miércoles 25 de junio de 2008

San Juan de la Cruz


Lo mencioné sólo. El Señor me regaló un cursillo de casi una semana, aquí en Toledo mismo, con posibilidad de volver a casa cada tarde-noche, para estar con las hermanas de la comunidad y compartir con ellas, en unos ratos siempre agradables y necesarios, las vivencias del día, los pequeños acontecimientos, las noticias, la vida...
No puedo ni sabría comentar lo que viví, lo que escuché, lo que aprendí en los encuentros sanjuanistas... Espero no olvidar demasiado rápidamente todo este don del Señor, que mis hermanas me han permitido disfrutar.
Queda el compromiso de ahondar más y más en este hontanar sin fondo. Desde la vivencia del Misterio eucarístico-sacerdotal-litúrgico, propio del carisma que el Espíritu regaló a nuestra Congregación. Todo esto puede ser factible, es más, puede ser alimento para que la vivencia del don de Dios con la unción y la gracia del Espíritu, pueda ser anunciada a los hermanos, en las formas que Él me va marcando a través de la obediencia a mis superiores, a la Iglesia y en respuesta a las necesidades de los hermanos y hermanas.
Me gusta terminar con un verso del Cántico espiritual; al no saber cuál escoger, me quedo con el 5, que quizás sea de los más conocidos:

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.
Fiesta de verano de la Legión de María


Otro día de fraternidad, oración, convivencia. Esta vez con herman@s seglares pertenecientes a la Legión de María: un autocar con 55 personas desde Toledo, dos autocares procedentes de Madrid, much@s más de Cuenca y pueblos.
La meta efectivamente fue Cuenca, con ocasión del Jubileo por los 800 años de la muerte de San Julián, segundo obispo de Cuenca.
También este día tuvo su momento álgido en la celebración de la Eucaristía, concelebrada por el párroco o deán de la catedral y por los varios sacerdotes de Madrid, Toledo, Cuenca, uno también originario de una nación de África que no recuerdo en este momento: todos directores espirituales de la Legión de María.

¿Qué hacíamos tres Discípulas del Divino maestro entre tant@s seglares y sacerdotes? ¿Qué tiene que ver nuestro carisma paulino de Discípulas con el movimiento Legionario? Hace unos años, o hasta hace poco tiempo, hubiese dicho que poco más que la aceptación, respeto y cariño que debemos a todo movimiento seglar que se propone evangelizar: y éste con una característica fuertemente mariana.

Los nombres de “senatus, comitium, pretorianos...” me sonaban bueno, a lo que son, palabras latinas, que ni sabía ni a lo mejor sé hoy bien qué significan como aplicación concreta.
Pero hoy doy gracias al Señor por poder participar y prestar el servicio que se me pide en un grupo de la Legión de María. Me siento realizada también como discípula del divino Maestro, por la importancia que la Legión da a la liturgia, la devoción especialísima al Espíritu Santo y a toda la Trinidad, la presencia casi sensible, no sentimental pero sí viva, de María.
Con la Legión podemos ayudarnos a vivir en sintonía con la Iglesia en los distintos tiempos del Año litúrgico, en los varios acontecimientos eclesiales, como el 49 Congreso Eucarístico Internacional en Québec, reflexionar juntos sobre los documentos del Santo padre, de nuestro Obispos...
Para mí es una ocasión más de vivir la “comunión eclesial” con todo el Pueblo de Dios. Todos caminamos hacia la misma meta: “que Cristo se forme en nosotros”, como decía san Pablo a los cristianos de Galacia (Ga 4, 19), para poder anunciar la buena noticia del amor de Dios Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo – y siempre conducidos de la mano de la Virgen Madre – a nuestro mundo.
En esto, las personas del grupo “Santa María” en el que sirvo, y como ellas serán las demás pertenecientes a los distintos grupos, son admirables: sus horas de apostolado, de “contactos callejeros” que aunque les cueste hacen, la visita a familias con problemas, a enfermos, a sacerdotes ancianos... Cada día aprendo algo más en este sentido y doy gracias a Dios de veras por las “insondables riquezas del misterio de Cristo” que es la Iglesia, riquezas que no conocemos, que no salen en los telediarios ni en los periódicos, pero que son quizás pararrayos, cristianos de cuerpo entero, capaces de dar su vida, su tiempo al servicio de la gloria de Dios y del bien de los hermanos.

Bueno, la “Fiesta” de verano no consistió sólo en la Celebración eucarística. Como era natural, tuvimos un buen momento de convivencia en la comida, que no pudo ser al abierto por el número tan grande de personas, pero en un grandísimo salón de una parroquia que previamente habían preparado para acogernos, para al comida compartida; aliñada con algún chiste, con conversaciones amenas, con intercambio de experiencia y conocimiento y, al final, no podía faltar, el rezo de la “catena”. Y con el recuerdo orante a María, concluimos nuestra jornada, regresando cada uno a sus lugares de procedencia.

lunes 23 de junio de 2008

Excursión CONFER de Toledo


Como hace tiempo que mi blog reposa, son muchos los pequeños acontecimientos que deseo recordar, porque las vivencias han sido también particularmente ricas en este período.
El Tiempo Ordinario, precisamente porque se han concluido ciertos compromisos y actividades, aunque por lo que a nosotras respecta, muchas actividades siguen invariadas, pero bueno, tenemos también otras oportunidades.
Entre ellas, quiero recordar la excursión organizada por la “CONFER” de Toledo en los días 31 de mayo y 1 de junio. Meta: Zaragoza. No estaba inaugurada la Expo 2008, ni estaba en nuestros planes visitarla, por falta de tiempo.

Ante todo, me sitúo en un autocar lleno de Religiosas y algún Fraile hijo de san Francisco.
Me atrevo a calificar la excursión con tres palabras:
- fraternidad
- cultura
- peregrinación


Hemos compartido de veras con gusto oración, diversión, recreo, chistes, información cultural y no podía faltar la visita a la Virgen del Pilar.
Detallo sólo algunos puntos que más me han impactado: Iª etapa: Calatayud.
No imaginaba yo la riqueza y belleza que en Calatayud pudimos contemplar. Tengo que anticipar que nuestra visita había sido preparada vía telefónica con mucho cariño y competencia por nuestro Sr. Obispo auxiliar don Carmelo Borobia, ex obispo de Tarazona y antes, auxiliar de Zaragoza.
La visita fue de una riqueza espiritual y cultural inimaginable. Las tres iglesias – del Santo Sepulcro, de san Juan y de Santa María - contienen riquezas de arquitectura, pintura - ¡hasta de Goya! – de una teología y espiritualidad únicas. No sé ni es el momento de describirlas en detalle; sólo queda en el corazón algo así como aquello de san Juan de la Cruz: “... toda ciencia trascendiendo” o aún más:
“un no sé qué que queda balbuciendo...”.
No sé si la cita viene al cuento, quizás sea porque rebosa la experiencia del curso que pude hacer esta semana sobre el “Cántico espiritual” del Santo, pero es verdad que las explicaciones que tanto los dos sacerdotes de la Iglesia del Santo Sepulcro y de San Juan y el sacristán de la de Santa María nos dejaron a todas y todos casi embelesados.

