miércoles, 20 de mayo de 2015

TIEMPO PASCUAL: “ESTÁ CON NOSOTROS EL SEÑOR DE LA VIDA”

En el Tiempo Pascual celebramos la Pascua del Señor, recordando todo su Misterio pascual, que es misterio de muerte, resurrección, glorificación a la derecha del Padre y envío del Espíritu Santo.

Es cumbre y fundamento de todo el año litúrgico, a pesar de que quizás en la pastoral no siempre aparezca así. Es posible que llame más la atención el tiempo de Cuaresma que la Cincuentena pascual… Las primeras Comuniones, Confirmaciones, la pastoral de enfermos, las comunicaciones sociales, la Acción Católica, etc., con matices y enfoques diferentes captan mucho la atención. Y es comprensible. Sin embargo, en realidad, la liturgia del Tiempo pascual nos ofrece la posibilidad de descubrir y contemplar, a niveles diferentes y desde distintos puntos de vista, la inagotable riqueza y las innumerables implicaciones del Misterio central de la fe cristiana, con el fin de integrarlo progresivamente y de manera cada vez más plena en la vida cotidiana.

Una de las oraciones con las que oramos repetidas veces en este tiempo pascual dice:

«Concédenos, Señor,
que la celebración de estos misterios pascuales
nos llene siempre de alegría,
y que la actualización repetida de nuestra redención
sea para nosotros fuente de gozo incesante».

Con palabras sencillas se afirma el gran Misterio de la actualización sacramental de la obra de la redención humana, que ha acontecido por medio del misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor Jesucristo.  La “actualización repetida de nuestra redención” es fuente de alegría, “fuente de gozo incesante”, de “alegría desbordante”  para toda la Iglesia, para cada uno de los que participamos en la celebración litúrgica. Alegría y júbilo pascual que sostiene la esperanza de la vida cotidiana, porque se apoya en Cristo Jesús, vencedor de la muerte y del pecado.

Cristo, el Señor Resucitado, que es también nuestro “Resucitador”, causa y garante de nuestra firme esperanza, de “la alegría de sabernos salvados”, como rezamos en la colecta del martes de la IV semana.  

Me está sorprendiendo muy gratamente este año en la eucología de la Cincuentena pascual, la referencia casi constante a una “vida en plenitud”, como fruto de la resurrección del Señor.

Cito sólo tres oraciones:
Dios todopoderoso y eterno,                                 
concédenos vivir siempre en plenitud
el misterio pascual,
para que, renacidos en el Bautismo,
demos fruto abundante de vida cristiana
y alcancemos, finalmente, las alegrías eternas.
(oración colecta del sábado de la cuarta semana).
           
Y la oración del viernes de la quinta semana:
Daños, Señor, una plena vivencia del misterio pascual,
para que la alegría que experimentamos en estas fiestas
sea siempre nuestra fortaleza y nuestra salvación.

La oración colecta del sábado de la sexta semana de Pascua:
Mueve, Señor, nuestros corazones
para que fructifiquemos en buenas obras y,
al tender siempre hacia lo mejor,
concédenos vivir plenamente el misterio pascual.


Será el Espíritu Santo el que nos colme de esta alegría, de la “vida en plenitud”, Él, que es fuente inagotable de esa alegría y de esa vida. Por eso, toda la eucología de la séptima semana de Pascua, que prepara inmediatamente a Pentecostés, cumplimiento y plenitud del Misterio pascual, invoca intensamente la venida, la efusión de ese mismo Espíritu.   

El prefacio para después de la Ascensión, “en la espera de la venida del Espíritu Santo”, así se expresa:

En verdad es justo y necesario
que todas las criaturas se unan en tu alabanza,
Dios todopoderoso y eterno,
por Jesucristo, tu Hijo,
Señor del universo.

El cual,
habiendo entrado una vez para siempre
en el santuario del cielo,
ahora intercede por nosotros,
como mediador que asegura
la perenne efusión del Espíritu.

Pastor y obispo de nuestras almas,
nos invita a la plegaria unánime,
a ejemplo de María y los Apóstoles,
en la espera de un nuevo Pentecostés


En comunión con toda la Iglesia, invocamos confiados esta venida del Espíritu, que derrame copiosamente sobre toda la humanidad “el amor de Dios”, en un “nuevo Pentecostés”.

