Llevamos unas semanas en las que la liturgia de la
Iglesia nos acompaña con textos, palabras, ritos que expresan la realidad
profunda del Misterio Pascual en su relación “Pascua-Eucaristía”.
En la II semana de Pascua, los días viernes y sábado,
el texto bíblico del Oficio de lectura nos hacía orar contemplando la visión de
la ‘proskýnesis’,
la adoración en la Jerusalén celestial (Ap 4, 1-11).
“En el cielo
había un trono y uno sentado en el trono. Alrededor del trono había unos
veinticuatro tronos, y sentados en ellos veinticuatro ancianos con ropajes
blancos y coronas de oro en la cabeza. En el centro, alrededor del trono, había
cuatro seres vivientes. Día y noche cantan sin pausa: «Santo, Santo, Santo es
el Señor, soberano de todo lo que era y es y viene».
Y cada vez
que los cuatro seres vivientes dan gloria y honor y acción de gracias al que
está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos, los
veinticuatro ancianos se postran
ante el que está sentado en el trono, adorando
al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas ante el trono
diciendo:
«Eres digno,
Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has
creado el universo, porque por tu voluntad lo que no existía fue creado”.
El sábado, en el cap. 5 también aparece
la adoración del Cordero, que está “en
pie, pero se notaba que lo habían degollado”, Jesucristo en su Misterio
pascual de muerte y resurrección.
“Cuando el
Cordero tomó el ‘libro’, los cuatro
seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante él; tenían cítaras y copas de oro llenas de
perfume – son las oraciones de los santos -. Y entonaron un cántico nuevo:
«Eres digno
de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre
compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho
de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra»”.
Prosigue el vidente de Patmos: “En la visión escuché la voz de muchos
ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y
de los ancianos, y decían con voz potente:
«Digno es el Cordero degollado de recibir el
poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza»”.
Alabanza, adoración universal, cósmica: cielo, tierra, mar y todo lo que hay en ellos: “Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar – todo lo que hay en ellos – que decían:
«Al que se
sienta en el trono y al cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por
los siglos de los siglos».
Y los cuatro
vivientes respondían:
«Amén».
Y los
ancianos se postraron rindiendo
homenaje”.
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Jerusalén del cielo · Fra Angélico |
No se trata aquí de la “adoración eucarística”, porque
en el cielo, en la Jerusalén celestial ya no habrá “sacramentos”, “signos sensibles”
de la presencia real del Señor Jesús en la Eucaristía, en la liturgia. A la
‘sacramentalidad’ de la liturgia de la tierra, sucede la plena realidad de lo
que aquí contemplamos bajo el velo de los “signos”. El Catecismo de la Iglesia
Católica, recordando el n. 8 de la Sacrosanctum Concilium, dice: «Los que desde ahora la celebran – la
liturgia – participan ya, más allá de
los signos, de la liturgia del cielo» (n. 1136).
Los textos citados del Apocalipsis, junto con otros,
como Ap 4, 8-11; 5, 13 ciertamente expresan el más profundo sentido de toda
auténtica “adoración” de Dios, de Jesucristo, de la Trinidad santa. El canto de los santos y de los ángeles, al que se une
la tierra entera con “todo lo que hay en ella”, celebra la suprema
trascendencia del Dios uno y trino, que adoramos.
En el corazón de la Eucaristía con el canto del
‘Sanctus’ la Iglesia se asocia a la alabanza y adoración de los coros angélicos
y de todos los redimidos. Comentaba Schökel: “El atributo “Santo” dice la trascendencia absoluta de Dios, fascinadora y
terrible para el hombre, atrayente y abrasadora”.
Ante las maravillas de Dios – las recordamos en
particular en el prefacio de la Misa – ante la esencia misma de la divinidad,
la Iglesia no puede sino adorar y alabar, emulando la acción y actitud de la
Jerusalén del cielo.J. A. Jungmann, haciendo alusión explícita al “triple Sanctus” que en el Apocalipsis es
cantado “día y noche” “al que se sienta en el trono y al Cordero”, escribe: “La
oración de acción de gracias – prefacio – pasa
a la adoración que, con la
introducción del Sanctus ha encontrado su punto saliente, su ápice”. Porque
efectivamente con el ‘Sanctus’ en el corazón de la Plegaria eucarística la
asamblea litúrgica se une, nos unimos a la adoración y alabanza de los
bienaventurados, descritas con tanta riqueza y armonía de voces, música,
elementos, actitudes, en el Apocalipsis.
El Oficio de lectura de esta semana III de Pascua, y
pasando a las lecturas patrísticas, el Domingo nos encontramos con la
importante Apología 66-67 de san Justino, mártir que describe la celebración de
la Eucaristía dominical en el siglo II. Y el jueves, san Ireneo, obispo de Lyon, comenta, con
un profundo realismo, la realidad de “La Eucaristía, arras de la resurrección”.

Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así las criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después, cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la Eucaristía, es decir, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta Eucaristía y depositados en tierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre. Él es quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad”.
En la Celebración eucarística toda esta semana III de
PASCUA, excepto el sábado que celebraremos a San Marcos Evangelista con
lecturas propias, cada día se ha proclamado el Discurso de Jesús en Cafarnaúm
sobre el “Pan de la vida”, el “Pan vivo
bajado del cielo”, el Pan de Dios que baja del cielo y da vida al mundo” (Jn
6). La proclamación de este discurso ya nos acompañó a finales de la pasada
semana.
Todavía una cita, que justifica el título escogido, y
que tomo prestada de la “Hoja parroquial del Domingo III de Pascua”:
“El valor y la fuerza de la Eucaristía nos viene del Resucitado
que continúa ofreciéndonos su vida, entregada ya por nosotros en la cruz.
De ahí que la Eucaristía debiera ser para los
creyentes principio de vida e impulso de un estilo nuevo de resucitados. Y si no es así, deberemos
preguntarnos si no estamos
traicionándola con nuestra mediocridad de vida cristiana.
Las comunidades cristianas debemos hacer un esfuerzo
serio para revitalizar la Eucaristía
dominical. No se puede vivir plenamente la adhesión a Jesús Resucitado, sin
reunirnos el día del Señor a celebrar la Eucaristía, unidos a toda la comunidad
creyente. Un creyente no puede vivir «sin el Domingo». Una comunidad no puede
crecer sin alimentarse de la Cena del Señor. Necesitamos comulgar con Cristo
resucitado, pues estamos todavía lejos de identificarnos con su estilo nuevo de
vida.
Y desde Cristo, necesitamos realizar la comunión entre
nosotros… ‘Partir el Pan’ no es sólo una celebración cultual, sino un estilo de
vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa
y amor. «Comulgamos» con Cristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños
de los suyos”.