Y desde todo corazón, también mientras escribo, siento la gratitud viva a don Carmelo que tan bien y con tanto amor supo prevenir, avisar, sugerir que pudiésemos contemplar tanta maravilla, que él naturalmente lleva en el corazón, porque fue riqueza de su vida y experiencia espiritual, cultural, pastoral.
Tengo que decir que llovía a cántaros en Calatayud el día 31 por la tarde, pero en entusiasmo de nuestros guías no nos dejó perder ni una de las consignas que habían recibido. Y fueron admirables. Nosotras también, porque ni los zapatos llenos de agua nos asustaron y seguimos nuestra peregrinación entusiasta por aquellas tierras.
Finalmente, con toda estas experiencias en el alma, llegamos a Zaragoza, donde nos acogieron con amor las Hermanas Angélicas para la cena y el descanso nocturno. No habíamos participado en la Eucaristía; pues, el p. Ursicio, Franciscano que con nosotras realizó esta aventura de la excursión, presidió la Eucaristía, después de la cena, como los primeros cristianos, según lo que narra Pablo en la 1 Corintios 11. Así, en belleza, sacramentalmente, concluimos el mes de mayo y nuestro primer día de convivencia fraterna. Y nos fuimos al deseado descanso, también para quitarnos todo lo que estaba empapadito de agua...
Con las Hermanas Angélicas, nos encontramos “en casa” por la amabilidad y atención de todas ellas. Ya es normal, gracias a Dios, esta experiencia que se renueva en todos los encuentros entre religiosas de diversas congregaciones: nos sentimos Iglesia, Iglesia de comunión, llamadas a servir, con matices y carismas diferentes pero en el mismo Espíritu, a Cristo el Señor, a su Iglesia, a nuestros hermanos los hombres y mujeres de hoy.
El día 1 de junio, de buena mañana, después del desayuno, nos esperaban nada menos que el Cabildo de la basílica-catedral del Pilar para la celebración de Laudes y la Eucaristía, concelebrada por todo el mismo Cabildo y por nuestro hermana Franciscano, en la capilla capitular. Éste ciertamente fue el momento culminante de nuestra excursión. No podía ser de otra manera.
También este detalle, tan delicado, fue precedido por una llamada de don Carmelo. Y lo que sigue también. Porque, al terminar la Concelebración eucarística, con el saludo personal para nuestro grupo de CONFER de Toledo y con el encargo de saludar con cariño a nuestro Sr. Obispo auxiliar, el canónigo delegado diocesano de Liturgia don Jesús Aladrén nos acompañó en la visita atenta y pormenorizada de la Basílica y luego de la capilla del “Rosario de Cristal”.
Más que “visita turística” fue “contemplación”, oración sosegada, tranquila ante tanta belleza, tanta presencia de la Virgen, junto con las maravillas de arte que no sé describir. Queda ese “no sé qué” ahí dentro como recuerdo delicado e “inefable”.
Tuvimos posibilidad de detenernos largos ratos en oración silenciosa, en contemplación, y el tiempo, si me dejo despistar por otras cosas, irá madurando lo que en estos dos días he vivido, hemos vivido, compartido, gozado...


sábado 7 de junio de 2008

Vuelta al Tiempo Ordinario


Con la solemnidad de Pentecostés, se cierra la Cincuentena pascual y con ella todo el “Ciclo pascual”, que tiene su ápice y momento cumbre en la celebración del Triduo Pascual y de manera particular en la santa noche de la Vigilia Pascual.
Entramos en el “Tiempo durante el año”, que llamamos litúrgicamente “Tiempo ordinario” con una expresión que no parece demasiado feliz.
La Liturgia hispano-mozárabe habla de manera quizás más expresiva de “domingos de cotidiano”.
Jean Corbon, hablando del año litúrgico bizantino, dice: “La tercera etapa puede ser llamada la “Théosis” (deificación – divinización) que es el objetivo de las “Teofanías” (ciclo de Navidad) y el fruto pascual del Espíritu Santo. Esta edificación es la levadura de la nueva creación que está obrando en lo últimos tiempos y transfiguración progresiva de nuestro “cuerpo de miseria” para que sea “conforme al Cuerpo de gloria” del Señor de la historia" (Flp 3,21). {Las cursivas y algún paréntesis son míos).


Me gustaría quedarme con esta explicación del “Tiempo Ordinario” en el Año litúrgico bizantino para comprender, con mis palabras más sencillas, que en todos estos domingos desde Pentecostés – excluyendo la Ssma. Trinidad y el Cuerpo y Sangre de Cristo – hasta la solemnidad de Cristo Rey del universo, que celebraremos el 23 de noviembre, o mejor, hasta el 29, sábado en el que celebraremos ya las primeras Vísperas del I domingo de Adviento, la Iglesia nos va desmenuzando, a través de la liturgia eucarística y de la Liturgia de las Horas, las palabras, enseñanzas de Jesús maestro, ayudándonos así, con sosiego a asimilar los grandes misterios que hemos celebrado sobre todo en la Pascua del Señor.

El tiempo “de cotidiano”, aparte de dejar más espacio a la celebración de las fiestas y memorias del Santoral, nos ayuda a vivir, meditar, orar “en lo cotidiano” de nuestra vida, haciendo casi la “ruminatio” de la que nos hablan los Padres del desierto, siempre a través de la liturgia en el Misterio de Cristo que celebramos en su perenne actualización sacramental, de los demás sacramentos, de la oración y de la vida cristiana de cada día, a través de la oración y de los compromisos del día a día.

Me permito la osadía de escribir que las citadas palabras con las que Jean Corbon describe este período del año litúrgico es como deseo vivirlo y transmitirlo en las posibilidades que tenga. No es un “tiempo cualquiera”: es tiempo precioso y rico.

domingo 25 de mayo de 2008

Corpus Christi 2008

“¡Oh sagrado banquete,
en que Cristo es nuestra comida,
se celebra el memorial de su pasión,
el alma se llena de gracia
y se nos da la prenda de la gloria futura!”
(ant. Magnificat II Vísperas)

¡”Qué bueno es, Señor, tu espíritu!
Para demostrar a tus hijos tu ternura,
les has dado un pan delicioso
bajado del cielo,
que colma de bienes a los hambrientos,
y deja vacíos a los ricos hastiados
(ant. Magnificat I Vísperas)

Las dos antífonas del Magnificat arriba citadas contienen un precioso y profundo resumen de la teología de la sagrada Eucaristía.
Es más conocida la primera de ellas: “O sacrum convivium”, que evidencia las dimensiones de la Liturgia, especialmente del misterio eucarístico: la dimensión de “memorial” del Misterio pascual, aunque aquí recuerde explícitamente sólo “la pasión”, pero en la “pasión”, como afirma san Agustín, celebramos al Cristo, muerto, sepultado y resucitado, un “memorial” que se actualiza en el presente:
“Cristo es nuestra comida y el alma se llena de gracia” y la dimensión escatológica: se nos da la prenda de la gloria futura”.
La antífona “O quam suavis est...” resalta el fin que el Padre se propone al dejarnos en don el Cuerpo y Sangre de su Hijo: demostrarnos su ternura, para colmar con el “pan delicioso” a los hambrientos, mientras “los ricos” son dejados “vacíos”. Podemos ver en esta antífona la dinámica del Magnificat, al que la antífona siempre dispone.