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
Don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén. ¡Aleluya!

domingo, 12 de abril de 2015

PASCUA Y EUCARISTÍA

Llevamos unas semanas en las que la liturgia de la Iglesia nos acompaña con textos, palabras, ritos que expresan la realidad profunda del Misterio Pascual en su relación “Pascua-Eucaristía”.

En la II semana de Pascua, los días viernes y sábado, el texto bíblico del Oficio de lectura nos hacía orar contemplando la visión de la proskýnesis, la adoración en la Jerusalén celestial (Ap 4, 1-11).

“En el cielo había un trono y uno sentado en el trono. Alrededor del trono había unos veinticuatro tronos, y sentados en ellos veinticuatro ancianos con ropajes blancos y coronas de oro en la cabeza. En el centro, alrededor del trono, había cuatro seres vivientes. Día y noche cantan sin pausa: «Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo lo que era y es y viene».

Y cada vez que los cuatro seres vivientes dan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adorando al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas ante el trono diciendo:
«Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo, porque por tu voluntad lo que no existía fue creado”.
       
  El sábado, en el cap. 5 también aparece la adoración del Cordero, que está “en pie, pero se notaba que lo habían degollado”, Jesucristo en su Misterio pascual de muerte y resurrección.

Cuando el Cordero tomó el ‘libro’, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de perfume – son las oraciones de los santos -. Y entonaron un cántico nuevo:
«Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra»”.

Prosigue el vidente de Patmos: “En la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente:
«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza»”.

Alabanza, adoración universal, cósmica: cielo, tierra, mar y todo lo que hay en ellos: “Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar – todo lo que hay en ellos – que decían:
«Al que se sienta en el trono y al cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos».
Y los cuatro vivientes respondían:
«Amén».
Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje”.


Jerusalén del cielo · Fra Angélico

No se trata aquí de la “adoración eucarística”, porque en el cielo, en la Jerusalén celestial ya no habrá “sacramentos”, “signos sensibles” de la presencia real del Señor Jesús en la Eucaristía, en la liturgia. A la ‘sacramentalidad’ de la liturgia de la tierra, sucede la plena realidad de lo que aquí contemplamos bajo el velo de los “signos”. El Catecismo de la Iglesia Católica, recordando el n. 8 de la Sacrosanctum Concilium,  dice: «Los que desde ahora la celebran – la liturgia – participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo» (n. 1136).

Los textos citados del Apocalipsis, junto con otros, como Ap 4, 8-11; 5, 13 ciertamente expresan el más profundo sentido de toda auténtica “adoración” de Dios, de Jesucristo, de la Trinidad santa. El canto de los santos y de los ángeles, al que se une la tierra entera con “todo lo que hay en ella”, celebra la suprema trascendencia del Dios uno y trino, que adoramos.

En el corazón de la Eucaristía con el canto del ‘Sanctus’ la Iglesia se asocia a la alabanza y adoración de los coros angélicos y de todos los redimidos. Comentaba Schökel: “El atributo “Santo” dice la trascendencia absoluta de Dios, fascinadora y terrible para el hombre, atrayente y abrasadora”.

Ante las maravillas de Dios – las recordamos en particular en el prefacio de la Misa – ante la esencia misma de la divinidad, la Iglesia no puede sino adorar y alabar, emulando la acción y actitud de la Jerusalén del cielo.J. A. Jungmann, haciendo alusión explícita al “triple Sanctus” que en el Apocalipsis es cantado “día y noche” “al que se sienta en el trono y al Cordero”, escribe: “La oración de acción de gracias – prefacio – pasa  a la adoración que, con la introducción del Sanctus ha encontrado su punto saliente, su ápice”. Porque efectivamente con el ‘Sanctus’ en el corazón de la Plegaria eucarística la asamblea litúrgica se une, nos unimos a la adoración y alabanza de los bienaventurados, descritas con tanta riqueza y armonía de voces, música, elementos, actitudes,  en el Apocalipsis.

El Oficio de lectura de esta semana III de Pascua, y pasando a las lecturas patrísticas, el Domingo nos encontramos con la importante Apología 66-67 de san Justino, mártir que describe la celebración de la Eucaristía dominical en el siglo II. Y el jueves, san Ireneo, obispo de Lyon, comenta, con un profundo realismo,  la realidad de “La Eucaristía, arras de la resurrección”.

Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la Eucaristía es participación de su Sangre, ni el pan que partimos es participación de su Cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de toda la substancia humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su Sangre.


Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así las criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después, cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la Eucaristía, es decir, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta Eucaristía y depositados en tierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre. Él es quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad”.



En la Celebración eucarística toda esta semana III de PASCUA, excepto el sábado que celebraremos a San Marcos Evangelista con lecturas propias, cada día se ha proclamado el Discurso de Jesús en Cafarnaúm sobre el “Pan de la vida”, el “Pan vivo bajado del cielo”, el Pan de Dios que baja del cielo y da vida al mundo” (Jn 6). La proclamación de este discurso ya nos acompañó a finales de la pasada semana.

Todavía una cita, que justifica el título escogido, y que tomo prestada de la “Hoja parroquial del Domingo III de Pascua”:
“El valor y la fuerza de la Eucaristía nos viene del Resucitado que continúa ofreciéndonos su vida, entregada ya por nosotros en la cruz.
De ahí que la Eucaristía debiera ser para los creyentes principio de vida e impulso de un estilo nuevo de resucitados. Y si no es así, deberemos preguntarnos  si no estamos traicionándola con nuestra mediocridad de vida cristiana.

Las comunidades cristianas debemos hacer un esfuerzo serio para revitalizar la Eucaristía dominical. No se puede vivir plenamente la adhesión a Jesús Resucitado, sin reunirnos el día del Señor a celebrar la Eucaristía, unidos a toda la comunidad creyente. Un creyente no puede vivir «sin el Domingo». Una comunidad no puede crecer sin alimentarse de la Cena del Señor. Necesitamos comulgar con Cristo resucitado, pues estamos todavía lejos de identificarnos con su estilo nuevo de vida.

Y desde Cristo, necesitamos realizar la comunión entre nosotros… ‘Partir el Pan’ no es sólo una celebración cultual, sino un estilo de vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa y amor. «Comulgamos» con Cristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños de los suyos”.



domingo, 29 de marzo de 2015

LA EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO: IMPLICACIONES CELEBRATIVAS, TEOLÓGICAS Y PASTORALES (I)

1.     Introducción

         Si en los años posteriores al Vaticano II se vivió en la Iglesia una penosa “desafección” al culto a la Eucaristía fuera de la Misa, en este último período se está promocionando ampliamente, con el ferviente apoyo de los Papas y demás pastores la Iglesia. Son muchas las parroquias que los jueves, antes o después de la Celebración eucarística, exponen el Santísimo Sacramento y cada vez más fieles participan en la oración silenciosa ante la Eucaristía. En las diócesis, con el apoyo o tal vez por iniciativa de los mismos Obispos, aumentan las capillas, parroquias en las que se organiza la adoración perpetua.

En la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (EG) el Papa Francisco hace una referencia explícita al tema: «La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía» (EG n. 262). También san Juan Pablo II, en la carta apostólica Mane nobiscum, Domine, con la que convocaba el ‘Año eucarístico’, expresaba así sus expectativas para la Iglesia de todo un año de oración y reflexión en torno al Misterio eucarístico: “Aunque el fruto de este Año fuera solamente avivar en todas las comunidades cristianas la celebración de la Misa dominical e incrementar la adoración eucarística fuera de la Misa, este Año de gracia habría conseguido un resultado significativo” (MND, n. 29).
Otro fuerte estímulo para el incremento de la adoración eucarística han sido las vigilias de adoración de las Jornadas Mundiales de la Juventud. No podemos olvidar, entre otras, la vigilia en Cuatro Vientos en agosto de 2011, con la fuerte tormenta de lluvia y viento que no impidieron que miles de jóvenes hincaran sus rodillas para adorar a Jesucristo el Señor, presente en la custodia colocada sobre el altar. A ello animó ciertamente el ejemplo de devoción serena del mismo santo Padre emérito Benedicto XVI.
Lo mismo hay que decir de la Vigilia prolongada de oración-adoración, en septiembre de 2013, en la misma plaza de san Pedro en el Vaticano, pidiendo por la paz en Siria, convocados por el Papa Francisco.
Es verdad que, junto con el desarrollo de las horas de adoración en muchos lugares, en algunos casos, uno tiene la impresión, que se expresa con el máximo respeto, de que no se ha leído el Ritual de la sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, y menos aún se ha asimilado la rica doctrina y teología eucarística y espiritual que contiene la Instrucción “Eucharisticum Mysterium” (EM). 
Son documentos que reflejan la conciencia de la Iglesia sobre el tesoro que le ha sido confiado, y el modo en que podemos acercarnos a tan admirable Sacramento. Se puede y se debe adorar a Jesucristo el Señor presente en el Sagrario. Creemos con fe viva que él está real y sustancialmente presente en la Eucaristía, y le adoramos con fe profunda.

