabra de Jesús Maestro que invita “a los cansados y agobiados” a ir a Él para recibir alivio, descanso, paz. Habíamos escuchado el dái anterior su hermosa explosión de alabanza al Padre por los sencillos – esos “cansados y agobiados” -  que acogen la palabra de la salvación, la revelación del Padre y del Hijo, mientras los “entendidos” se niegan a aceptarla.
La Palabra de Dios del domingo XVI del T. O., tanto la 1ª lectura como el evangelio se centran en la imagen del Padre y del Hijo como “pastores buenos”, que congregan y guían por los caminos de la vida verdadera a su rebaño. Ante los “pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas del rebaño” de Dios, éste declara: «Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulse´, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen». Para eso el Señor suscitará de su mismo pueblo “pastores que las pastoreen… y ninguna se perderá”.

Y así, “el vástago legítimo de David,  el Mesías, “reinará como rey prudente”; éste será el Verbo encarnado, Jesús de Nazaret, el que se presenta como Pastor de las “ovejas que están sin pastor”. Él es el Pastor “bello, idóneo, auténtico, definitivo”. El verdadero Pastor, “porque ha sido el único que expuso y depuso su vida por la grey”.

De Jesús, buen pastor, Marcos subraya en el pasaje evangélico de hoy una cualidad fundamental: la compasión. "El verbo griego splagchnízomai, que podemos traducir también por «conmoverse», subraya una implicación emotiva y sensible hacia la indigencia del otro. La compasión no es sólo un movimiento interior, nace de una mirada atenta y se convierte en respuesta generosa e inmediata a las expectativas y a las necesidades del prójimo".
Sobre este extraordinario icono de Jesús, pastor compasivo, ha de modelarse la fisonomía de cuantos ejercen un ministerio en la Iglesia. Lo recuerdo especialmenet en estos días en que damos gracias a Dios por los nuevos 'ministros' ordenados en varias dióecesis españolas. Pero la compasión hacia ‘las ovejas sin pastor’ ha de caracterizar a todo bautizado, que, resucitado a vida nueva, “lleva también él los estigmas de las preocupaciones sacerdotales de Cristo-Sacerdote, de su ansia apostólica” (P.  Endokimov).
Porque para quien vive en Cristo, el prójimo no puede ya ser considerado como un extraño ni ser tratado con indiferencia o fastidio. En efecto, cuando Jesus miraba a las personas, a la multidud, a la gente, descubría en ellas el rostro del Padre. Esto les daba la alegría de descubrir ellas mismas el propio rostro, y de sentirse así amadas por Dios en su singularidad.
"Y la vida reflorecía como por encanto. Ahora esta «primavera» continúa, debe continuar en la Iglesia, a través de cada uno de nosotros”.

El cántico de Ef 1, 3-14 nos dejaba la semana pasada con la referencia explícita a la presencia y actuación del Padre, del Hijo y del Espíritu. San Ambrosio el miércoles en el oficio de lectura concluía  sus palabras con esta hermosa síntesis trinitaria:
“Dios Padre te ha sellado, Cristo, el Señor, te ha confirmado y ha puesto en tu corazón, como prenda suya, el Espíritu”.

Este domingo XVI, la liturgia proclama de nuevo la lectura de la carta a los Efesios  (Ef 2, 13-18)  y esta carta nos acompañará  hasta la semana XXI del Tiempo ordinario. .

Pablo nos asegura que "ahora" estamos “en Cristo Jesús”. No sólo le pertenecemos, porque Él nos ha rescatado con su sangre y su carne, sino que ‘somos’ en Él, y “Él es nuestra paz”. Con su pasión y muerte, con su misterio pascual, Cristo “ha derribado” todo lo que nos separa del Padre y de los hermanos; nos ha hecho, en Cristo Jesús, “un solo hombre nuevo”.

Y así, todos podemos acercarnos, volver a nuestro origen fontal: “al Padre con un mismo Espíritu”.

R. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar.
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
Me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
 
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

jueves, 14 de junio de 2012

Solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo

Tomad, esto es mi cuerpo... Ésta es mi sangre, derramada por todos

Celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la perspectiva de la relación profunda entre la celebración del Corpus y el Jueves Santo.
Es verdad que vivimos las dos celebraciones con un tono distinto, casi en un diferente estado de ánimo; sin embargo, considerando un poco más profundamente la Palabra de Dios, que acompaña ambas celebraciones, y en particular la del Corpus, no parece que haya tanta diferencia.
El tema de la alianza entre Dios y el pueblo, entre Jesús y los suyos, todos nosotros, parece como la línea roja que acompaña toda la liturgia de la Palabra
El texto evangélico de Mc 14, 12-16. 22-26, propio de la celebración del Corpus, nos sitúa en la Cena de Pascua, la última Cena de Jesús con los Doce. Y en él encontramos las palabras clave del Misterio Pascual del Señor, de su entrega por todos nosotros: «Tomad, esto es mi cuerpo – Ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, derramada por todos».


Ésta es también el mensaje que transmiten las otras dos lecturas de la liturgia eucarística del Corpus:
  • la alianza del Sinaí es sellada con la sangre de los sacrificios de comunión, sangre en la que se unen indisolublemente el altar, Dios, y el pueblo. Son significativas las palabras con las que Moisés rocía al pueblo: «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos». Anticipan las palabras mismas de Jesús en la Cena de Pascua con los suyos;
  • la carta a los Hebreos de la 2ª lectura recuerda “la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha… que nos purifica y puede llevar "al culto del Dios vivo”.
Si la celebración del Corpus se caracteriza en particular por la procesión por las calles de los pueblos y las ciudades, y ésta es también importante para que el pueblo creyente pueda   confesar públicamente su fe en Cristo el Señor, aclamarle como Señor de la historia y del mundo, y casi arrojar ante Él sus coronas (cf Ap 4, 12), sus títulos y profesiones (recuerdo en particular la solemne procesión del Corpus de Toledo, en la que desfilaron desde el Arzobispo y los presbíteros hasta los monaguillos, los niños de 1ª Comunión, los profesores universitarios y catedráticos, los investigadores, el ejército, la guardia civil…, sin olvidar las Cofradías con sus respectivos estandartes): todos quieren honrar a Jesús Sacramentado por las calles de la ciudad.


Todo esto es también la celebración del Corpus, y, mientras se pueda, hay que cuidarlo. Lo pide también el Ritual de la comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa: «Entre las procesiones eucarísticas tiene especial importancia y significación en la vida pastoral de la parroquia o de la ciudad la que suele celebrarse todos los años en la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, o en algún otro día oportuno, cercano a esta solemnidad. Conviene, pues, donde las circunstancias actuales lo permitan y verdaderamente pueda ser signo colectivo de fe y de adoración, que se conserve esta procesión, de acuerdo con las normas del derecho» (RCCE n. 102).
Sin embargo, la liturgia nos indica que también en la solemnidad del Corpus es su momento central y primario la Santa Misa, como acto culminante: en la Iglesia Catedral o en la última parroquia de las Diócesis. Así lo vivimos en nuestras comunidades eclesiales, en línea con el espíritu del Concilio Vaticano II.
Y así, tanto las procesiones eucarísticas, como en los Congresos eucarísticos, el mismo RCCE recuerda la relación especial con la celebración de la Cena del Señor, del Sacrificio eucarístico: «Conviene que la procesión con el santísimo Sacramento se celebre a continuación de la Misa, en la que se consagre la hostia que se ha de llevar en la procesión” (RCCE n. 103).

Y con relación a los Congresos eucarísticos – justamente en esta semana se celebra el 50º Congreso Eucarístico Internacional en Dublín –,  entre los “criterios para organizar un congreso eucarístico”, se recuerda como primero: «La celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el centro y la culminación a la que se  dirijan todos los proyectos y los diversos ejercicios de piedad» (RCCE, n. 112ª).
Me gusta recordar que la adoración eucarística es “mistagogia de la Celebración”; pues este calificativo indica tambien el significado de estas otras ‘formas de culto a la Eucaristía’.
 Se trata de actos que prolongan y extienden en el tiempo yen los lugares “el culto eucarístico” en el que celebramos la actualización memorial de la Pascua del Señor, el Sacrificio eucarístico.



Me permito concluir con unas palabras tomadas de Mons. A. Rodríguez, obispo de Guadalajara, por su contenido actual y profundamente evangélico:


La celebración de la Solemnidad del Corpus Christi me ha permitido vivir dos aspectos de la vida cristiana que deben caminar íntimamente unidos. Por una parte, he experimentado una vez más el gozo de la presencia real y permanente de Cristo resucitado bajo las especies del pan y del vino en la celebración eucarística.