Con palabras del papa Benedicto XVI, me gusta presentar las “fiestas” que en estos días nos hace celebrar la liturgia de la Iglesia:
«Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que, centrándose en la Pascua, se extiende durante tres meses – primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los cincuenta días del Tiempo Pascual – la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter “sintético”: la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado corazón de Jesús».

En vez de hacer una reflexión orante personal sobre la eucología menor de la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, recurro a un breve comentario escrito por el beato cardenal Schuster, osb. Lo siento como un sencillo pero sincero acto de homenaje a este gran liturgista del siglo XX, que además de ser fecundo estudioso de la sagrada Liturgia y santo, la Familia Paulina lo siente merecidamente como buen amigo y consejero, siempre, y especialmente en los años en que ejerció la misión de abad de los Benedictinos de San Pablo Extramuros en Roma y también cuando fue Arzobispo de Milán..

Colecta del Corpus

“La colecta es una obra maestra de profundidad teológica, unida a una brevedad incisiva del lenguaje y a una noble elegancia. Se ve en seguida que santo Tomás no era un teólogo de tantos, sino que era hombre de un exquisito gusto literario y que había asimilado totalmente el gusto litúrgico de la Iglesia.
Las colectas compuestas en la Edad Media, ya avanzada, son incomparablemente inferiores, en elegancia y expresión, mientras que ésta tiene un sabor casi clásico. Esto supone y manifiesta el genio creador del Doctor Angélico que demuestra, en todo momento, el arte y la destreza con que supo sintetizar en pocas palabras y en frases certeras un tratado completo sobre el Sacramento del altar.
Todo el Oficio del Santísimo sacramento es una maravilla de doctrina teológica, de ternura y gusto literario. En la obra de santo Tomás produce asombro su finura estética, unida a una humildad extraordinaria que le llevó a respetar todos los elementos de la tradición litúrgica en honor al Santísimo sacramento que había encontrado hasta entonces”.

“La oración sobre las ofrendas es muy bella y se inspira en el célebre texto de san Pablo 1 Co 10,17, según el cual el idéntico pan eucarístico del que todos participan y la única copa consagrada, a la cual acerca sus labios la comunidad de los creyentes, son presentados como el símbolo de la unidad de fe y de amor, que une los diversos miembros del Cuerpo Místico de la Iglesia”

“El gozo de la eternidad, prefigurado en la Eucaristía recibida”.
“La oración de acción de gracias manifiesta un nuevo fruto de la Eucaristía, además del de la paz y la concordia fraterna expresado en la oración sobre los dones: el derecho especial que nos da ella a la posesión de Dios. Este derecho se fundamenta en la fidelidad de Dios y en la señal o anticipo que él nos concede de sí mismo, en esta vida, dándose por entero al comulgante”.


YYY YYY YYY YYY YYY YYY YYY YYY YYY


Termino mi oración de este día, con una breve cita entresacada de nuevo de la homilía de Benedicto XVI en la solemnidad del Corpus:

¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo?

Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.

Reunirse en la presencia del Señor

En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo... Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

Caminar con el Señor

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida... La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura... Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea.
Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.
Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.


jueves 8 de mayo de 2008

Carta al Espíritu Santo


Recibo con grata sorpresa de Argentina un “adjunto” cuyo título me llama la atención:
Carta al Espíritu Santo.
Abro el adjunto y, tanto el Protagonista de la carta como su Autor me atraen y leo una y otra vez el texto.
Decido dedicarle mi reflexión de esta semana, sin comentario, porque toda palabra sobra...
Sustituye mi reflexión sobre la eucología de esta semana de preparación a Pentecostés: textos preciosos con los que la madre Iglesia nos va preparando, con una especie de “epíclesis” continua, a disponernos y abrir las puertas del corazón al Espíritu, el gran “mistagogo”, que quiere “penetrar con su fuerza” en nuestras vidas, en mi vida a veces adormecida. Con la liturgia de la Iglesia repito una y mil veces: ¡Espíritu Santo, ven, visítame, moldéame, sáname y lléname...! Y lo mismo pido para toda la Iglesia, para todo creyente, para la humanidad entera.


Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y Ñ Y

En Pentecostés, la débil y pequeña Iglesia recibe el Espíritu Santo, el "soplo de Dios", la invasión íntima de Dios. Como Cristo, en Cristo, en su Espíritu, espíritu, soplo, aire... ¿Habrá algo más débil, más impalpable, más inseguro y hasta... más barato? ¿Puede ser signo acomodado al dios "fuerte", "seguro y poderoso", al "Dios-como-Dios-manda" de nuestras categorías? En el Hijo, el "dios fuerte" se presenta vencido y colgado de un patíbulo. En el Espíritu, el Dios estable y seguro se presenta como viento movedizo.

¿No estará Dios un poco loco? San Pablo no lo negaría, pero añadiría que la locura de Dios -"locura de amor"- es más sabia que nuestras ciencias y nuestras categorías, que nuestra "cochina lógica" -como dijera Unamuno-. Sin embargo, ¡qué grande y hermosa historia la del aire y el viento en la historia de la creación y en la historia de la salvación! ¿No fue un soplo de Yahveh el que puso orden y belleza en el mundo y quien infundió la vida y su imagen en el hombre? ¿No fue el soplo de Dios el que arrebató a los profetas y a los libertadores de Israel para salvar a su pueblo?

¿No es el aire placenta común y comunitaria de la que tenemos que alimentarnos a todas horas, beber en todos los momentos de nuestra vida, respirando de noche y de día, despiertos y dormidos? ¿No es, acaso, puro aire la palabra del amigo? ¡Puro viento el diálogo de los enamorados! ¡Puro viento las palabras de la Revelación, que antes de ser Biblia, fueron palabras de predicación, palabras de viento frágil y pasajero!

¿Puro viento...? ¿Viento frágil? ¡Elemento en realidad poderoso y fuerte, precisamente por su flexibilidad y, al mismo tiempo, por su perseverancia! Como el amor, Dios se nos presenta en este símbolo del aire para indicarnos su cercanía, su constancia, su deseo de intimidad con nosotros.
Respiremos hondo, hermanos. Respiremos a Dios intensamente. Abramos nuestras ventanas para que invada nuestras casas, nuestras vidas. Él será para nosotros alegría y consuelo para seguir adelante, sabiduría para penetrar el Evangelio, fortaleza y prudencia para vivir y anunciar sus consecuencias, compromiso en la defensa del débil, inserción en la tarea de construir una nueva sociedad, luz para encontrar los caminos de una nueva Iglesia, para armonizar la dialéctica con la caridad, la lucha y la contemplación, el compromiso político y la experiencia de Dios, el debate y la discrepancia con el amor al hombre, amigo o enemigo, la vida como guerra constante y la paz del corazón, la capacidad para la amistad, la estética y la fiesta, para gozar en cada rincón de la naturaleza sus grandes valores humanos de comunión y de solidaridad, de cultura y de trabajo.