Entre las distintas formas de culto a la Eucaristía fuera de la Misa, queremos detenernos en la Exposición del Santísimo. La Exposición del Santísimo tiene fin y objetivo peculiares. Los veremos explicitados en los textos del Ritual y pasaremos a comentarlos brevemente a continuación.

2.     El Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II nos ha ofrecido, además del Misal Romano (el libro de altar y los leccionarios) y de los Rituales de los Sacramentos, el Ritual que regula lo relativo a la sagrada comunión y al culto a la Eucaristía fuera de la Misa (RSCCE).
Como es bien sabido, todos los libros litúrgicos promulgados desde la reforma promovida por el Concilio Vaticano II hacen preceder al desarrollo ritual – a las rúbricas – los «Prenotandos» u «Observaciones previas» para que «a través de los ritos y oraciones, todos podamos comprender bien la liturgia, el Misterio que celebramos.
El Decreto de promulgación de este Ritual parte con la afirmación de un principio fundamental, que es como el «pilar» que explica las relaciones entre la celebración eucarística y el culto fuera de la Misa: «La celebración de la Eucaristía en el sacrificio de la Misa es realmente el origen y el fin del culto que se le tributa fuera de la Misa».
Después de las Observaciones generales previas, que subrayan algunos principios sobre la «relación entre el culto eucarístico fuera de la Misa y la Celebración de la Eucaristía», el Ritual, en los capítulos I y II, habla de la «sagrada Comunión fuera de la Misa y la Comunión y el Viático llevados a los enfermos por un ministro extraordinario».  
En el capítulo III se trata sobre las «Varias formas de culto a la sagrada Eucaristía». Expone  ampliamente el tema de la primera forma de culto: «la exposición de la sagrada Eucaristía». Seguidamente presenta de forma más breve, «las procesiones» y «los congresos eucarísticos». Todo el capítulo se  caracteriza especialmente por la insistencia sobre el significado de las diferentes formas de culto, destacando de manera particular su dimensión teológico-pastoral, casi mistagógica, que va introduciendo en la comprensión de los diversos ritos, a través de los signos sensibles, lo que la Sacrosanctum Concilium (SC) sintetiza en la expresión del “per ritus et preces” (SC 48).
En este sentido, el Ritual de la sagrada Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa parece más una Instrucción que un Ritual, aunque también ofrece los elementos rituales esenciales relativos a los tres aspectos o dimensiones arriba recordados de culto al Misterio eucarístico fuera de la Misa.
Una lectura de las notas a pie de página del Ritual  revelan que la fuente principal y casi única a la que se acude continuamente para la elaboración del Ritual es la Instrucción Eucharisticum Mysterium (EM), promulgada por la Congregación de Ritos y el Consilium en mayo de 1967. El Ritual asume las conquistas realizadas por la EM, traduciendo en la práctica sus contenidos. A esta Instrucción hizo también alusión el mismo Decreto de promulgación.


lunes, 23 de marzo de 2015

LA EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO: IMPLICACIONES CELEBRATIVAS, TEOLÓGICAS Y PASTORALES (II)