Profundo e incomprensible misterio del amor de Dios que, a pesar de los desprecios y olvidos, no cesa de ofrecernos a su Hijo mediante la acción santificadora del Espíritu Santo, para que todos podamos participar de la vida divina que, por ser vida de Dios, es eterna.

En la posterior procesión, prolongación de la celebración eucarística, he pedido al Señor que derramase sus bendiciones y colmase de sus dones a quienes lo confiesan como Señor de la Historia y a quienes viven y actúan como si Dios no existiese. Para unos y para otros el Señor hace salir cada día el sol y derrama la lluvia de su gracia.

Pero, por otra parte, he pensado y he orado insistentemente por los miles de hombres y mujeres, que cada día procesionan a las oficinas del INEM, con la tristeza en el rostro, esperando encontrar un puesto de trabajo. Así mismo he pedido al Señor por quienes se acercan a las oficinas de Caritas o a otros centros de la Iglesia, confiando hallar acogida cordial, comprensión para sus problemas y la ayuda necesaria para poder comer o para superar su soledad y abatimiento. (…)

Solo, si somos capaces de reconocer la presencia de Cristo en el rostro sufriente y abatido de nuestros hermanos, podremos trabajar en comunión con ellos para buscar el bien común en vez de defender con tanto ahínco los derechos individuales, olvidando con frecuencia los derechos de que quienes no tienen capacidad para defenderlos. Que el Señor nos ilumine a todos con la claridad de su luz.





martes, 15 de mayo de 2012

Yo soy la Vid, vosotros los sarmientos


San Isidro, labrador

A partir del jueves de  la Cuarta semana de Pascua, los textos evangélicos de la liturgia eucarística están tomados de los discursos de la Cena recogidos por el evangelista Juan en los capítulos 13-17.
Las palabras que le escuchábamos a Jesús, la víspera de su Pasión, palabras que la Iglesia nos invitaba sobre todo a meditar y contemplar en la noche del Jueves santo, en la Hora santa comunitaria, o en los momentos dedicados a la oración personal, esas mismas palabras las escuchamos en estas semanas de Pascua, como de labios del Maestro Resucitado, que nos confirman en la fe, nos alientan en el camino hacia Pentecostés, en la invocación y espera del Espíritu santificador y vivificante.
Parece como si la Iglesia nos invitase a “ahondar” en Cristo, en su Corazón, para sentir de manera nueva el amor del Padre, y convertirnos en mensajeros de ese mismo amor entre los hermanos, haciendo realidad el “mandamiento nuevo”: “… si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros”.

Hoy, en la memoria de san Isidro labrador, la liturgia nos ofrece de nuevo el texto entrañable de la Vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8), en la parábola que se ha proclamado en la Eucaristía dominical del V domingo de Pascua y el miércoles de la misma semana.
La liturgia de la Palabra y la eucología propias de san Isidro, inspiradas ciertamente por la biografía del Santo patrono de los ‘agricultores españoles’, nos hablan del ‘labrador que aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía’, de la tierra que ‘san Isidro labrador cultivó regándola con el sudor de su frente’, y sobre todo de  la ‘siembra prometedora de cosecha abundante de caridad', tan copiosa en la vida del Santo campesino, que supo realmente ‘compartir cada día el pan con sus hermanos los hombres’.

En este día, que vivo cada año con gratitud nueva, como hija de campesinos, y recordando en particular también mi primera Comunión, en este año que tantos agricultores viven con preocupación por el futuro suyo, de sus hijos y nietos, quiero rezar con la fe de la Iglesia la oración colecta, especialmente significativa y alentadora:

Señor Dios nuestro,
que en la humildad y sencillez de san Isidro labrador,
nos dejaste un ejemplo de vida escondida en ti, con Cristo;
concédenos que el trabajo de cada día humanice nuestro mundo
y sea al mismo tiempo plegaria de alabanza a tu nombre.



Me gusta trascribir el comentario del hermano Michael Davide a la liturgia precisamente del miércoles de la V semana de Pascua, cuyo texto evangélico coincide con el de la fiesta de san Isidro.