Él será para nosotros amor para la Iglesia y para el mundo, amor y aceptación de nosotros mismos, como Dios nos ama "a pesar de todo". Será para nosotros también amor a Dios nuestro Padre, amor a Dios nuestro Hermano, amor a Dios nuestro Espíritu, amor de diálogo, amor de amigo, amor de oración, que es recibir el soplo de Dios, que es devolver el soplo de Dios, diciendo la gran palabra de los pequeños que Jesús nos descubrió y nos autorizó: ¡Papá!
Ese soplo de Dios como el aire de la naturaleza, es el medio constante en el que podemos vivir en diálogo y en amistad con Dios y con los hombres.



Alberto Iniesta Jiménez
Ecclesia Digital,
Martes, 29 de abril de 2008

sábado 3 de mayo de 2008

Id y haced discípulos


«Id y haced discípulos de todos los pueblos...
Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»

(Mt 28, 18. 20)


Leyendo el comentario que hace Pagola al Evangelio de este domingo en que la Iglesia celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor Jesús, es decir, de su glorificación a la derecha del Padre en cuanto hombre, me impactaron de manera especial estas palabras: «Entre los discípulos hay “creyentes” y hay quienes “vacilan”.Se postran”, quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión... Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas... Jesús “se acerca” y entra en contacto con ellos. El Recitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con “pleno poder en el cielo y en la tierra”.Si se apoyan en él, no vacilarán. Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente “enseñar doctrina”. No es sólo “anunciar al Resucitado”. Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: “dar testimonio del Resucitado”, “proclamar el Evangelio”, “implantar comunidades”... pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: “hacer discípulos” de Jesús».
El mandato del Maestro Divino, antes de recibir del Padre la glorificación definitiva, en cuanto Hombre-Dios, me impresione e interpela: mi misión de “discípula” es la de “hacer discípulos de Jesús”.
No basta con que yo intente ser cada día más auténtica “discípula” del Divino Maestro, es necesario que ore, interceda, trabaje con todas las fuerzas que el Señor me da, para que “movida por el Espíritu” pueda dar vida, engendrar nuevos discípulos y discípulas de Jesús.


¿Cómo es posible para mí esto?
Casi me atrevo a decir que mi pregunta se parece a la de la Virgen María en la Anunciación, y la respuesta del Señor también va quizás y ciertamente en la misma línea: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Sólo siento que me toca, como a los Apóstoles, como a María la Madre de Jesús y a sus hermanos, aguardar que se cumpla la Promesa del Padre: «dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo» (segunda lectura).
«Pentecostés fue el primer bautismo del Espíritu. Así lo anunció Jesús: «seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5).
Él mismo había sido presentado por el Padre al mundo como “aquel que bautizará con Espíritu Santo” (Jn 1, 33). Toda su obra mesiánica consiste en derramar el Espíritu sobre la tierra... El bautismo del Espíritu, es una de las maneras con las que Jesús resucitado continúa su obra esencial, que consiste en bautizar a la humanidad en el Espíritu» (R. Cantalamessa).
Naturalmente, no se trata de recibir de nuevo los sacramentos de la Iniciación cristiana, sino de dejar que el Espíritu Santo renueve en nosotros, en mí, toda su gracia y eficacia, para que de veras, “movida por el Espíritu”, pueda ser verdadera “discípula” de Jesús y obtener, en nombre de Jesús y, movida por la fuerza del Espíritu, que sean muchos y muchas las discípulas y discípulos auténticos de Jesús, que le siguen, y hacen de Él el centro de la propia vida, para gloria del Padre y bien de los hermanos.
No me resisto a transcribir unas palabras de san Ambrosio, citadas por el mismo p. Raniero C.
«Buena cosa es embriagarse con el cáliz de la salvación. Pero hay otra embriaguez que procede de la sobreabundancia de las Escrituras y hay también una tercera embriaguez que se produce mediante la penetrante lluvia del Espíritu Santo. Ella fue la que hizo que, según los Hechos de los Apóstoles, quienes hablaban en lenguas extrañas fueran considerados como borrachos por los oyentes».


No se me pide que con mis solas fuerzas alcance el fin, el objetivo prefijado.
La eucología de la liturgia eucarística de hoy me anima a vivir este día, esta semana casi de novena – que comenzó le jueves, día en que, en algunas partes, se sigue celebrando la Ascensión del Señor Jesús al cielo – con alegría, confianza.

La oración colecta pide a Dios Padre nada menos que podamos “exultar de gozo y dar gracias en esta liturgia de alabanza”.
Es una oración que rezuma toda ella el pensamiento de los Padres, de los sermones de San León Magno; la doctrina del Cuerpo místico de Jesucristo: Cristo-Iglesia, tan inseparables que, “donde nos precedió Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su Cuerpo”.
Cito aquí un texto que viene muy a propósito, en el que C. Urtasun resume el pensamiento de los Santos Padres León M., Agustín, Gregorio de Nisa en particular: «Porque hemos subido con Cristo al cielo (cf. segunda lectura) , nos alegramos y nos llenamos de gozo. En él y desde él, respiramos aires de eternidad, que tonifican espléndida y providencialmente nuestro, espiritual y corporal, que continúa su peregrinación, a veces encrespada, sobre la tierra, con los pies muy bien asentados sobre el bajo suelo, conscientes de la misión que tienen de insuflar en el mundo contaminado y tantas veces desolado, bocanadas de aire fresco y puro, cargado de eternidad, que permitan y hagan deseable vivir una vida digna de los hijos de Dios y de los hijos de los hombres».

Y de la eucología, cito ya sólo la oración después de la comunión, que resume de manera admirable – como lo sabe hacer la Iglesia en su Liturgia, el sentido teologal de la solemnidad que hoy celebramos:
«Dios todopoderoso y eterno
que, mientras vivimos aún en la tierra
nos das parte en los bienes del cielo,
haz que deseemos vivamente
estar con Cristo
, en quien
nuestra naturaleza humana
ha sido tan admirablemente enaltecida
que participa de tu misma gloria.

C. Urtasum comenta: «Me vienen ganas de decir que esta oración conclusiva es la perla de las oraciones de la celebración de hoy».

Con el gozo y la alegría que durante el tiempo pascual la Liturgia, especialmente en los prefacios, proclama “desbordante”, celebramos este día solemne, esta etapa tan importante de la Pascua de Cristo Jesús, que “se sienta a la derecha del Padre”, “no para desentenderse de este mundo,
sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino
” (prefacio de la Ascensión).

domingo 20 de abril de 2008

«¡Ha resucitado de veras mi Amor y mi Esperanza!»