3.   VARIAS FORMAS DE CULTO A LA SAGRADA EUCARISTÍA

Nos detenemos en el capítulo III se abre con tres números de introducción general al culto a la Eucaristía en los que se perfila una verdadera teología eucarística y litúrgica.
Comienza el número 79, recomendando «con empeño» la devoción a la Eucaristía,  «también fuera de la Misa». Con este número, ya de entrada, por lo menos implícitamente, se reconoce que el culto, la adoración al Misterio eucarístico, tiene un primer momento, que es «la celebración del sacrificio eucarístico», «fuente y punto culminante de toda la vida cristiana», y «el origen y el fin del culto a la Eucaristía fuera de la Misa» (RSCCE n. 2). El inciso «también fuera de la Misa», parece querer indicar que el culto de adoración es como prolongación de la celebración, doctrina que  declara explícitamente el Ritual en sus primeros números: «para prolongar la gracia del sacrificio» (RSCCE, n 4).
Todo esto nos lleva a afirmar, ya desde el principio, que el culto a la Eucaristía fuera de la Misa, la adoración eucarística, no es tanto un «momento extracelebrativo», cuanto la actitud que corresponde a todo acercamiento a la Eucaristía, partiendo del momento de la misma celebración.
Es precisamente la celebración la que suscita y forma «los verdaderos adoradores en Espíritu y en verdad». Por eso, el culto eucarístico nunca será un sustitutivo de la Misa; el Santísimo Sacramento prolonga la presencia del Señor y su sacrificio, suscita el deseo de la plena comunión sacramental, actualiza y profundiza la gracia de la participación en el Memorial del Señor.
Escribe el Papa emérito Benedicto XVI a este propósito: «La adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia… La adoración prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica» (SCa, n. 66).
El número 79 pide también la distribución de los «ejercicios piadosos» en el contexto del año litúrgico, de forma que  se pueda facilitar y conseguir la unidad, y evitar así toda posible confusión  y estridencia entre liturgia y devociones. De lo que se trata en realidad es, no de un ‘panliturgismo’, sino de la armonización y jerarquización de los varios aspectos y dimensiones del Misterio eucarístico, teniendo en cuenta las disposiciones precisas del número 13 de la Constitución conciliar sobre la sagrada Liturgia.
El número siguiente amplía la reflexión sobre estos mismos principios, sobre  la relación entre la adoración y la Misa (cf. también EM 50); con equilibrio, sitúa el culto de la presencia real entre el sacrificio eucarístico, del que procede, y la comunión a la que se destina.
El creyente que adora a Cristo Jesús en la Eucaristía es así invitado a tener siempre presentes los dos momentos de la presencia eucarística: la Misa como origen y la comunión como fin.
El culto de adoración no se presenta, pues, en el Ritual como un momento cerrado de coloquio adorante, sino como prolongación, mistagogía, que lleva a «participar más plenamente en el misterio pascual, y a responder con agradecimiento al don de aquel que por medio de su humanidad infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo».
Jesucristo presente en el Sacramento es el mismo que, por la invocación del Espíritu Santo y en virtud de las palabras de la Institución, está vivo en el corazón de la celebración eucarística: Cristo muerto y resucitado, el Sacerdote y Mediador que conduce al Padre, la Víctima que reconcilia y que se nos da en alimento.
La presencia real y sustancial del Señor en el sagrario, o expuesto en el altar, es un recordatorio, un verdadero memorial del Sacrificio eucarístico del cual proviene, y de la comunión sacramental y espiritual a la que tiende como objetivo final y consumación plena. La fe en esta realidad lleva a tener presente en la mentalidad, en la oración y en la vida la inseparable unidad entre la adoración eucarística y la celebración: «la piedad que impulsa a los fieles a adorar la santa Eucaristía los lleva a participar más plenamente en el misterio pascual».
Porque el tiempo prolongado y el «trato admirable» del que saca el cristiano «aumento de fe, esperanza y caridad», fomenta al mismo tiempo «las disposiciones debidas» para celebrar «con la devoción conveniente el memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre».
El número 81 expone otro principio: la relación profunda entre la oración ante la Eucaristía y la comunión sacramental, subrayando el fin común que une la adoración eucarística y la sagrada comunión. Ambas tienden a la «comunión = común-unión» con Cristo el Señor: «la Presencia proviene del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual».
Jesucristo en la comunión renueva el «pacto» que nos impulsa a mantener en nuestras costumbres y en la vida lo que a través de los «gestos y las palabras» de la celebración eucarística hemos celebrado y recibido por la fe y el sacramento. Se subraya aquí el principio de la conexión profunda entre celebración-adoración-vida, porque la vida eucarística se ha de manifestar también «en las costumbres», para que, «con alegría y fortaleza», discurran en el esfuerzo «por impregnar al mundo del espíritu cristiano», siendo así «testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana».
La Eucaristía es un don de Cristo, que se hace presente y nos reúne alrededor suyo para alimentarnos con su palabra y con su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia dimanan de la Eucaristía, y de ella toman siempre su forma. «A través de la Eucaristía Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla de su gracia, de forma que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vida».