«Tu nombre es Viña, ¡aleluya!
El Señor Jesús habla de sí mismo como de la “viña verdadera”, y él es viña verdadera en la que todos los discípulos están llamados a dar fruto como sarmientos fecundos que, para ser tales, tienen que aceptar ser curados no sólo sino también podados y limpiados.

En la 1ª lectura, los Hechos nos recuerdan uno de los momentos más delicados de toda la historia de la Iglesia, cuando el problema de la circuncisión exige una toma de posición no fácil y que requiere poner en primer plano la fecundidad de la viña, no ligada ya al signo puesto en la carne sino a la circuncisión del corazón, tal como habían ya anunciado repetidas veces los profetas de Israel. Intuir, comprender y asumir que algunos signos – el de la circuncisión es ciertamente el más fuerte todavía hoy en la tradición hebrea y no solo – ya no son adecuados e incluso pueden ser, si no de impedimento, por lo menos aflojar en el camino de la fe, no es ni fácil ni supuesta. 
Lo mismo, para la vid y el sarmiento, cargar con  la responsabilidad de la mutua pertenencia no es siempre evidente.

Para el sarmiento, permanecer insertado en la vid es cuestión de vida y de muerte y el Señor Jesús, comparándonos con la vid, nos quiere decir que él quiere no sólo darnos la vida, sino dárnosla en abundancia. Por eso, se hace urgente, por nuestra parte personalmente y todos juntos, comprender cuánto sea «necesario» (Hch 15,5) no «cortar», sino «morar», de forma que se reciba la savia vital para poder, a nuestra vez, dar la vida a través de los frutos de una vita que se entrega.

La invitación es apremiante, precisamente porque es una cuestión de vida o de muerte: «Permaneced en mí y yo en vosotros» (15,4). En este verbo hay una noción de fidelidad y de fecundidad, y es precisamente en este «permanecer» que la circuncisión, signo para los padres de la alianza con Dios en la carne, se hace signo mucho más eficaz de la alianza de Dios con todo el que acepte dejarlo entrar y actuar en la propia vida, hasta cuando «corta» y sobre todo cuando «poda» (15,2).



Permanecer es una opción, y es una opción exigente y purificante, porque nos libera de la ilusión y de la sugestión de una autonomía y nos recoloca en un dinamismo y en un camino de profunda y verdadera comunión: en realidad ya no está solo la vid, ya no están solo los sarmientos, está también la viña que juntos estamos llamados a formar.
La mirada a una viña en pleno otoño no puede no ser entusiasmante, pero puedo así y todo arriesgar ser estetizante: lo que se contempla tan maravilloso evoca el trabajo de la vendimia y el largo tiempo de transformación de los racimos en buen vino.

Cada vez que nos acercamos a la Eucaristía, la savia divina corre en nuestra vida y la hace siempre más vinculada a la vida misma de Cristo, sin la cual somos como sarmientos muertos o resecos que hacen incluso muy poca llama, y por esto no sirven ni siquiera para calentar.
Un padre de la iglesia exulta ante los nuevos bautizados y exclama: «Cristo, que es la viña divina, ha germinado desde el sepulcro y ha producido el fruto de nuevos bautizados, como tantos racimos de uva en su iglesia» (Asterio el Sofista, homilías 14,1).








Permanezcamos vinculados íntimamente a Cristo, permanezcamos serenamente en comunión los unos con los otros, y así el vino no faltará para nadie… ¡nunca!

domingo, 29 de abril de 2012

Eucaristía: actualización de nuestra Redención


Domingo IV de Pascua - Domingo del "Buen Pastor"
Hemos llegado a mitad del camino de la Cincuentena Pascual. Después de haber contemplado al Señor Resucitado  en sus apariciones a los discípulos, escuchamos hoy, en el “domingo del Buen Pastor”, la definición de Jesús: "Yo soy el buen Pastor", el Pastor bueno, hermoso, que da la vida por las ovejas”, el Pastor que conoce sus ovejas, igual que el Padre le conoce a él.
Éste es el domingo en el que la Iglesia entera reza en particular "por las vocaciones".
El Santo Padre Benedicto XVI escribe en el Mensaje para esta Jornada Mundial de oración por las vocaciones: “En todo momento, en el origen de la llamada divina está la iniciativa del amor infinito de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo (…) Tenemos que abrir nuestra vida a este amor, cada día Jesucristo nos llama a la perfección del amor del Padre. La grandeza de la vida cristiana consiste en efecto en amar “como” lo hace Dios. En este terreno oblativo, en la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones. Sobre todo que la Eucaristía sea el centro “vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir la «gran medida» del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino”.