Con las maletas ya casi preparadas, con el alma repleta de gratitud al Maestro Resucitado que, con la gracia y fuerza de su Espíritu, nos acompañó en todo momento, a lo largo de estos casi 20 días de Capítulo, a las 7 de la mañana nos reunimos en la capilla para elevar en comunión con toda la Iglesia nuestra alabanza matutina a la Santa Trinidad.
Casi como “salmo invitatorio”, una hermana proclama la invitación a todos los pueblos de la tierra para que se unan en esta alabanza y glorificación al Dios tres veces santo.
Transcribo en la forma posible esta “invitación”, que una vez más ha tenido en cuenta nuestra asamblea representante de los cinco Continentes:


¡Venid a alabar al Señor, pueblos todos!
Venid del
Norte y del Sur de la vieja Europa,
alabad al Señor con los vientos,
el sol, las montañas, la tierra, el color de todas las banderas,
con el corazón de los niños, de los jóvenes, de los adultos,
de los ancianos,
con
la Familia Paulina que tiene sus raíces en Europa
con cada una de sus diez voces,
¡venid todos y alabad al Resucitado!

Venid a alabar al Señor, pueblos de la bella África.
Alabadle con el mar, la danza, la tierra,
alabad al Señor con el dolor, la esperanza,
los colores y la liturgia;
alabad al Señor con el canto de los pájaros,
con la voz de cada tribu, nación y pueblo;
alabad al Señor con el trabajo, el arte,
alabad con fuerza al Señor,
¡
anunciad, como las discípulas, que el Señor ha resucitado!

¡Alabad al Señor, pueblos todos de Asia,
desde el surgir del sol hasta su ocaso!
Venid,
con los discípulos de cada nación.
Alabad y aclamad al Señor con la fiesta,
la adoración, el perfume del incienso, de la mirra, del áloe.
Con la belleza del mar y los atardeceres,
con el trabajo y la creatividad.
Alabad al Señor hombres y mujeres, niños y jóvenes
que custodiáis en el corazón las riquezas de grandes tradiciones,
y signos de los tiempos nuevos,
¡decid a todos que el Señor ha resucitado!

¡Venid, pueblos todos de Oceanía!
Alabad al Señor y cantad sus maravillas,
alabadlo con el canto, la cultura, la naturaleza,
alabadlo con las discípulas, con los jóvenes, los niños,
¡alabadlo y gritad al mundo, con todo ser que vive y alienta,
que Cristo ha resucitado y camina con nosotros!

¡Pueblos de las Américas,
alabad y bendecid al Señor!
Alabadlo con la belleza de las estaciones,
con
los grandes ríos y la verde Amazona,
alabad y bendecid al Señor con la música y el canto,
las flores y la nieve, la creatividad y el trabajo.
Alabadlo con la riqueza de vuestras diversas culturas, lenguas,
y tradiciones, los pueblos indígenas.
¡Alabadlo, naciones de América,
alabadlo y decid a todos los pueblos
que el Señor ha resucitado y camina con nosotros!

Pías Discípulas del mundo,
¡venid a anunciar
que el amor del Divino Maestro es grande!
Alabémoslo con la
Eucaristía,
el servicio Sacerdotal, y la Liturgia,
y con todos los medios que el nuevo mundo nos ofrece.

(inspirado en: Anna Maria Mazzurana, pddm)

Se clausura algo más tarde nuestra Asamblea Capitular con la Concelebración eucarística. La celebración del “memorial del Misterio Pascual” del Señor Jesús, acoge, juntamente con el pan y el vino, nuestra nueva Regla de Vida y Directorio, destinados a convertirnos, por la fuerza del Espíritu, en discípulas suyas cada día más auténticas, que quieren seguir su destino, vivir para gloria del Padre y bien de toda la iglesia y la humanidad.

También, en el momento de la presentación de las ofrendas, no podía faltar un gesto que expresara nuestra comunión con toda la humanidad, con toda la iglesia presente en los cinco Continentes del mundo: cinco hermanas, representantes de cada uno de los Continentes, presentaban una lámpara encendida, con el deseo de realizar, bajando a nuestras “Galileas”, el mandato del Maestro Divino:
“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes... Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo(Mt 28,19.20).

Con el impulso apostólico que caracterizó al beato Santiago Alberione y a nuestra primera Madre, la Sierva de Dios Sor M. Escolástica Rivata, después del ágape fraterno, con saludos y despedidas, cada una nos fuimos orientando hacia trenes, autobuses, aviones..., seguras de que el Señor está con nosotras, con todos sus hijos, “todos los días” y en todos los lugares, también donde aún no es conocido.
Hemos vivido días intensos de trabajo, animadas por la celebración del Misterio Pascual que la Liturgia de la Iglesia nos ha ido ofreciendo con una “novedad” que podemos decir coincidía con el espíritu de la tarea de cada día.
Ahora, la llamada a seguir viviendo este Misterio Pascual, hasta su cumplimiento en Pentecostés, y hasta la celebración en la Liturgia del cielo.
Sabemos que no estamos solas ni solos. Jesús Maestro nos aseguraba: “No os dejaré huérfanos... Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 18. 16).

El Espíritu del Padre y del Hijo será nuestro “Paráclito”, abogado y consolador y Él, como nos recuerda con palabras consoladoras la Gaudium el Spes, está presente y actúa en todos, en todo tiempo y lugar: “El Espíritu Santo ofrece a todo ser humano la posibilidad de ser asociado al misterio pascual, de un modo que sólo Dios conoce” (GS 22).

¡Amén! ¡Aleluya! ¡Amén! ¡Aleluya! ¡Amén! ¡Aleluya!

jueves 17 de abril de 2008

Capítulo en Ariccia durante la Pascua
“Concédenos, Señor,
que la celebración de estos misterios pascuales
nos llene siempre de
alegría
y que la actualización repetida de nuestra redención
sea para nosotros fuente de
gozo incesante
”.


En estos días de la Cincuentena Pascual, me llama la atención de manera especial la profundidad de las oraciones, de la eucología de la Celebración eucarística, también en los días de la feria, no sólo en la de los siete domingos de Pascua, hasta la plenitud de la celebración de la Pascua del Señor con la solemnidad de Pentecostés.
La oración sobre las ofrendas que encabeza esta reflexión-vivencia la encontramos en el lunes de la II semana, en el miércoles de la III y hoy, martes de la IV semana de Pascua, día 16 de abril. Puede ser que se me haya pasado incluso algún otro día.

La celebración del misterio eucarístico es siempre actualización, renovación “sacramental” de nuestra redención. Odo Casel diría: es “la mismísima obra de nuestra redención”.
En el Tiempo Pascual esto aparece de forma aún más evidente, aunque se trate siempre de una actualización “en la vía sacramental”, “in mysteriis”, diría de nuevo el recordado monje benedictino de Maria Laach, fallecido en la Vigilia Pascual de 1948, creo que “cantando el Exsultet”..
Con la Constitución sobre la sagrada liturgia del Vaticano II, podemos decir que, “por medio de los ritos y las oraciones”, “per ritus et preces” (SC 48), cada día, en toda celebración litúrgica y de manera singular en el sacrificio eucarístico, “se significa y realiza la obra de nuestra salvación”, la Pascua de Cristo Jesús muerto y resucitado por nosotros, en filial obediencia al Padre.