3.1. La  exposición de la sagrada Eucaristía

Con el número 82 el Ritual pasa a tratar el tema de la primera forma de culto a la Eucaristía fuera de la Misa: la «exposición del Santísimo Sacramento», recordando de nuevo cuanto se ha dicho sobre la doble finalidad de la exposición: «lleva a reconocer la maravillosa presencia de Cristo e invita a la unión de corazón con él». De esta forma, el Ritual subraya la relación entre el culto eucarístico y la comunión sacramental: la adoración «invita a una unión con Cristo que culmina en la comunión sacramental». Y pide que la relación con la Misa aparezca claramente en los signos de la misma exposición del Santísimo Sacramento, evitando  «…cuidadosamente todo lo que en algún modo pueda oscurecer el deseo de Cristo, que instituyó la Eucaristía ante todo para que fuera nuestro alimento».
En el número siguiente se prohíbe celebrar la Misa «durante el tiempo en que está expuesto el Santísimo Sacramento en la misma nave de la iglesia u oratorio». Y la razón que se ofrece para explicar la prohibición destaca de nuevo la relación, casi la comparación, entre la exposición del Sacramento y la celebración de la sagrada Eucaristía, explicando cómo en realidad el verdadero fin de la exposición es el de «llevar a los fieles a la comunión interna», que, por otra parte, se «incluye de manera más perfecta en la celebración» (cf también SC 55).


Parece que el leitmotiv del Ritual, como ya lo era de la EM, es el principio de la unidad de todo el Misterio eucarístico. Lo dice claramente el número 4: «Para ordenar y promover rectamente la piedad hacia el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, hay que considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa como en el culto de las sagradas especies, que se conservan después de la Misa para prolongar la gracia del sacrificio».
Teniendo en cuenta el desarrollo de la piedad eucarística a lo largo de la historia de la Iglesia, reconocemos que se había hecho necesario y urgente aclarar y subrayar este principio, que se demostró providencial al aportar el indispensable equilibrio a la teología y la espiritualidad eucarísticas. El Espíritu Santo, que, según la promesa de Jesús, conduce a su Iglesia a la verdad plena, la ilumina según las necesidades, a lo largo de toda su historia.

3.2. Algunos aspectos que hay que observar en la exposición del Santísimo

Dentro de las «Observaciones previas» relativas a la exposición de la sagrada Eucaristía, el Ritual dedica dos breves números – el 84 y 85 – a «algunas cosas que hay que observar en la exposición». Se deben tener en cuenta, ante todo unas rúbricas sencillas, pero que nacen como consecuencia del principio recién citado de equilibrio entre los distintos momentos o aspectos del Misterio eucarístico:
-          delante del Santísimo Sacramento, presente en el sagrario o expuesto a la adoración pública, «se hace genuflexión sencilla»;
-          y el número de cirios o velas que se encienden, para la exposición han de ser «los mismos que en la Misa».
Pienso que no importa tanto la concreción de estas rúbricas, a las que no habrá quizás que  dedicar mucho tiempo ni profundización; sin embargo, parece evidente en la Iglesia el interés y deseo de que el culto a la Eucaristía, también en los ritos, gestos, símbolos, etc., «manifieste su relación con la Misa», que es siempre el momento central, el culmen de todos los actos y ejercicios de piedad hacia la Eucaristía.

3.2.1. Exposición prolongada

Después de estas rúbricas sencillas, el Ritual en los tres números siguientes habla de la exposición prolongada de la Eucaristía. En el número 86 presenta la exposición prolongada de la Eucaristía, «cada año», como una recomendación de la madre Iglesia, explicando también su finalidad propia: «… que la comunidad local pueda meditar y adorar más intensamente este misterio». Al mismo tiempo, establece una condición, que justifica también la duración que se extiende durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente continuado: «Esta exposición se hará solamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles». Como se ve, el carácter «comunitario» de la participación y presencia de adoradores es importante e incluso determinante en el caso de la exposición solemne y prolongada en el tiempo.
El número 63 de la Instrucción EM, de donde está tomado el contenido de este número del Ritual, recuerda también otra condición, que aquí se omite, lo mismo que en el número 89, tomado del número 66 de EM: «con el permiso del Ordinario del lugar, y según las normas establecidas».
La referencia al Ordinario del lugar se menciona explícitamente en el número 87, al hablar nuevamente del «Santísimo Sacramento, expuesto durante algún tiempo más prolongado en las iglesias más frecuentadas por los fieles», en caso de alguna necesidad grave.
El número 88 determina sólo las posibilidades de reservar el Santísimo Sacramento en horas previamente determinadas, cuando falte un número conveniente de adoradores. Esta precisión parece que vuelve a incidir sobre el carácter comunitario de la exposición prolongada (cf. nn. 86-88).