Subrayo la expresión en la que el Papa pide que «la Eucaristía sea el centro “vital” de todo camino vocacional», porque es en la Eucaristía “donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo”.
En la eucología de este domingo encuentro sobre todo la oración sobre las ofrendas que resalta la importancia y actualización del sacrificio de Cristo en el Memorial eucarístico, una oración que la liturgia nos ha ofrecido y ofrecerá también en varias ferias  de esta Cincuentena Pascual que estamos viviendo:
“Concédenos, Señor,
que la celebración de estos misterios pascuales
nos llene de alegría
y que la actualización repetida de nuestra redención
sea para nosotros fuente de gozo incesante”

Me agrada transcribir el comentario a esta misma oración que hacía nuestro Pastor, Don Braulio, en el escrito semanal que en el “Padre nuestro” dirigía la semana pasada a los cristianos de Toledo.

«Quiero fijar mi atención en la frase «actuación repetida de nuestra redención» contenida en esa bella  oración del domingo del Buen Pastor. Se está hablando, sin duda, de la Eucaristía, en concreto de ese momento de la celebración en que el sacerdote se dispone a empezar la oración eucarística. Significa que la alegría que difundió en su momento histórico la resurrección de Cristo, como victoria sobre la muerte, ahora tiene su «lugar» de actuación en la Eucaristía. Y es que la Eucaristía podemos decir que es el Misterio Pascual en acción. De ahí su importancia vital para el cristiano.
En realidad con la Eucaristía se juegan muchas cosas en la Iglesia. Estoy convencido de que cualquier cristiano que haya experimentado el encuentro con Cristo resucitado comprende en seguida la importancia de la Misa dominical. La Eucaristía es la fiesta de los de casa en el domingo. No podemos invitar a la misa a quien no conoce a Jesús, ni ha oído, ni sabe que ha resucitado. Es empezar la casa por el tejado. Es preciso que los bautizados comprendan al menos el valor de la Eucaristía dominical, que «es el Cristo crucificado y glorificado quien pasa en medio de sus discípulos para llevárselos juntos hacia la renovación de su resurrección», como decía Pablo VI en una conocida exhortación apostólica sobre la alegría cristiana (Gaudete in Domino, 77).
Sin duda que es preciso insistir oportuna e inoportunamente sobre la fidelidad de los bautizados a la celebración festiva y gozosa de la Eucaristía, porque las cosas esenciales las olvidamos pronto o la debilidad nos impide persistir en los buenos propósitos, pero poco conseguiremos si en la formación en la fe, en la Iniciación Cristiana en general, no mostramos cuál es el significado profundo de la Eucaristía y su celebración: encuentro en la comunidad de la Iglesia con Cristo resucitado, que da alegría a nuestra vida. Para alcanzar esta persuasión hay que echar mano de muchos recursos y tener hoy la comunidad cristiana de los Hechos de los Apóstoles lo que tenía las comunidades primeras. Aquel asombro de poder celebrar la Eucarístía, haciendo memoria del Misterio Pascual de Cristo, que vuelve cada vez que nos reunimos según nos mandó, sobre todo el domingo… ».



           

martes, 10 de abril de 2012

Resucitó de veras mi Amor y mi Esperanza

"Anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro..."


Aparición de Jesús a Maria Magdalena (Jn 20,11-18)
 Entre las apariciones del Señor resucitado, ésta me atrae de manera muy especial.
     En la Pascua del 2011 en Roma escuchaba el comentario de la narración de Juan 20, 11-18 de labios del prof. J.-L. Ska, sj. La recordé este año y la sigo meditando.
               "Las mujeres realizan un rol esencial en los relatos de la resurrección. Nuestra fe en la resurrección de Jesucristo depende y gira en torno al testimonio, y sólo al testimonio de las mujeres. Son ellas las que asistieron a la crucifixión, a la sepultura y que descubren la tumba vacía el primer día de la semana. Sólo las mujeres pueden certificar que el cuerpo que estaba en la cruz ha sido sepultado en el sepulcro que descubren vacío la mañana de Pascua.