Este año el Señor me concede vivir unos veinte días este Misterio, “fuente de gozo incesante”, en las colinas de Albano, muy cerca de Castel Gandolfo.
El lugar y sobre todo las hermanas con las que convivo esta experiencia de Congregación, son ciertamente un “kairós”, una gran ocasión de gracia, que conlleva al mismo tiempo también tarea intensa y responsable: don y compromiso.
Los rostros, las expresiones, experiencias y vivencias de hermanas de algunas naciones europeas, de Asia, África, Oceanía, y de América del norte y del sur, me obligan gratamente a ensanchar el corazón. Me doy cuenta una vez más que España es para nosotras, para mí, importante, pero es también una pequeña parte del universo. Sigo recordando a mis hermanas y hermanos de mi País, con mucho cariño y en oración: no olvido que en su nombre estoy en Ariccia, en este lugar amigo.
Pero el corazón se ensancha, pensando en los innumerables hombres y mujeres que en el mundo entero, de varias formas y con distintos lenguajes, adoran, alaban, suplican a un Dios que es Padre de todos. Muchos de ellos y ellas, de forma más o menos consciente, esperan el anuncio de Jesucristo y que alguien les comunique la buena noticia que es Jesucristo.

Me causa respiro profundo, casi emoción y alegría el constatar cómo mis hermanas, las Discípulas del Divino Maestro, se las ingenian en las situaciones más impensadas – hasta en la Amazonia – para servir y adorar a Jesús Maestro, para evangelizar y anunciar, sobre las huellas de Pablo, del beato Alberione, nuestro fundador, y de Madre Escolástica, a cuantas personas sea posible la buena noticia del Señor Jesús, el Maestro y Pastor, Camino, Verdad y Vida “el Maestro con corazón de Pastor” -, que hemos celebrado en el domingo IV de Pascua y que recordaremos de manera explícita también, con el evangelio de Juan 14, 6, el domingo que viene, último día de nuestra estancia en este lugar.

No puedo evitar el recordar aquí a personas, hermanas y hermanos que he conocido y querido; muchos y muchas de ellos han pasado ya a la Casa del Padre.
Con ellas y ellos, al mismo tiempo que con mis hermanas y hermanos con los que convivo hoy, aquí, en España y en el mundo, me siento en una comunión que el vivir en los mismos lugares me reaviva con una fuerza y memoria emocionante, inevitable y grata.

No es posible, en fin, referirme a esta profunda experiencia congregacional, de Familia Paulina y eclesial, y estar tan cerca de la residencia del Santo Padre, sin sentirme en comunión filial con él, en estos días de su visita apostólica y pastoral a los Estados Unidos y también de manera especial a la ONU, donde la “universalidad” de los pueblos es mucho más fuerte.
El recuerdo ante Jesús Eucaristía se hace espontáneamente intercesión, súplica, acción de gracias. Quiere, desde toda la limitación y pobreza que naturalmente siento, convertirse en la misma oración de Jesús y de Benedicto XVI, con sus mismas intenciones: para que las mujeres y hombres de nuestro mundo “tengan vida y vida en abundancia”.

Termino, con una referencia al último mandato del Maestro Divino a sus discípulos y discípulas:

“Proclamad el Evangelio de salvación,
Haced discípulos de todas las gentes.
Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo”.
(Mt 28, 19-20)
Abajo presentamos, en un pequeño video, algunas fotos del encuentro capitular, a ritmo del canto "Ruah", del grupo Aim Karem. Lo hemos titulado "Discípulas en camino"... al soplo del Espíritu que guía los pasos de nuestra Familia religiosa, de la Iglesia y de la Humanidad.


video

domingo 30 de marzo de 2008

Pascua, "fuente de gozo incesante"


«Me dirijo a vosotros, niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada, flor de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor.
Me dirijo a vosotros con las palabras del Apóstol: “Vestíos del Señor Jesucristo…Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo”
(según la lectura de la liturgia oriental: Los que por el bautismo nos hemos revestido de Cristo ‘somos Cristo’)» (San Agustín, Sermón 8, en la Octava de Pascua, I, 4, del Oficio de Lectura).


Hemos celebrado la semana-octava de Pascua, como “un solo día” de Pascua de resurrección. Con ella hemos entrado, según las indicaciones del RICA, en la gran “mistagogía” pascual.
La Madre Iglesia la ha celebrado con la mirada y el corazón puestos en el Señor Jesús resucitado, vencedor del a muerte y del pecado y en los neófitos, que en la santa noche pascual han recibido los sacramentos de la Iniciación cristiana, que la “Catequesis 20 [Mistagógica 21} llama con ternura como los “conducidos a la santa piscina del divino bautismo, como Cristo desde la cruz fue llevado al sepulcro” (Oficio de lectura del jueves).

Me emociona observar la repetición de palabras tan cargadas de vida y de ternura en la eucología de la semana de Pascua, no sólo, sino en toda la Cincuentena, en la que, como afirma San Atanasio, celebramos cada domingo como el domingo de la Pascua de resurrección; y lo mismo, en cierto sentido, podemos afirmar de las ferias.
Y la celebración pascual de la Pascua tendrá su cumplimiento con la glorificación de Cristo el Señor en la Ascensión ya su plenitud en el envío del Espíritu sobre la Iglesia y sobre el mundo con la solemnidad de Pentecostés.
Los verbos que he subrayado con mayor atención en la oración, presentes en las varias formas: indicativo, participio, subjuntivo..., han sido: “renacer-renacidos en la fuente bautismal, regenerar-regenerados, renovar-renovados”, verbos referidos de manera especial casi siempre a los neófitos, “los (recién) salidos de la piscina bautismal”, aunque también extensibles a toda la Iglesia, a todos los bautizados.
Se habla de la celebración Pascua como “fuente de gozo incesante, restauración de la alianza con los hombres, actualización repetida de nuestra redención…”.
Pedimos que “la participación en los sacramentos de (tu) Hijo, nos transforme en
hombres nuevos”.

La acentuación del gozo pascual la encontramos expresada claramente en los
prefacios pascuales.
La Iglesia no se cansa de repetir una y otra vez: «…con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria» (los cinco prefacios de Pascua, los dos de la Ascensión).
La motivación de esta “alegría desbordante” se expresa di diferentes maneras, pero siempre es el centro de toda la celebración de estos “Cincuenta días” santos, “fuertes” donde los haya: Cristo ha resucitado, «
el verdadero Cordero,… muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida; en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos; inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre; en él fue demolida nuestra antigua miseria, reconstruido cuanto estaba derrumbado y renovada en plenitud la salvación; ofreciéndose a sí mismo por nuestra salvación, quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar».
Y en la solemnidad de la Ascensión, damos gracias “porque Jesús, el Señor, ha ascendido a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres». No es fiesta de nostalgia – “¿qué hacéis mirando al cielo…?” – porque estamos seguros de que «no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino» (I). «Después de su resurrección, ante los ojos de todos sus discípulos fue elevado al cielo para hacernos partícipes de su divinidad» (II).
La solemnidad de Pentecostés, con el mismo “escatocolo” de toda la Cincuentena pascual, ofrece la motivación propia del gozo y alegría desbordantes:
«Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente: el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas…».