3.2.2. Exposición breve

Sobre la exposición breve de la sagrada Eucaristía, que no tiene determinación de tiempo, trata el número 89, que coincide en gran parte con lo que establece el número 95, al hablar concretamente de la adoración. No se puede exponer el Santísimo únicamente para dar la bendición.
Y, principio importante, que pone de relieve el espíritu de la adoración eucarística: «antes de la bendición con el Santísimo Sacramento, se dedique un tiempo conveniente a la lectura de la Palabra de Dios, a los cánticos, a las preces y a la oración en silencio prolongada durante algún tiempo».
No se determina el tiempo, pero por el contenido de la adoración, se comprende que la exposición de la sagrada Eucaristía no es un rito al que se recurre para cualquier momento de oración. Exige que se le dedique un tiempo para la lectura de la Palabra, las preces y la oración silenciosa ante el Señor.
Exponer el Santísimo Sacramento con demasiada facilidad, para cualquier rato en que se disponga de un poco de tiempo, no responde, pienso, a la finalidad que expresaba el número 82 del Ritual, tomado del número 60 de la EM, y que merece la pena volver a explicitar: «la exposición de la sagrada Eucaristía… lleva a reconocer en ella la maravillosa presencia de Cristo e invita a la unión de corazón con él…». Éste es el fin por el que se “expone” la sagrada Eucaristía, y es importante subrayar también el elemento que se recuerda explícitamente en los números 89 y 95: «la oración en silencio prolongada durante algún tiempo».
Quizás sea precisamente el «silencio» uno de los elementos propios y que más atrae e invita a la adoración, especialmente a las jóvenes generaciones. La liturgia renovada pide expresamente el silencio no sólo en la adoración extra Missam, sino en varios momentos de la celebración eucarística, momentos que dan a la celebración un ritmo sereno que permite a todos ir sintonizando con lo que celebran, oyen y dicen. Este silencio, con el adjetivo de «sagrado» ya se había pedido en la SC entre los elementos que ayudan a «promover la participación activa», que es la principal preocupación de toda la reforma litúrgica conciliar: aclamaciones, respuestas, salmodia, antífonas, cantos, acciones o gestos y posturas corporales…un silencio sagrado (SC n. 30).
 Es importante destacar la motivación que ofrece el número 202 de la Ordenación General de la Liturgia de las Horas renovada: «… para lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones y para unir más estrechamente la oración personal con la Palabra de Dios y la voz pública de la Iglesia, es lícito dejar un espacio se silencio…».
La oración ante la Eucaristía, el silencio de la adoración, que prepara una más conveniente participación en la celebración eucarística, nos dispone también a entrar en el misterio y el tiempo de Dios, en la nube de Dios que nos envuelve a todos; en la teofanía en la que el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo (cf. Papa Francisco, homilía 10.02.2014).
En los números 89 y 95 el Ritual invita a vivir la adoración, intercalando momentos de silencio, plegarias, cantos y textos bíblicos con homilía, que tengan conexión directa con el misterio eucarístico.

Después de hablar del culto a la Eucaristía en general, el número 90 del Ritual recuerda la exposición del Santísimo, la adoración en las comunidades religiosas, en las que la adoración forma parte del carisma del Instituto, tal y como ha sido aprobado por la Iglesia.

En estas comunidades se aseguraría entonces la continuidad, junto a la intensificación del espíritu de adoración, aunque el número de adoradores se tenga que reducir, según las posibilidades de las varias comunidades (cf RSCCE 90).  El Ritual subraya la razón fundamental de esta concesión: «también de esta forma,  según las normas del Instituto, aprobadas por la Iglesia, ellos adoran y ruegan a Cristo, el Señor, en el Sacramento, en nombre de toda la comunidad y de la Iglesia».