“¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Para
esto me ha enviado el mismo Cristo. Y soy apóstol y testigo. Cuanto más lejana
está la meta, cuando más difícil es el mandato, con tanta mayor vehemencia me apremia el amor. Debo predicar su
nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo
de Dios primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es
también el Maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por
nosotros.
Él es el centro de la
historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra
vida, hombre de dolor y de esperanza; él ciertamente vendrá de nuevo y será
finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y
nuestra felicidad.
Yo nunca me cansaría de
hablar de él; es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida; él es el pan y la fuente de agua
viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro
guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, humillado, sujeto
al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el
nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el
principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran
son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son
saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos
son hermanos.
Éste es Jesucristo, de
quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por
vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos, os repito su
nombre, a todos os lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y
la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia
humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la
tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo
de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres,
su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del
cuerpo místico.
¡Jesucristo! Recordadlo:
él es el objeto perenne de nuestra predicación, nuestro anhelo es que su nombre
suene hasta los confines de la tierra y
por los siglos de los siglos».
(De las homilías del papa Pablo VI; homilía pronunciada en Manila
el 29 de noviembre de 1970)
Esta preciosa homilía del
beato Pablo VI, que hoy, Domingo XIII del Tiempo Ordinario, nos ofrece la 2ª
lectura del Oficio de lectura, me recuerda el himno al que puso música nuestra
hermana Discípula del Divino Maestro, Cecilia Stiz, actualmente destinada a
Jerusalén. Lo cito con gusto:
![]() |
Mosaico Iglesia Jesús Maestro (Roma), pddm |
«Oh Cristo eres tú, tú la verdad, tú el amor, tú la esperanza.
Oh Cristo eres tú, tú secreto de la historia, puente entre
cielo y tierra, tú el mediador.
Oh Cristo eres tú, tú fuente de la vida, gozo de la humanidad,
tú la salvación.
Oh Cristo eres tú, tú principio y fin, tú el alfa y la omega,
tú el rey del mundo nuevo».
Supongo que, en sus largos
tiempos de adoración eucarística, en la pequeña comunidad pddm en la “Vía
dolorosa” de Jerusalén, con frecuencia lo cantará, con la fe y el entusiasmo
que la caracterizan.
En nuestras comunidades de
Italia, España y el mundo, es un himno que cantamos con gusto, profesando y
renovando de esta forma nuestra fe en Cristo Jesús.
Ojalá también cada cristiano, cada uno de
nosotros pudiese sentir y vivir lo que afirmaba el Papa Montini en Manila: «Yo
nunca me cansaría de hablar de él; es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida».
«Hablar de él»: con las palabras, con los escritos, con todos los
medios de comunicación y ante todo con el testimonio de la vida.
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Esta habrá sido la actitud
de la hemorroísa, la mujer tímida, pero llena de valor y fe confiada, que se
acerca por detrás a Jesús y toca su manto. Y por su fe, es curada; mereció las
palabras del Maestro: «Hija, tu fe te ha
curado. Vete en paz y con salud».
No hace mucho tiempo que
descubrí, o que me fijé con especial atención, en el Fresco de la catacumba de
los Santos Pedro y Marcelino, de principios del siglo IV, en la escena que
representa a la mujer hemorroísa en la página del Catecismo de la Iglesia
Católica, que introduce la segunda parte sobre “La celebración del misterio
cristiano”.
La didascalía del Fresco explica:
«Esta
mujer, que sufrió durante largos años, se curó al tocar el manto de Jesús
gracias “a la fuerza que había salido de él” (Mc 5, 30). Los sacramentos de la
Iglesia continúan ahora la obra de salvación que Cristo realizó durante su vida
terrena.
Los
sacramentos son como «fuerzas que salen» del Cuerpo de Cristo para curarnos del
pecado y para darnos la vida nueva de Cristo.
Esta
figura simboliza, pues, el poder divino y salvífico del Hijo de Dios que salva
al hombre entero, alma y cuerpo, a través de la vida sacramental».
Realmente
también nosotros, por medio de la fe, tocamos y somos tocados y sanados por
Cristo Jesús en la celebración litúrgica, en sus Sacramentos.