Al concluir esta meditación orante sobre la eucología de la Octava de Pascua, recuerdo con cierta pena una constatación que la Introducción a la “Cincuentena pascual” que leo en un Misal de los fieles, y que probablemente sea muy realista.
Se expresa con estas palabras: «A pesar de ser cumbre y fundamento de todo el año litúrgico, el tiempo pascual parece llamar menos la atención de los fieles y movilizar menos que el tiempo de Adviento y, sobre todo, el de Cuaresma. Esto se debe, seguramente, al hecho de que la cincuentena pascual puede parecer una extensa llanura que se atraviesa sin mucho esfuerzo, mientras que el ascenso requiere una especial energía y dinamismo. Este modo de considerar y vivir el tiempo pascual conduce a pasar de largo ante la gracia de que es portador. Toda la vida cristiana está completamente marcada por el signo de la Pascua de Cristo, y en el corazón de cada celebración eucarística y sacramental. El tiempo pascual lo recuerda con insistencia, y ofrece a todos los creyentes, a las comunidades cristianas y a la Iglesia entera la oportunidad de tomar mayor conciencia y de integrar mejor en su existencia cotidiana esta dimensión fundamental de la fe».

Al final, me quedo con el gusto, la ternura, la fe de la Iglesia apostólica y primitiva, de la Iglesia de todos los tiempos, que en su Liturgia celebra “con alegría desbordante” la Resurrección del Señor, misterio central de nuestra fe, de nuestra redención.
Y por ello, con la Iglesia del cielo, de la tierra, quiero cantar sin cesar al Dios tres veces Santo:
¡Santo, Santo, Santo!

sábado 22 de marzo de 2008

Sábado Santo: la noche más clara que el día


El Sábado Santo es un día muy particular dentro del año litúrgico.
No lo podemos llamar “día alitúrgico”, como se llamó cierto tiempo; también en este día, en efecto, celebramos la Liturgia de las Horas, como lo vamos a hacer dentro de unos minutos. Ya la Iglesia, en la carta de 1988 que citaba el Jueves Santo, invita a que en las parroquias el mayor número posible de fieles acudan por lo menos a la celebración comunitaria de Laudes. En algunos lugares, esta celebración se hace por arciprestazgos, y la experiencia demuestra que es una forma que hacer sentir más vivamente aún esta “oración de la santa Iglesia”.
El Sábado Santo es día lleno de misterio. Jornada de silencio meditativo y orante, de dolor y al mismo tiempo de esperanza segura. En el silencio del Sábado Santo, la Iglesia nos invita a meditar y contemplar el misterio de la Pasión de Cristo, muerto por la salvación de todos los hombres, de todos nosotros, muerto y sepultado. Y a permanecer, en compañía con la Madre Dolorosa junto al sepulcro del Señor, esperando en oración y “ayuno” su resurrección.
El Esposo le ha sido arrebatado; por eso, la Iglesia en su Constitución sobre la sagrada liturgia recomienda que, según las circunstancias, el ayuno del Viernes Santo,se extienda al Sábado Santo, para que de este modo se llegue al gozo del Domingo de Resurrección con ánimo elevado y entusiasta” (SC 110).
El que es Palabra permanece callado y su silencio anuncia la salvación en las profundidades de la muerte. La “kénosis”, el anonadamiento de Jesús ha llegado a los más profundo, mientras duerme detrás de la enorme piedra del sepulcro. La espera de la comunidad se convierte en actividad, es el tiempo de pasar de la muerte a la vida y de revestirse del hombre nuevo en Cristo; dejar que el grano de trigo muera para germinar en flor y en fruto.

Vigilia Pascual


“Oh, Noche nupcial de nuestra Iglesia,
Oh Noche, que a todos da la vida.
Oh Noche, de gozo sin frontera.”


La Vigilia Pascual se centra en la gran “buena noticia” comunicada a las mujeres: “Ha resucitado, no está aquí”. Estas palabras llenan esta Noche santa de alegría a toda la Iglesia que celebra los santos misterios.
La celebración de la Vigilia Pascual es realmente el punto central de todo el Año litúrgico. Es la Noche de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte que da un nuevo sentido a la vida: morir para vivir, aceptar la muerte para resucitar.

En su forma actual, la Vigilia Pascual consta de cuatro partes:
- Empieza con un amplio Lucernario, en torno al Cirio pascual, con el Pregón o anuncio solemne de la Pascua. Es un rito de larga tradición en la Iglesia. El texto más antiguo de bendición del Cirio ya se atribuye a Hipólito de Roma hacia el año 215.
- Se proclama luego la liturgia de la Palabra abundantemente: se trata de una especie de recapitulación de la catequesis que se ha ofrecido a los catecúmenos durante la Cuaresma: un recorrido a través de la historia de la salvación, desde la creación hasta la resurrección de Cristo: desde el Génesis, hasta el NT, con la carta de Pablo a los Romanos en su capítulo 6, que nos recuerda cómo por el Bautismo todos hemos sido “incorporados a Cristo; fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros andemos en una vida nueva. * Después del solemne canto del Aleluya, escucharemos, en el evangelio de Mateo, la gran “buena noticia” dada a María Magdalena y a la otra María: “No temáis; sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado”. Mientras ellas, “a toda prisa, impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos”, el mismo “Jesús les salió al encuentro” y las envió como “mensajeras suyas”: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán”.
- Concluida la lectura de la Palabra, la tercera parte de la liturgia de esta Noche le corresponde a la liturgia bautismal, particularmente significativa cuando se celebran los sacramentos de la Iniciación cristiana. Pero, incluso cuando no hay catecúmenos que reciben estos Sacramentos, siempre en la Vigilia Pascual es vivo el recuerdo “la memoria” del Bautismo, memoria que actualiza el misterio y la gracia: se bendice el agua, todos renovamos las promesas bautismales y el sacerdote que preside la Celebración asperja a toda la asamblea con el agua recién bendecida.
- Finalmente, llegamos al punto culminante de la celebración de la Vigilia Pascual: la liturgia eucarística, momento realmente cumbre de la Vigilia, del Triduo Pascual y de todo el Año litúrgico. Puede pasarnos algo desapercibida porque se celebra como todos los días, pero realmente es el centro, la culminación de todo el Misterio de Cristo que hemos celebrado en la Cuaresma, ese Misterio en cuyo conocimiento pedíamos el primer domingo “avanzar en su conocimiento y vivirlo en su plenitud”.