El evangelio de Juan dice lo mismo, obviamente, pero pone en escena una sola mujer, María, la Magdalena.

El relato inicia con el llanto de María Magdalena ante la tumba vacía. Ve dos ángeles, pero esta visión no la consuela. La conversación con los dos ángeles tiene como finalidad única hacer comprender el motivo del dolor inconsolable de María Magdalena: no encuentra más a su Señor.

La narración, con gran precisión, nos dice que María Magdalena se vuelve, mira detrás de ella, y  ve a alguien, pero no lo conoce. El narrador – el evangelista – nos revela, a nosotros lectores, que se trata de Jesús resucitado. Nos preguntamos inmediatamente si, cuándo y cómo María Magdalena reconocerá a Jesús.

Es esencial representarse bien la escena. Al principio, María Magdalena se encuentra ante la tumba vacía. El texto dice incluso que se asoma al sepulcro, se inclinó hacia el sepulcro. Se podría también traducir: “Se inclinó con la cabeza dentro del sepulcro”.
Lo importante es que se asoma al sepulcro. Jesús, cuando aparece, se encuentra detrás de María, no en la tumba. Para verlo, tiene, pues, que girar la cabeza y es lo que describe el v. 14: "da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabái que era Jesús".

Sigue la conversación entre Jesús y la Magdalena que piensa que está hablando con el jardinero.
Jesús le hace la pregunta que le habían hecho ya los ángeles: “¿Por qué lloras?" Añade sólo: “¿A quién buscas?” María Magdalena responde a Jesús sustancialmente lo que había constestado a los ángeles, pero con alguna diferencia: “Señor, si lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo iré a recogerlo” (20, 15). Esta vez expresa su voluntad de ir a “recoger” a su Señor.
Hay una cierta progresión entre la conversación entre la Magdalena y los ángeles por una parte, y la de la Magdalena con el Resucitado por la otra. María Magdalena está más decidida a reencontrar a su Señor.

Pero hay otra diferencia a destacar entre las primeras dos partes del relato. La posición de María Magdalena ha cambiado. Al principio, está frente al sepulcro, y hasta con la cabeza dentro. Cuando habla con Jesús, se vuelve y mira, no ya la tumba, sino hacia atrás donde se encuentra Jesús.

En el tercer momento de la narración, Jesús se da a conocer cuando dice: “María”.
Basta llamarla por nombre y ella reconoce a Jesús. En este momento, se vuelve completamente hacia Jesús y confiesa su fe: “Ella, se dio la vuelta y le dijo” (en hebreo): “’¡Rabbuní!’ que significa ‘¡Maestro!’” (20,16).
Es necesario de nuevo visualizar la escena. María, ahora, gira completamente las espaldas al sepulcro y se encuentra cara a cara con Jesús. Así, y solamente así, puede reconocerlo y confesar su fe en el Resucitado.


En otras palabras, para reconocer al Resucitado, es necesario dar la espalda al sepulcro vacío. Jesús no está en la tumba. Está en el camino delante del sepulcro. Jesús después le dice a María que vaya a anunciar la resurrección a los discípulos. María se convierte en la primera anunciadora de la resurrección, la primera misionera de la Pascua en el evangelio de Juan.

La tumba, en esta narración, no es un punto final. Se convierte en el punto de salida de un camino de evangelización, de anuncio de la buena noticia de la resurrección. La narración, en conclusión, muestra cuál es – concretamente – el camino de conversión.
Quien quiera encontrar al Resucitado, está llamado a dar la espalda al sepulcro, y a ver en cambio en el sepulcro vacío no un punto de llegada sino un punto de partida. Jesús obliga a María Magdalena a darse la vuelta y a ponerse en camino hacia los “hermanos”. Jesús está allí, no en el sepulcro vacío, está en el camino que conduce a los 'hermanos'". 

