Los
gozos de tu Espíritu
Celebramos
hace pocos días la solemnidad de la Natividad
de san Juan Bautista.
El Martirologio Romano la introduce con estas
palabras de presentación y elogio: “Solemnidad
de la Natividad de san Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando en el
seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo, exultó de gozo por la próxima llegada de la salvación del género
humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su
existencia brilló con tal esplendor de gracia que el mismo Jesucristo dijo no
haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan el Bautista”.
Con
qué solemnidad explica san Agustín en el Sermón 293, que hoy nos ofrece el
Oficio de lectura, la originalidad de esta celebración de la Iglesia. Hasta
parece que el santo obispo de Hipona se siente incapaz de explicar según se
merece el “misterio” de este nacimiento. Destaca, en efecto, “el poco tiempo y
las pocas facultades” de que dispone “para llegar hasta las profundidades de
este misterio tan grande”.
En
su humildad sincera, recurre al “Maestro interior”, el Espíritu Santo, “aquel
que habla en vuestro interior,… aquel que habéis recibido en vuestro corazón y
del cual habéis sido hechos templo”
«La
Iglesia celebra el nacimiento de Juan
como algo sagrado, y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja:
celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo.
Ello
no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran a
estar a la altura de misterio tan
elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo y sacar provecho de
él».
La
liturgia eucarística, en la primera lectura de la Misa de la vigilia y en la
Misa del día, presenta perícopas de “vocación profética”, para expresar la que
podíamos llamar también “llamada” de san Juan Bautista desde el seno de su
madre Isabel. Vocación ésta revestida de gozo y alegría: “saltó de gozo”, mientras los profetas Jeremías e Isaías presentaron
al Dios que les llamaba sus temores y dificultades ante la misión que les
presentaba.
En
efecto, como Jeremías e Isaías, también el Precursor de Cristo fue llamado
desde el vientre materno, cuando su madre Isabel escuchó el saludo de la Virgen
Madre.
“Antes de formarte en el vientre, te escogí;
antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los
gentiles” (Jr 1, 4).
“Escuchadme, islas, atended, pueblos lejanos:
estaba yo en el vientre y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y
pronunció mi nombre”. (Is 49, 1ss.).
“En cuanto Isabel oyó el saludo de María,
saltó la criatura en su vientre… En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la
criatura saltó de alegría en mi vientre” (Lc 1, 39-56).
La
eucología subraya toda ella la “alegría” como característica de la
natividad de Juan.
En
el cuerpo del prefacio, dice:
“… al celebrar hoy la gloria de
Juan el Bautista,
precursor de tu Hijo
y el mayor de los nacidos de
mujer,
proclamamos tu grandeza.
Porque él saltó de alegría en el vientre de su madre,
al llegar el Salvador de los
hombres,
y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos…”.
Se
cumple así lo que el Ángel del Señor había anunciado a Zacarías, su padre, en el
templo, “mientras oficiaba delante de Dios en el turno de su grupo”: «Isabel,
tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento,
porque será grande ante el Señor…» (Lc 1, 8. 13-14).
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PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR, SE ALEGRA MI ESPÍRITU.... |
La
“alegría” prometida, es el don que
la Iglesia pide como fruto de esta celebración a la que la liturgia reviste de
especial júbilo y solemnidad.
Fiesta
que muchos pueblo de España celebran también con un especial regocijo, expresado
con las características manifestaciones, juegos y actividades en las es
característica la viva participación de todo el pueblo.
La
Iglesia pide en la oración colecta:
Oh Dios, que suscitaste a san
Juan Bautista
para que preparase a Cristo el
Señor un pueblo bien dispuesto,
concede a tu familia el don de
la alegría espiritual
y dirige la voluntad de tus
hijos
por el camino de la salvación y
de la paz.
Cito
un comentario a esta oración de don Cornelio Urtasun, explicando el por qué de
su preferencia por una traducción distinta a la que encontramos en nuestro
idioma:
“En
un análisis estricto del original, cualquiera puede afirmar que
sustancialmente, tiene el mismo valor traducir “spiritualium gratias gaudiorum” por “el don la alegría espiritual”, que el decir: concede a tu pueblo santo la gracia de los gozos de tu Espíritu. Sustancialmente
tienen el mismo valor estas expresiones. Pero en el género literario comúnmente
admitido el calificativo “espiritual” tiene unas resonancias no siempre iguales
a: gentes movidas o conducidas por el Espíritu. Ésta es la razón. Y no
pequeña”.
Estoy
plenamente de acuerdo con la razón o motivación que justamente subraya el
autor. Indica además “algunos gozos del Espíritu, personificados en el
Precursor, en los que probablemente piensa la petición de la oración colecta”.
Los
anuncio simplemente, aunque el comentario de Urtasun a cada uno me
parece profundo y convincente, pero me remito al libro “Las oraciones del
misal. Escuela de espiritualidad de la Iglesia” (CPL. Biblioteca litúrgica n.
5):
-
El
gozo de la presencia física y mistérica de Jesucristo;
- El
gozo del crecimiento de Jesús, a costa de su disminución. Juan mismo había
dicho, en efecto, a los discípulos de Juan y a un judío: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino
que he sido enviado delante de él. Ésta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado
su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 28-30).
-
El
gozo del martirio contemplado, previsible, aceptado.
La
alegría del Espíritu, como fruto y realización de la promesa, es también lo que
pide la Iglesia en la oración colecta de la Misa de la Vigilia:
Dios todopoderoso, concede a tu
familia
caminar por la senda de la
salvación
para que, siguiendo la voz de
Juan, el precursor,
pueda llegar con alegría
al Salvador que él anunciaba.
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¡¡ALELUYA!!.... ¡VIVA LA FIESTA! |