Y la celebración de la Pascua no termina aquí: durante cincuenta días, en el Tiempo pascual, tiempo realmente “fuerte” del Año litúrgico, la liturgia sigue celebrando la Pascua del Señor. Pentecostés clausura la Cincuentena durante la cual la Iglesia celebra anualmente la Pascua de Cristo.
Cada uno de los domingos de este Tiempo serán llamados “domingo II, III, IV, V, VI (y VII en los lugares donde la Ascensión se celebra el jueves) de Pascua”, y no “después de Pascua” porque la liturgia los considera todos como “el gran Domingo de la Pascua de Resurrección.

El Espíritu Santo imprime su sello a toda la obra redentora del Hijo de Dios.
En el momento de despedirse de los discípulos, Jesús les dice que no los dejará “huérfanos”: va a enviarles el Espíritu, el Defensor, para guiarlos por el camino que los y nos conduce a la resurrección junto a Él y junto al Padre. Pentecostés, lo mismo que todos los misterios que celebramos en la liturgia, no es un acontecimiento del pasado. Celebra a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiestan día tras día, un “memorial” que seguiremos celebrando “hasta que el Señor vuelva.

Vivir con esta conciencia y convicción, significa vivir en la lógica de la Pascua.

viernes 21 de marzo de 2008

Viernes Santo de la Pasión del Señor

La celebración de la Pasión del Señor en la tarde del Viernes Santo es el ‘segundo momento’ de la Pascua de Jesús; el primer día del Triduo Pascual, que tuvo como pórtico la celebración vespertina de la Cena del Señor. San Pablo en la primera carta a los Corintios nos recuerda: “nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado” (1 Cor 5, 7).

La tradición pascual del Viernes Santo subraya el cumplimiento de las profecías y de las figuras de la
Pascua judía en el misterio de la Cruz de Cristo.
Son sugerentes y abundantes las homilías pascuales de varios escritores, sobre todo de algunos “anónimos” del siglo II que destacan la relación entre la Pasión de Cristo, la Pascua judía y la Pascua de Resurrección del Señor. Recordábamos ayer, la homilía del obispo Melitón de Sardes (autor del s. II). Leyendo su homilía, se siente casi su deseo de hacer presente a Cristo en medio de la asamblea que la noche de Pascua celebra el misterio central de los cristianos y la interpela con esta revelación, puesta en boca de Jesús: «Recibid la remisión de los pecados. Yo soy vuestra remisión. Yo soy la Pascua de la salvación. Soy Yo el Cordero inmolado
por vosotros, vuestro rescate y vuestra vida, vuestra luz y vuestra salvación, vuestra resurrección y vuestro Rey».

El Viernes Santo nos invita a
contemplar a Cristo Crucificado y a descubrir que la Cruz es misterio de salvación, oración y ofrenda.
La contemplación silenciosa de Cristo en la cruz, siguiendo lo que con tanta insistencia y unción nos ha enseñado el Papa Juan Pablo II en la Carta programática para el tercer milenio, “El nuevo Milenio”, nos lleva a contemplar también a los crucificados por causa de la injusticia y la violencia, por las guerras y el hambre, por la marginación y la miseria. Y nos asegura que los que contemplan de veras a Cristo en la Cruz liberadora, se convierten en liberadores de los que están esclavizados o crucificados.
En la misma línea, Benedicto XVI, al recordar los tristes acontecimientos de estos días en el Tibet, decía:
“Mi corazón de Padre siente tristeza y dolor ante el sufrimiento de tantas personas. El misterio de Jesús que revivimos en esta Semana Santa, nos ayuda a ser particularmente sensibles con su situación. Con la violencia no se resuelven los problemas, sino que más aun, se agravan”.

El Itinerario de la peregrina española Egeria (en la segunda mitad del s. IV) narra con todo detalle la celebración litúrgica de los día santos en Jerusalén, y en particular la del Viernes Santo. Lo recordamos porque la Liturgia de la Semana santa en Jerusalén influyó mucho sobre la organización de las liturgias occidentales, en estos mismos días.


La acción litúrgica de la Pasión del Señor esta tarde comienza con un impresionante silencio, mientras avanza la procesión de los ministros hacia el presbiterio.
Se desarrolla luego la celebración en cuatro momentos: la liturgia de la Palabra, la oración universal, la adoración de la Cruz y la comunión con el pan consagrado en la Celebración vespertina de la Cena del Señor.
El centro de la celebración litúrgica lo ocupa la proclamación de la Pasión según san Juan. Ya desde los primeros siglos de la vida de la Iglesia se reservó esta narración para el Viernes Santo. Es significativo que Juan haya colocado el misterio de la muerte de Jesús en el mismo momento de la Parasceve, es decir, cuando se inmolaban en el templo de Jerusalén los corderos de la Pascua de aquel año. Una vez más nos indica que Cristo es el verdadero Cordero Pascual, que quita el pecado del mundo.
En la 1ª lectura leemos el “cuarto cántico del Siervo de Yahvé”, en el que el “Siervo”, cuya imagen realiza en plenitud Cristo, se ofrece en sacrificio de expiación e intercede por los pecadores.
En la 2ª, tomada de la Carta a los Hebreos, contemplamos a Jesús “sumo sacerdote grande, capaz de compadecerse de nuestras debilidades”, que se dirige al Padre, el Único que le podía salvar de la muerte, y le suplica “con gritos y con lágrimas”. Es el Getsemaní que nos presenta la carta a los Hebreos en este texto.


Otro momento importante de la liturgia de la Pasión es el de la presentación y adoración de la Cruz. La Iglesia presenta ante los ojos de toda la asamblea el Crucificado, manso Cordero ofrecido por nosotros, llevado al matadero y cargado con nuestros pecados.

Concluiremos la celebración de la Pasión del Señor con la sagrada comunión. La Iglesia, aunque no celebre la Eucaristía el día de Viernes Santo, no se resigna a privarse de la comunión, que la pone en contacto con el misterio de aquél que Pablo llama nuestra Pascua inmolada. Siempre la comunión eucarística es comunión, participación viva y sacramental en el sacrificio eucarístico. Probablemente, sea ésta la razón fuerte que movió a Pablo VI, a conservarla tal como la había establecido Pío XII en su reforma, a pesar de algunas peticiones en contra.

Cromacio de Aquileya,
padre de la Iglesia contemporáneo de San Ambrosio, san Jerónimo y san Juan Crisóstomo, escribe en el Sermón 17 de Pascua:
«La verdadera Pascua es la pasión de Cristo; de aquí ha tomado el nombre. Nos lo muestra claramente la palabra del Apóstol cuando dice: ‘Nuestra Pascua es el Cristo inmolado...’ He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros. Comemos, pues, la Pascua con Cristo porque él nos apacienta a los que él mismo salva. Es él el autor de la Pascua, al autor del misterio. Él cumplió llevando a término la festividad de esta Pascua para podernos alimentar con el manjar de su pasión y poder recrearnos con el cáliz de la salvación».