La escena de la aparición de Jesús a María Magdalena se presta a la evocación del Cantar de los Cantares. Como María busca a su Maestro, también la Amada del Cantar, . "... busqué el Amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré, recorrí la ciudad, las calles y las plazas, buscando al Amor de mi alma..." (Ct 3,2).
Cuando María Magdalenave a Jesús, no lo reconoce, pero al oír que el Maestro la llama por su nombre, ella se arroja a sus pies y quiere abrazarlos con fuerza. Lo mismo la esposa del Cantar: "Cuando a pocos pasos me encontré con el Amor de mi alma, lo abracé y no lo soltaré..." (v. 4).
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Por él, los hijos de la luz
amanecen a la vida eterna,
los creyentes atraviesan los umbrales
del reino de los cielos;
porque en la muerte de Cristo
nuestra muerte ha sido vencida
y en su resurrección
hemos resucitado todos.
Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales,
los ángeles y los arcnageles,
cantan sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...                 
(prefacio pascual II)






martes, 3 de abril de 2012

CRISTO POR NOSOTROS SE SOMETIÓ INCLUSO A LA MUERTE

SE ACERCAN YA LOS DÍAS SANTOS...
Lectura del libro de Isaías
"Mi Señor me ha dado lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído.
Y yo no me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro a ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes, por eso endurecí mi rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado".
(Is 50, 4-7)
Con la lectura del tercer cántico del Siervo del Señor nos introduce la Liturgia de este domingo de Ramos en la Pasión del Señor.
La tradición de la Iglesia ha visto en los cuatro cánticos del Siervo, presentados en el Segundo Isaías (Is 42, 1-8); 49,1-6); 50,4-9); 52, 13—53,12) una figura de Cristo Jesús. Aunque inicialmente se refirieran posiblemente a otros personajes, o al mismo pueblo de Israel, “pronto se les dio un sentido mesiánico, y de ellos se sirvieron los autores del Nuevo Testamento para entender mejor la figura de Jesús”.

El Siervo y, en comunión con Él, la Iglesia, cada cristiano recibe ‘lengua de iniciado’ que le capacita, nos habilita a transmitir a los demás, sobre todo al abatido, a todo el que sufre en el cuerpo o en el espíritu, ‘una palabra de aliento’, de consuelo, de vida.
Es Jesús, el Siervo por excelencia, quien nos ofrece la palabra que es vida, que es salvación y  redención. Y lo hace no sólo con las palabas, sino con la vida, con la entrega de su Cuerpo, de su Sangre, de todo su ser en obediencia al Padre, por nosotros y por nuestra salvación.
Para poder decir esta ‘palabra viva y eficaz’, Jesús, el maestro, el Hijo amado, se ha dejado abrir el oído (sal 40, 7), ‘formar un cuerpo’ (Hb 10,5c), para escuchar lo que está 'en el libro' y poder responder a la voluntad del Padre – el que quiso ‘que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a (su) voluntad’ – y poder así responder: “Aquí vengo para hacer tu voluntad”.

Siguiendo sus huellas, yo también recibo ‘lengua de discípulo’, ‘oído para que escuche como los discípulos’.
El oído de discípula, que cada día escucha la Palabra de salvación, que escucha la palabra del hermano, de la hermana, me habilita para poder decir, en oración de intercesión, en la oración litúrgica y en la vida cotidiana la palabra ‘viva y eficaz’.

Oído de discípula, lengua de apóstol: eso deseo y pido para toda la madre Iglesia, para nuestros Pastores, para todo cristiano, para mí: será la manera más fecunda de vivir la Semana Santa. En comunión con el Maestro Jesús y con los hermanos.


“Santa por excelencia es la semana consagrada a la celebración anual de la Pascua del Señor. Grande, la semana en la que los cristianos hacen memoria solemne del misterio central de la fe y de la vida de la Iglesia: Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo entero.  Semana santa y grande hacia la que asciende la Cuaresma de penitencia y conversión”.
Hemos entrado en ella en procesión, con los ramos en la mano, aclamando a Cristo, rey del universo, que ha vencido el pecado y la muerte. Pero, al otro lado de este pórtico triunfal, comienza el arduo camino de la cruz, que se recorre siguiendo los pasos del Siervo de Dios que no ha quedado defraudado. Es el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.
Semana santa, semana santificadora, en la que nos dejamos guiar por la liturgia, prolongada en la meditación y adoración personales, a las que invitan unos textos y unos ritos de una riqueza de contenido y una densidad espiritual inagotables”.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

Porque se acercan ya los días santos
de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa;
en ellos celebramos su triunfo
sobre el poder de nuestro enemigo
y renovamos el misterio de nuestra redención.

Por eso, los ángeles te cantan con júbilo eterno
y nosotros nos unimos a sus voces
cantando humildemnete tu alabanza:

Santo, Santo, Santo...